
Cuentos para dormir
Bailey, el perrito superhéroe
Había una vez un perrito llamado Bailey que tenía muchísimas ganas de ayudar a la gente. Pero no sabía cómo. Al fin y al cabo, solo era un perrito pequeño, sin ningún poder mágico. Una noche estaba tumbado tan a gusto en su camita, en casa de la familia con la que vivía, cuando de pronto vio caer una estrella en el cielo oscuro de la noche. ¡Y una estrellita fugaz y brillante es mágica! ¡Trae buena suerte!
Bailey se rascó la barriguita llena de manchas y pensó en su deseo secreto. —¡Deseo muchísimo tener un poder mágico! ¡Quiero saber volar para poder ayudar a las personas y a los animalitos que lo necesiten! —ladró en voz alta, y esperó a ver qué pasaba. Pero aquella noche ya no pasó nada más. Bailey apoyó la cabecita en la almohada, un poco triste, y se fue al mundo de los sueños. Resoplaba y resoplaba, y soñaba que de verdad volaba. ¡Libre como un pájaro!
A la mañana siguiente, al perrito no solo lo despertó el sol, que le daba en los ojos a través de la ventana, sino también los gritos asustados de una niña en la calle: —¡Socorro, socorro! ¡Un perro malo, un perro malo! —gritaba una niña pequeña ahí fuera. Bailey se subió de un salto al alféizar y se asomó a la ventana. Vio cómo un perro grande y furioso se lanzaba de repente sobre una niña pelirroja que jugaba a la pelota en la calle. —¡Que no le haga daño! ¡Tengo que ayudarla! —se dijo Bailey, muy valiente.
Saltó desde el alféizar hacia el suelo… pero se dio cuenta de que no había aterrizado. ¿Cómo que no había llegado al suelo? Si él saltaba muy bien. No lo entendía. Entonces se dio cuenta: había saltado, sí, pero no había tocado el suelo, se había quedado en el aire. ¡Estaba volando!
—¡Sé volar! —ladraba de alegría. Dio una vuelta feliz por la habitación y salió a salvar a la niña. Con la patita, muy torpemente, abrió la ventana y enseguida voló hacia fuera para ayudar a la niña, que lloraba. No entendía cómo era posible que volara… ¿Le habría escuchado de verdad la estrella fugaz? Mientras bajaba volando hacia la acera, vio que las palomas lo miraban sorprendidas. Algunas se reían, y otras tenían los ojos como platos del asombro. Bailey se rio y siguió volando para espantar a aquel perro malo.
—¡Fuera, fuera de aquí! —ladró Bailey muy enfadado, y se lanzó volando hacia el perro grande. El valiente perrito ladraba fuerte y enseñaba los dientes para espantarlo. El perro grande y furioso se asustó tanto de aquel perro que ladraba y volaba, que salió corriendo a toda prisa. ¡Y la niña estaba a salvo! ¡Menos mal! ¡No le había pasado nada! La niña abrazó al pequeño Bailey y le dio las gracias por salvarla. Bailey estaba feliz: ¡la había ayudado él! Se despidió de la niña con la patita y siguió volando, más y más lejos, para ayudar a todos los que lo necesitaran.
¿Será verdad que las estrellas fugaces cumplen los sueños? Solo hay una forma de saberlo: cuando una noche veamos caer una estrellita, tendremos una tarea muy importante: pedir un deseo con todas nuestras fuerzas.
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