
Cuentos para dormir
El pez astuto y el hijo tontito del pescador
Érase una vez un pescador que tenía un hijo. El hijo se llamaba Pablito y era muy tontito, torpe y perezoso. Su padre intentaba enseñarle el oficio de pescador, pero no había manera. Nunca había pescado ni un solo pez, porque era lento y patoso.
Un día el padre se puso enfermo y no pudo salir al mar a pescar. Así que mandó a Pablito. —Pesca aunque sea un pececito. Para tener algo que comer hoy. Aunque sea uno. —Pablito se encogió de hombros y se fue a pescar. Se subió a la barquita, se hizo a la mar y echó la red.
Y esperó y esperó. Casi se queda dormido, pero de pronto la red se movió. ¿Qué habría allí? ¡Un pez! ¡Grande, hermoso y seguro que también riquísimo! Pablito lo subió a la barca. Ya se imaginaba lo contento que se iba a poner su padre.
Pero de repente el pez habló: —No me comas, muchachito. Suéltame. Y a cambio te concederé tres deseos. —Pablito se puso contentísimo. Ya había oído hablar de peces así. Su madre le contaba cuentos sobre ellos. —Espera, pez, espera, que me lo tengo que pensar bien. Ya he oído hablar de ti. Tengo que pensar qué voy a pedir. Quiero sacarle buen provecho.
Pablito pensó y pensó, hasta que el sol se puso y el pez empezó a ponerse nervioso. —¡Venga, date prisa, que no tengo tiempo para charlas! —Vale, vale. Pues quiero esto: una olla en la que nunca se acabe la leche. Una bolsa en la que nunca se acaben las monedas de oro. Y una princesa por esposa. —Pablito estaba muy satisfecho con los deseos que se le habían ocurrido. Su padre también se pondría muy contento. Seguro.
—Muy bien, muchachito. Ahora échame al agua y te concederé tus deseos. —Y Pablito, feliz como unas castañuelas por lo que le había pasado, se dejó engañar por el pez. Soltó el pez en el agua y el pez se fue nadando. Pablito lo llamó y lo llamó, pero fue inútil. No volvió. El tontito tendría que haber pedido primero que se cumplieran los deseos y soltarlo después. Y así se quedó sin nada.
Pablito volvió a casa sin pez y sin deseos cumplidos. Quién sabe si el pez era mágico de verdad o solo un pez normal y corriente. Pero una cosa sí entendió Pablito: aquel pez era muy, muy astuto.
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