
Cuentos para dormir
La Navidad de los tres cerditos
Hace unos años, no tantos, vivían cerca de un bosquecillo tres cerditos. Pero justo en ese bosquecillo vivía un lobo malo y tramposo que no quería a los cerditos y siempre los estaba chinchando y haciéndoles trastadas. Había pasado ya mucho tiempo desde aquel día tan triste en que el lobo derribó las casitas de dos de los cerditos, y por eso ahora los tres tenían que vivir juntos en una sola casita, hecha de ladrillos.
Los cerditos se despertaron y, al asomarse a las ventanitas, se quedaron encantados con los copos de nieve que bailaban en el aire. Los tres estaban muy contentos, porque en el calendario de Adviento solo les quedaba una ventanita llena, la que tocaba abrir ese día. —¡Bien, hoy es Nochebuena! —gritó uno de los cerditos.
¿Y cómo celebraban la Navidad los tres cerditos? Cada uno se encargaba de una cosa. Uno hacía galletas navideñas, otro adornaba el árbol y el tercero iba a pescar una carpa para la cena, como se hace en Nochebuena en Chequia.
Cuando el segundo cerdito sacó la caja con los adornos y las lucecitas, el corazón le dio un brinco de alegría. Estaba de un humor estupendo. «¡Crac!», se oyó de pronto. Otro de los cerditos no había mirado por dónde iba y había pisado justo las bolas que tenían que adornar el árbol. —¡Torpe! —se oyó la regañina.
Otro cerdito salió al estanque para pescar la carpa, que ese año iba a ser grandísima y riquísima. Lanzó la caña y esperó a que picara. Pasó muchísimo rato y no pasaba nada. Pero justo cuando el cerdito estaba un poco despistado, la carpa tiró del sedal, el cerdito agarró la caña a toda prisa… y eso fue un error. La carpa tenía mucha fuerza y lo arrastró con ella al agua. El cerdito volvió corriendo a casa, empapado de arriba abajo, para no resfriarse.
Los tres cerditos estaban muy tristes, porque aquella Navidad solo les habían salido bien las galletas, que estaban buenísimas. Cuando empezó a oscurecer y los cerditos estaban sentados a la mesa con los platos vacíos, el lobo pasó por delante y se asomó por la ventana. Al ver aquellas caritas tan tristes, le dieron mucha pena y entró a invitarlos a cenar en su casita, para no pasar la Nochebuena solo. Al final, los cerditos y el lobo hicieron las paces y se volvieron amigos inseparables.
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