Esta vez, el cohete espacial del gatito Robin puso rumbo al planeta Haf. El gatito estaba ilusionado: seguro que allí encontraría algo rico para comer y, quién sabe, quizá algún amigo gatuno.
En cuanto el cohete aterrizó, Robin salió a la hierba blanda. Allí se estaba muy a gusto. El sol brillaba y calentaba, y hasta donde alcanzaba la vista crecían la hierba verde y los árboles. A lo lejos se alzaban unas casitas. Pero incluso desde lejos parecían tan diminutas que Robin pensó que seguramente allí vivían unos duendecillos.

El gatito Robin se dirigió hacia las casitas para ir a saludar a los enanitos que vivían en ellas. Apenas había dado tres pasos cuando algo vino corriendo hacia él. La criaturita apenas le llegaba a los tobillos; por su tamaño, podía compararse con un bichito. Quizá con una mariquita un poco más grande. Solo que aquel bichito no tenía élitros ni puntitos, sino que era peludo.
«Qué planeta tan raro», pensó Robin. «Aquí tienen mariquitas peludas que sueltan unos ñafs de lo más extraños».
Y así era. La mariquita, o lo que fuese en realidad, corría alrededor de las patas de Robin y no dejaba de hacer aquellos finos ñafs. Incluso intentó morder al gatito. Pero no lo tenía nada fácil, porque aquella criaturilla tenía la boca muy pequeña. Lo único que consiguió fue dejar a Robin lleno de babas. Y cuando a sus agudos gañiditos añadió además un gruñido, Robin ya estaba harto de tanta molestia.
«¿Así es como se da la bienvenida a una visita?», refunfuñó. Se inclinó hacia aquella mariquita furiosa y dientuda y la apartó de un golpecito con la pata. La mariquita se alejó volando con un suave gruñido.
El gatito Robin siguió su camino. A medida que se acercaba a las casitas, se dio cuenta de que parecían casetas de perro. Y de pronto vio que detrás de aquellas había otras cada vez más grandes. ¡Y al final del pueblo había casetas tan grandes como castillos!
«Entonces sí que viven gigantes aquí», se asustó el gatito Robin.
Pero en ese momento se le vino encima un perro gigantesco, y detrás de él corría aquella criaturita.
«Ah, entonces no era una mariquita extraña», se dio cuenta Robin muy contento. «Era Pidipes».
Y aquel Pidipes le trajo un palito.
«¿Quieres que te tire el palito?» «¡Vale!», se alegró Robin, y tiró el palito.
Pidipes salió disparado y desapareció entre la hierba. Al poco rato volvió no solo con un palito, sino también con un amigo. Era tan grande como un perro mediano. Y él también quería que le lanzaran un palo. Uno más grande.
Robin lanzó los dos palos. Los dos perritos salieron disparados.
El gatito siguió adelante. Tenía muchísima curiosidad por aquellas casitas. Además, ya tenía mucha hambre. Junto a la primera caseta vio un cuenco lleno de comida.
Antes de que pudiera acercarse, los perritos llegaron corriendo hasta él. Esta vez ya eran tres. Piesito, el perro mediano y el perro grandote, que en vez de un palo había traído una rama.
«¿Y cómo se supone que voy a tirarte esto? «¡Si es una rama muy pesada!», dijo Robin, y la lanzó con todas sus fuerzas.
«¿Podría comer un poco?», les preguntó por fin a los perros. Ellos solo gruñeron a modo de aviso, pero luego se dieron la vuelta y fueron corriendo a por los palos que les habían tirado.
«Vrrr seguro que quiere decir que sí», se dijo Robin, y se puso a comer.
Pero en cuanto lo probó, asomó una cabeza de perro de la caseta y ladró varias veces. Robin dio un respingo del susto.
«Lo siento, amigo, no quería enfadarte. Soy el Astrogatito Robin y voy volando por el espacio hacia otros planetas.“
Pero al perro eso no le importaba y siguió ladrando. Robin lo dejó en paz y fue a echar un vistazo a las casetas más grandes. Allí seguro que estarían los cuencos más grandes, llenitos de comida. Al gatito ya se le hacía la boca agua.
Pero entonces aquellos tres perros volvieron a correr hacia él. Y detrás de ellos llegaba un cuarto. Robin ni siquiera le veía el hocico, de lo enorme que era. Y en vez de un palo, llevaba un tronco de árbol.
Cuando vio que el gato quería comer de su cuenco, gruñó como el motor de un tractor.
«¡P-p-p-perrazo!» tartamudeó, y, como un gato bien asustado, se le erizó el pelo. No esperó ni un instante y salió huyendo. Detrás de él atronaba el Perrazo; detrás, el perro grande; detrás, el perro mediano; y, en algún lugar a lo lejos, seguramente venía a toda prisa sobre sus patitas el más pequeño de todos, Pidipiés.
Robin llegó corriendo al cohete, cerró la puerta de golpe y salió disparado del planeta Guau. ¡Aquel Perrazo podría tragarse su cohete sin ninguna dificultad, como si fuera una frambuesa! Se libró por los pelos.
Robin se dejó caer en su camita y dio un suspiro de alivio.
«Ha sido por los bigotes de un gato», se dijo.
«Ñic-ñic-ñic», se oyó.
«¿Qué ruidos hace ese cohete?», se extrañó Robin.
«Ñic-ñic-ñic», se oyó otra vez.
«Eso no lo hace el cohete. ¡Lo hace mi colita!».
Robin cogió su cola atigrada y apartó el pelo con los dedos. ¿Qué estaba haciendo ñic-ñic ahí dentro? Entonces lo encontró. Pidipes se había quedado enganchado a mordiscos en su cola.
«Hola, amigo», lo saludó Robin, y se lo sacó de la cola. Pidipes se agarraba con fuerza, así que lo arrancó junto con unos cuantos pelos suyos. Pidipes ya no gruñía; más bien hacía un triste ñic-ñic.
«No tengas miedo, te llevaré de vuelta a casa», dijo Robin.
Pidipes meneó la cabecita sobre la palma de Robin.
«¿Te gustaría quedarte conmigo?»
Pidipes asintió, agitó alegremente su rabito y luego lanzó un ladrido muy contento.
«¡Ay, cuánto me alegro de tener un amigo para mis viajes! No será un amigo gatuno, pero eso no importa nada», se alegró el gatito Robin.
Y así fue como Pidipes y el Astrogato Robin se convirtieron en dos amigos del espacio. ¿Adónde los llevará su viaje la próxima vez?