
Cuentos para dormir
El cuento del topo
Seguro que no hace falta que os cuente dónde viven los topos. Se pasan el día entero bajo tierra, escarbando con sus enormes patas, que parecen palas, y buscando algo que zamparse. Bajo tierra está oscuro, no se ve nada, y por eso los topos tienen unos ojitos pequeñísimos.
Para ellos es mucho más importante el olfato. Con su naricilla puntiaguda olfatean el aire y, entre el olor de la tierra y de las raicitas de las plantas, buscan lombrices y otras golosinas subterráneas. Así viven contentos casi todos los topos: se revuelcan todo el día en la tierra y solo asoman a la superficie para hacer ese famoso montoncito que la gente llama topera, y con el que es tan fácil tropezar.
Pero hubo en el mundo un topo que no estaba contento con su vida bajo tierra ni con su mala vista. Se llamaba Mateo y cavaba de maravilla. Tenía mucha fuerza y su montoncito era siempre el más grande de todos los de alrededor. Muchas veces se subía a la cima y daba vueltas y más vueltas, como si mirara a su alrededor. Pero, como ya sabemos, Mateo, igual que los demás topos, no veía casi nada. Y le daba muchísima pena. Sentía el sol en el pelaje, pero no lo veía. Sentía en el cuerpo una brisa suave, pero no veía cómo doblaba las briznas de hierba. Estaba tan triste que hasta se dieron cuenta los demás animalitos. Pero no sabían cómo ayudar al topo.
Hasta que un día su vida cambió por completo. Aquel día volaba por el bosque una urraca, buscando qué cosas brillantes y bonitas habría perdido la gente en sus paseos y excursiones. Entre los árboles vio unos destellos, se puso muy contenta y fue volando a ver qué tesoro había entre las agujas de pino. No se lo podía creer. ¡Eran unas gafas redondas preciosas, con la montura plateada! Enseguida supo lo que tenía que hacer con ellas. Las tomó con el pico y voló con todas sus fuerzas hasta el último montoncito de Mateo. Allí lo llamó por el agujerito. Mateo salió y la urraca le dio las gafas. El topo se las puso y soltó una carcajada enorme. —¡Qué maravilla! ¡Pero si veo! Veo las nubes y el sol, los árboles y las flores. ¡Qué preciosidad! ¡Gracias, urraca! —Y la urraca, sonriendo, alzó el vuelo, se posó en el árbol más cercano y se quedó mirando feliz cómo el topo, entusiasmado, miraba todo a su alrededor y se reía a carcajadas.
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