
Cuentos para dormir
Las codornices y el cazador
En unos matorrales, entre un campo enorme y el bosque, vivían muchísimas codornices. Llevaban allí varios años y nunca se habían encontrado con un cazador. Pero hacía poco se había mudado un cazador a una casa cercana, al final del pueblo. Y ese sí que podía presumir de lo hábil que era.
Varias veces por semana, el cazador salía a cazar codornices: se escondía entre los matorrales y hacía los mismos ruidos que solo saben hacer las codornices. Siempre conseguía que al menos una saliera de su escondite, le echaba la red encima y la vendía en el mercado más cercano.
Cada semana había menos codornices. Quedaban ya tan pocas que convocaron un gran consejo. —Así no podemos seguir. Un día nos atrapará a todas. Tenemos que pensar algo —dijo una de las codornices más viejas. Estuvieron pensando varias horas, hasta que una de ellas propuso una solución. —Tenemos que estar unidas. No podemos fallarnos unas a otras. Solo así le ganaremos al cazador. En cuanto la red caiga sobre una de nosotras, las demás la agarramos enseguida por los bordes, echamos a volar y así la que está atrapada podrá salir —explicó muy contenta la codorniz. A las demás les pareció una idea estupenda.
Al día siguiente llegó el cazador y volvió a llamar a las codornices para que salieran de su escondite. Las codornices se hicieron las tontas y salieron. La red cayó sobre una de ellas, y las demás, rápidas como el rayo, saltaron sobre la red, la agarraron con las patas y echaron a volar. Y así le tiraron la red encima al propio cazador. Antes de que el cazador se diera cuenta de lo que pasaba, las codornices ya habían desaparecido y celebraban su victoria. Y cada vez que el cazador volvía a por ellas, hacían lo mismo.
Pero un día de lluvia, dos de las codornices tuvieron una pelea tremenda. Y por desgracia, ese mismo día llegó el cazador y esta vez la caza le salió bien. Porque, por culpa de la pelea, las codornices no estaban unidas. Mientras aquellas dos discutían y se gritaban, no vieron ni al cazador ni a las demás codornices, que se estaban poniendo de acuerdo para salir volando. Así que el cazador pudo atrapar fácilmente a dos de ellas con la red y venderlas en el mercado. Y atrapó precisamente a las dos codornices peleonas.
Al menos, las codornices que quedaban aprendieron que tenían que estar unidas y seguir ayudándose. A partir de entonces remaron todas en la misma dirección y siempre consiguieron burlar al cazador. Ya no volvió a atrapar a ninguna, y al cabo de un tiempo hasta se rindió del todo, porque se dio cuenta de que nunca podría con ellas.
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