Los Plízacos – La gran mudanza

Desde que se celebró la gran boda, empezaron a pasar cosas. Nuestra familia creció. Un día por la tarde, simplemente volvió Mamá y traía un bebé en brazos.

Desde entonces, ni Pablo ni yo hemos dormido mucho, y el resto de la familia tampoco. El bebé lloraba mucho, así que por la noche iba a verle y le calentaba la barriguita. Parecía que después dormía mejor. 

Cuento de buenas noches - Los Plízacos – La gran mudanza
Los Plízacos – La gran mudanza

Una vez me quedé dormido tan profundamente que fue Mamá quien me encontró allí. Pero, como ella tampoco dormía mucho por culpa del bebé, solo me apartó a un lado como si fuera un peluche, alimentó al bebé y luego volvió a ponerlo en la cunita. Y así, en vez de ser un fantasma, me convertí en guardián. 

Pablo lo tenía peor. Después de la boda, el señor Carlitos y la señora Simona, bueno, que ahora ya es la señora Carlitos, decidieron vender los pisos y mudarse al campo a una casita. Y como todo el mundo tiene su propio plízaco bajo la cama, Pablo se mudará con ellos. Le voy a echar muchísimo de menos, pero me enseñó a usar el teléfono, así que de vez en cuando nos llamaremos. Y quién sabe, quizás algún día nos visitemos. 

Por las noches, Pablo iba sacando cosas de nuestro rincón, bajaba al quinto y, disimuladamente, las metía en la maleta del señor Carlitos. 

¿Y cómo vas a viajar tú? ¿También en la maleta?», le pregunté, mientras veía cómo le metía al señor Carlitos un paquete de folletos con acciones del año antepasado. Al menos el señor Carlitos por fin se reencontrará con su correo.

Claro que no. Quiero mirar por la ventanilla durante el viaje,» me explicó Pablo. «Por la noche me meteré en el coche, me esconderé debajo del asiento y dejaré que me lleven a la nueva casa.

Lo tenía realmente bien planeado. Solo hubo una cosa que no pensó. No sabía en qué coche tenía que meterse. Recorrimos todo el barrio para ver de qué coches podíamos escoger. Había realmente muchos.

—El señor Carlitos seguro que tiene este rojo —me señalaba delante de la casa.

—Perdona, Milín, pero por la noche todos los coches son negros.

—Milín, enciende la linterna. Me meto dentro.

Encendí la linterna como me pidió, pero vaya. Otra jugarreta. El coche, para gran sorpresa de Milín, estaba cerrado. Milín intentó rascar para entrar, pero en vez de eso se puso a sonar la alarma. De la casa salió corriendo el señor Carlitos, apagó la alarma, dio varias vueltas al coche y volvió a entrar.

—Anda, es suyo —sonreía Pablo triunfante. —Voy a colarme por aquí, ahí todo está lleno de túneles, mangueritas y tubitos.

—No soy experto, pero ¿no está ahí el motor?

Pero Pablo ya no me escuchaba. Se metió dentro y todavía gritó: —¡Que te vaya bien aquí y mucha suerte con los peques!

Por la mañana, el señor Carlitos y su esposa cargaron las maletas en el coche, se acomodaron y se dispusieron a salir. Estaba mirando por la ventana porque quería saludar a Pablo. Pero el coche no arrancaba. Hizo varios ruidos raros, dio unos saltitos y se apagó.

El señor Carlitos salió corriendo, levantó el capó del coche y estuvo un rato trasteando en el motor. 

“Se ha soltado un cable”, informó al cabo de un momento. “Y aquí hay algo, algo… ¡madre mía, es un gatito!”

La señora Simona, bueno, Carlitos, salió del coche y enseguida abrazó al pequeño bichito negro y sucio contra su pecho.

“Seguro que por la noche ha pasado frío ahí dentro, pobrecito, espero que no le haya pasado nada. Seguro que tiene hambre. ¿Crees que aguantará el viaje?

El señor Carlitos decidió que seguro que aguantaría el viaje y que en casa le darían de comer y lo pondrían a resguardo.

—Al menos Mourek tendrá un amigo —sonreía el señor Carlitos.

Yo no sonreía. Yo directamente me partía de risa y casi me ahogaba de tanto reír. ¡Pobre Pablo! Aunque la verdad, ¿por qué pobre? Va a estar muy bien. Como le conozco, seguro que se escapa la primera noche y les muerde y araña. Pero quizá sepa valorar un hogar calentito, la comida en el cuenco, que tanto le gusta, y bueno, Mourek… tendrá que buscar la forma de hacerse amigo suyo. 

Al cabo de más o menos un mes recibí una carta. Bueno, en realidad le llegó a Amalia, porque cerca del señor Carlitos vive la abuela de su amiga. Ella estuvo allí de visita durante las vacaciones y metió en la carta algo para mí también. En un trozo de folleto de Lidl había una carta garabateada. Así que, niños, leedla antes de dormir y nunca os escondáis en el motor de un coche. Buenas noches. Y creo que pronto volveréis a saber de nosotros.

Mi querido hermano Milín,

La vida de un gato doméstico es genial. Ya entiendo por qué te gusta tanto. Siempre tengo el cuenquito lleno y hasta Mourek es un colega bastante majo. Tú eras mejor compañía, pero qué le vamos a hacer. La señora Martita incluso consiguió que pueda dormir por las noches en la cama. Sigue pensando que soy un gatito.

El señor Carlitos cree que voy a cazar ratones. Mourek no quiere cazarlos, así que confía en mí. Así que le traje uno y lo solté en la casa. La señora Marta saltó a la mesa y gritaba, y el señor Carlitos intentaba atrapar el ratón con ayuda de su crocs. Fue una diversión tremenda. Desde entonces nadie quiere que cace ratones. ¡Genial!

Aun así te echo de menos aquí. No tengo con quién hacer travesuras. Esta noche saldré a explorar los alrededores. Todo el mundo tiene su propio plízaco escondido bajo la cama, así que sería un diablillo si no me encontrara con alguien de los nuestros. Luego te escribiré otra carta o nos llamamos. La abuela siempre tiene el teléfono en la mesa, así que puedo cogerlo fácilmente.

Cuídate y saluda al viejo Hjunt de mi parte.

Tu hermano Pablo

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