Los Plízacos – El concurso de los deditos más bonitos del bloque de pisos lo gana…

Y se fueron a asustar. Con Pablo hemos dormido a pierna suelta y tenemos energía para dar y tomar. Por eso propuse que hoy íbamos a asustar a todo el bloque de pisos.

Pablo estuvo de acuerdo, le encanta morder pulgares y le divierte muchísimo mordisquear todos los pies que viven aquí. 

Cuento para niños - Los Plízacos – El concurso de los deditos más bonitos del bloque de pisos lo gana…
Los Plízacos – El concurso de los deditos más bonitos del bloque de pisos lo gana…

“¿Quién dará el mejor susto?», pregunté con fastidio. Este tipo de concursos no me gustaba, sobre todo porque yo no era muy buen asustador.

“¡Ay, no, eso ya está más que visto! Que compitan nuestros humanos. Quien chille más fuerte, gana”.

“Y a quien más le huelan los pies» añadí yo.

“Ah, y quien lleve botas de agua en los pies será el mayor cobarde del bloque de pisos,» se reía Pablo.

Empezamos por abajo. Los pulgares del portero estaban llenos de callos, y Pablo casi se parte un diente. Menos mal que el viejo Hjunt nos enseñó el truco de la luz de luna. Bastaba con hacerle un pequeño cosquilleo al portero con la uñita y ya saltaba como una pelota. La competición de los pulgares más duros la ganó, sin duda, el portero.

Después le tocó el turno a la señora Simona. Dormía dulcemente bajo una mantita tan ligera que, con solo soplar un poco, la colcha salía volando a un lado. Así nos mostró los pies, que la señora Simona claramente mimaba mucho. Tenía unas uñas igual que nosotras: puntiagudas, afiladas y de colores. 

«Eso no pienso morderlo, que seguro me pincha la garganta», dije yo. 

«Hmm, bonitos colores», comentó Pablo y saltó al interruptor de la lamparita. 

La habitación se llenó de luz. La señora Simona se despertó, toda confundida buscó a su alrededor y refunfuñó porque otra vez se había olvidado de apagar la luz. Pablo y yo nos metimos rápidamente debajo de la cama para que no nos viera.

¿Por qué has hecho eso?», me enfadé con mi hermano.

Perdón, pero tenía muchísima curiosidad por ver de qué color tenía pintadas las uñas. En la oscuridad no se veía.

¿Y de qué color eran entonces?

Cada una de un color distinto, tiene las garras en los colores del arcoíris. Y en el pulgar, tenía estampado un unicornio. ¡Qué asco!

El concurso al dedo gordo más espantoso lo gana de calle la señora Simona.

Con la vecina no nos lo pasamos nada bien. Ella dormía con calcetines, qué tía más friolera. Y no muerdo los calcetines de lana, se me quedan los dientes como estacas. Pablo al menos le mordió la oreja. La vecina echó a gritar y así ganó el concurso al mayor grito.

Seguimos subiendo, pero ningún otro dedo gordo merecía entrar en el concurso. Hasta que llegamos al señor Carlitos. Sus dedos gordos eran sin duda los más grandes de todo el bloque de pisos y olían a queso fuerte. Así, el señor Carlitos ganó de golpe dos premios. Pablo le mordió valientemente los deditos y empezó a babear como un loco. Así que, como recompensa, en vez de darle una copa, le llenó los crocs de babas, que tenía bien colocados al lado de la cama. 

Hemos pasado a la final, y eso significa subir al último piso del bloque de pisos con nuestra familia. Pero ni siquiera los pulgares de mamá ganaron el concurso al más bonito, estaban demasiado secos. Y papá otra vez no se cortó las uñas y tenía suciedad debajo. En cambio, con los niños, casi nos peleamos con Pablo. ¡Qué pulgares más bonitos! ¿Pero cuál elegir? 

«El del chico es más bonito, son más pequeños, caben justo en la boca», discutía Pablo.

—Amalia tiene uno más bonito, más fino y más sabroso. Además, huele a jabón —insistí, resoplando de forma amenazadora.

Casi habríamos llegado a pelearnos si de repente no se hubiera encendido la luz de la lámpara de mesa. 

—¡La gatita está aquí! —exclamó una vocecita infantil.

—¡Ay, madre! —murmuró Pablo, bajó las orejas y la cola y ya solo esperó a que alguno de los niños le cogiera y le abrazara cariñosamente. Eso sí que no lo soportaba nada.

—¿Vas a dormir conmigo, gatita? —preguntó el niño mientras se llevaba a Pablo a la cama.

—No, te voy a morder la nariz —gruñó Pablo, pero en cuanto lo intentó, el niño le dio un golpecito en el hocico con el dedo. —Nada de mordiscos, ¡gatita traviesa! 

—Yo también tengo una gatita —se alegró la niña y me acunó como a un bebé. Luego me llevó a la cama, me abrazó como si fuera un peluche, me tapó con la mantita y apagó la luz.

Desde la camita de enfrente oía un suave gruñido, pero pronto se convirtió en un ronroneo de felicidad. Yo también empecé a ronronear. Es lo que toca. El concurso de los pulgares más bonitos lo ganan Amalia y su hermanito, nuestras queridas criaturitas. 

Al amanecer nos evaporamos de las camitas infantiles como vapor y nos fuimos directos a nuestros nidos. Somos sin duda los primeros, y quizás los únicos Plízacos, que en una sola noche consiguieron asustar a todo el bloque de pisos. Así que, buenas noches, niños, y lavad bien vuestros deditos. A nadie le gusta morder dedos sucios. Y si se atreve, os llenará de babas vuestras zapatillas de estar en casa.  

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