
Cuentos para dormir
El cabritillo que saltó la valla
En el prado de detrás de la casa de la abuela vivía desde siempre una cabra. Balaba, masticaba hierbita verde y mordisqueaba los arbolitos de alrededor, hasta que parecía que el otoño había llegado antes de tiempo al pueblecito.
Una primavera, a la cabra le nació un cabritillo. Tenía las patitas finas como palillos y giraba la cabecita, muy curioso, para un lado y para el otro, para no perderse nada de aquel mundo nuevo.
Mamá cabra lo cuidaba como a la niña de sus ojos. Cada mañana le repetía al cabritillo: —No salgas nunca del cercado, que aquí dentro tenemos comida de sobra y estamos a salvo. —Pero cuanto más lo vigilaba la vieja cabra, más ganas tenía el cabritillo de descubrir el mundo al otro lado de la valla.
Un día se acercó a la valla sin que nadie lo viera y, justo cuando mamá cabra estiraba el cuello hacia una hojita verde y fresca, ¡hop!, dio un salto y pasó por encima de la vallita. ¡Madre mía, cuánto sitio para corretear de repente! No sabía ni por dónde empezar. Corría de arbolito en arbolito, de arroyuelo en arroyuelo, de matita en matita. Se le olvidó por completo que tenía que tener cuidado de no alejarse demasiado del cercado y de su mamá.
Al cabo de un rato, el cabritillo empezó a estar muy cansado de tanto corretear. Quiso volver a casa, pero ¡ay! A un lado había un bosquecillo, al otro una charca, y de su mamá y de la valla conocida, ni rastro. El cabritillo se asustó. «¿Cómo he podido ser tan despistado?», se reñía a sí mismo. Ni siquiera sabía hacia dónde tenía que volver. Subió corriendo a una lomita, pero ni desde allí veía su casa. Entonces le entró un miedo de verdad. Se puso a balar. Primero muy bajito, pero luego cada vez más y más fuerte, hasta que hacía daño en los oídos.
De pronto oyó un ruido y un trote de pezuñitas. Levantó la cabeza y a lo lejos vio a mamá cabra que corría hacia él. El cabritillo salió corriendo a su encuentro y estuvieron mucho, muchísimo rato saludándose. Luego volvieron juntos a casa y el cabritillo nunca más volvió a hacer nada que su mamá le hubiera prohibido. Y cuando salía a explorar por el cercado, siempre miraba de reojo dónde estaba su mamá, la de los cuernos.
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