
Cuentos para dormir
El pingüino Max, que cumplió su sueño de volar
Había una vez un pingüino llamado Max. No era uno de esos pingüinos típicos que viven en el hielo de la Antártida, sino de los que viven en el trópico. Por eso conocía a muchos animales distintos, como puercoespines, jaguares y cocodrilos. Hasta era amigo de algunos puercoespines; a los demás prefería evitarlos, aunque los admiraba. Y es que a todos les envidiaba algo: los puercoespines tenían púas afiladas como cuchillas, los jaguares eran rapidísimos y fortísimos, y los cocodrilos eran los mejores cazadores del agua. Y Max solo era un pingüino normal y corriente. Un pájaro que ni siquiera podía volar.
Eso siempre le ponía muy triste. Y por si no bastaba con que todos los demás animales supieran hacer más cosas que él, encima todos los demás pájaros, menos los pingüinos, sabían volar. Un día se lo contó a su amigo el puercoespín mientras daban un paseo, y el puercoespín le dijo: —Pues, ¿por qué no aprendes a volar? Max hizo un gesto con el ala, como diciendo «bah», porque los pingüinos sencillamente no podían volar: no estaban hechos para eso.
Pero un poco más tarde se le ocurrió una idea: a lo mejor la naturaleza no lo había hecho para volar, pero ¿y si él mismo se construía algo que le echara una mano… o un ala? La idea le entusiasmó tanto que se puso manos a la obra enseguida. Empezó a buscar por la selva todo lo que pudiera servirle: palitos fuertes, hierba y hojas grandes y duras. Hasta recogió un poco de resina de un árbol, por si necesitaba pegar algo.
Cuando tuvo todo lo necesario, se lanzó a trabajar y empezó a construir. Los otros pingüinos se reían de él y le decían que estaba loco, porque un pingüino nunca jamás podría volar. Eso era como si un pez intentara andar por tierra. Pero Max no les hizo caso y siguió trabajando sin parar.
Hasta que un día, por fin, terminó. Se había fabricado unas alas con palitos atados con hierba y pegados con resina. Entre los palitos había puesto unas hojas de palmera enormes, que hacían de plumas. Max se las puso y, ¡quién lo iba a decir!, echó a volar. Estaba felicísimo de poder hacer por fin algo especial, de no ser solo un pájaro normal que no vuela. Y a los demás pingüinos se les cayó la mandíbula al verlo dar vueltas por encima de sus cabezas. En ese momento Max comprendió que perseguir los sueños merece la pena, aunque los demás no crean en ti. Y al darse cuenta, se sintió más libre que nunca: voló por toda la selva y, poco a poco, fue cumpliendo también todos sus demás sueños.
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