
Cuentos para dormir
Una excursión al final del verano
El verano se iba acabando, pero los papás de Adán y Andrés decidieron que, antes de volver al cole, llevarían a los niños a una última excursión. Así que toda la familia se fue de excursión a un zoo que había cerca. Los niños estaban emocionadísimos cuando, después de un viaje cortito en coche, entraron con sus papás por la puerta del zoo.
Por todas partes se oían ruidos de animales y risas de niños. Aquel día de sol era perfecto para ver a los animalitos que vivían en el zoo. Adán, el pequeño, tenía muchísimas ganas de ver a las fieras, como los tigres o los leones. Pero a quien más admiraba era al rey de los animales: el león. Andrés, el mayor, tenía ganas de ver los elefantes grandes y las jirafas larguísimas. Esperaba que fueran igualitos que en los cuentos. Cuando pasaron junto a los flamencos y muchos otros pájaros, se pararon delante del recinto de los leones.
—¡Mira, ese pequeño se parece a Simba, el de El rey león! —exclamó Andrés, señalando un cachorro de león. De verdad, aquel leoncito se parecía muchísimo al de la película. A Adán se le iluminaron los ojos: por fin veía leones de verdad, y no solo en la tele. —¡Mamá, yo lo quiero para casa! —lloraba Adán junto al recinto. Mamá le explicó que el cachorro de verdad no podía llevárselo a casa, que vivía allí con los demás leoncitos. —Mira, Adán, no siempre puedes tener lo que quieres —intentaba explicarle mamá. Pero Adán estaba muy triste: él quería aquel león. —¡Ven, vamos a ver las jirafas! —le dijo Andrés, tirándole de la mano para animar a su hermanito. Las jirafas eran altísimas de verdad. Con sus largos cuellos amarillos con manchas marrones llegaban hasta los árboles. Una jirafa se agachó para comerse unas hojas verdes, y los niños la saludaron con la mano. Pero ni eso animó a Adán. Adán entendía que no podía llevarse el leoncito a casa, pero estaba triste porque ni siquiera había podido acariciarlo. Sus papás le explicaban en vano que era peligroso: no había manera de que el niño lo entendiera.
Luego papá y mamá los llevaron a ver a unos pingüinitos muy graciosos, que se balanceaban y se deslizaban por el hielo sobre la barriga. A Andrés le encantó el espectáculo de los pingüinos, pero Adán seguía pensando en el leoncito que habían visto. Se acababa el día, la familia ya había recorrido todo el zoo, así que se fueron hacia el coche. Mamá veía que Adán seguía triste, pero tenía una sorpresita para él. —¡Mirad quién ha venido a vernos al coche! —exclamó muy contenta. Les había comprado a los niños una sorpresita en el zoo cuando ellos se fueron a comer con papá. A Adán le dio un leoncito de peluche y a Andrés su jirafa favorita. —¡Parecen de verdad! —exclamaron los niños muy contentos, y a Adán se le pasó la tristeza. No tenía un león de verdad, pero entendió que este era todavía mejor que uno de verdad, y sobre todo que no muerde.
—Se va a llamar Simba —dijo muy contento de camino a casa. Y así terminó la excursión al zoo, y los niños, además de los recuerdos de aquellos animalitos tan bonitos y del tiempo que pasaron con sus papás, se llevaron también unos amigos nuevos que los iban a proteger.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos para preescolar Cuentos sobre el zoo Cuentos sobre niños




¿Qué te pareció el cuento?