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El capitán Bruno – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El capitán Bruno

Marita P.30 de mayo de 20264 min de lecturapara preescolar

Hay una isla adonde no se puede llegar en coche, ni en tren, ni en avión. Solo se puede ir en barco. En la orilla de esa isla hay un puerto donde están amarrados unos cuantos barcos. Todos son preciosos. Tienen banderas bonitas y velas de colores. En cada barco hay un capitán que se deja ver muy orgulloso, para que todo el mundo sepa qué barco es el suyo. Cuando alguien quiere irse de la isla, elige un barco y le pregunta al capitán si lo puede llevar. Y el capitán lo lleva sano y salvo adonde tenga que ir.

A los capitanes les encanta llevar pasajeros. Les gusta navegar por el mar y presumir de lo bonito que es su barco y de cuánta gente han subido a bordo. Están muy orgullosos de su trabajo. Pero no todos los barcos de aquella isla estaban siempre preparados para llevar gente. En uno de ellos no quería subir nadie. Nunca. El capitán de aquel barco se llamaba Bruno. Quería mucho a su barco y le encantaba navegar. Pero, sin saber por qué, nadie quería subir con él.

Un día, Bruno estaba en la borda de su barco mirando el ancho mar. Soñaba despierto con lo bonito que sería llevar pasajeros y enseñarles las maravillas misteriosas del reino del agua. Las olas chocarían contra su barco y él llevaría el timón firme y orgulloso. El viento le despeinaría y el sol le daría en la cara. Y todos los viajeros lo admirarían por ser tan buen capitán.

Una voz desconocida lo sacó de sus pensamientos: —Buenos días, ¿le queda sitio en el barco? ¿Podría llevarme fuera de la isla? El capitán Bruno miró a la joven que tenía al lado. No se podía creer lo que acababa de oír. ¡Alguien quería viajar, y además en su barco! —Sí, claro. Por supuesto. Suba, suba. Podemos salir ahora mismo —soltó el capitán Bruno antes de que la señorita tuviera tiempo de pensárselo mejor. Ella subió, contenta de haber encontrado un barco libre para poder irse de la isla.

Pero, al pisar la cubierta, se llevó una sorpresa muy desagradable. Desde la orilla, el barco parecía precioso. ¿Y su capitán? Todo un marinero hecho y derecho. Pero cuando subió, se quedó horrorizada. En el suelo había chicles pisados, los bancos estaban pringados de alguna bebida pegajosa y debajo había basura. Y aquello no olía nada bien.

—Siéntese y nos ponemos en marcha —dijo el capitán Bruno, con muchas ganas de llevar por fin a alguien al mar. La joven miraba a su alrededor y contestó algo apurada: —Me encantaría, pero no tengo dónde sentarme. Creo que ya sé por qué nadie quiere navegar con usted. Si lo recogiera todo y limpiara el barco, seguro que enseguida tendría más pasajeros.

Al capitán Bruno le dio mucha vergüenza. No se le había ocurrido que el desorden pudiera ser la verdadera razón por la que la gente no quería navegar con él. Cuando miró su barco, lo entendió. Y le dio mucha pena. La señorita vio lo mal que se sentía Bruno. Así que le prometió que, cuando llegaran, le ayudaría a dejar el barco como nuevo. Y dicho y hecho.

Al cabo de un tiempo, el barco iba lleno. Por todas partes se corrió la voz de lo bonito que era el barco del capitán Bruno y de lo bien que lo llevaba. ¿Y la joven que le había ayudado? Como premio, el capitán la llevaba siempre gratis. Se hicieron amigos. Ella ayudaba a Bruno a tener el barco limpio y oliendo bien, y él salía con ella encantado a mar abierto en busca de aventuras. El capitán estaba contento de que alguien le hubiera enseñado lo importante que es la limpieza.

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