
Cuentos para dormir
Pinocho
Había una vez un carpintero que se llamaba Geppetto y hacía marionetas. Vivía solo y deseaba con todo su corazón tener un hijo. Un día le salió un niño de madera precioso, y a la marioneta la llamó Pinocho.
—Ojalá Pinocho fuera un niño de verdad y no de madera —suspiró Geppetto, mientras rezaba bajo el cielo estrellado. Creía que su estrella de la suerte brillaba para él.
Por la noche, mientras Geppetto dormía, una estrella bajó del cielo y se transformó en un hada.
—Cumpliré tu deseo, Geppetto —susurró el hada, agitando su varita mágica. En ese momento, Pinocho cobró vida.
—¡Estoy vivo! ¡Como un niño de verdad! —se alegró Pinocho.
—Sí, pero tienes que ser honrado, sincero y valiente. Tienes que saber distinguir el bien del mal y hacer feliz a Geppetto.
—¿Y cómo voy a saber qué está bien y qué está mal? —preguntó Pinocho.
—Tienes que pensar bien lo que haces —le explicó el hada, y desapareció.
Cuando Geppetto se despertó por la mañana, se puso contentísimo al ver que por fin tenía un hijo. ¡No se podía creer la suerte que tenía! Pinocho le ayudaba, pero a los pocos días le entraron ganas de ir a la escuela.
—Papá —dijo Pinocho—, me gustaría ir a la escuela como los demás niños.
Así que Geppetto, con el dinero que tenía ahorrado, le compró los libros y todo lo necesario para la escuela. Pinocho lo cogió todo, le dio las gracias y se puso en camino.
Por el camino oyó una música muy alegre. Como era muy curioso, se salió del camino para ver de dónde venía. Un poco más allá había un circo. A Pinocho le entraron unas ganas tremendas de entrar y enseguida preguntó qué tenía que hacer.
—Tienes que comprar una entrada —le dijo el hombre del circo.
—Pero yo no tengo dinero. Solo tengo los libros de la escuela.
Así que Pinocho cambió los libros por una entrada. En el escenario, unas marionetas de madera estaban haciendo una función. Pinocho vio que se parecían a él y se subió con ellas. El dueño del circo, al ver una marioneta que se movía sola, pensó que le vendría de maravilla para su circo. Agarró a Pinocho y lo encerró en una jaula. Pinocho le explicó que no podía quedarse allí, que tenía que ir a la escuela. Solo quería ver la función, pero ahora ya estaba arrepentido. Se había portado mal.
—Ay, muchacho, muchacho… Toma, aquí tienes tus libros y tu dinero. Anda, vete.
Y dejó salir a Pinocho de la jaula. Pinocho cogió los libros, le dio las gracias y salió corriendo hacia la escuela. Ya sabía en qué se había equivocado y se prometió que la próxima vez se portaría bien.
Poco después, una zorra astuta se cruzó en su camino.
—¿Adónde vas, niño?
—A la escuela.
—¿Y para qué quieres ir a la escuela? Ven, que te voy a enseñar un sitio de cuento donde te lo vas a pasar en grande.
Y Pinocho se salió del camino y dejó que la zorra lo llevara al bosque. ¡Y qué bosque tan maravilloso! La zorra no había mentido: por todas partes había dulces y golosinas, juguetes y un montón de niños de su edad. «¡Cuántos amigos para jugar!», pensó entusiasmado. Pero, al rato de estar jugando, notó que algo le apretaba la cabeza. Se la tocó y notó que le habían crecido las orejas y que se le habían llenado de pelo. Se miró en un espejo. ¡Le habían salido orejas de zorro! ¡Y una cola! El bosque estaba encantado. Otra vez se había equivocado y se había fiado de la zorra. Salió corriendo todo lo deprisa que pudo.
Cuando por fin salió del bosque encantado, las orejas y la cola desaparecieron. Pero, con las prisas, Pinocho no se había fijado hacia dónde corría, y no paró hasta llegar a la orilla del mar. De repente, oyó voces y pasos detrás de él. «Seguro que es la zorra del bosque encantado, que me persigue», pensó, y se tiró al agua de un salto.
Pinocho nadaba y pensaba cómo salir de aquel lío. De pronto apareció delante de él una ballena, abrió su enorme boca y se lo tragó enterito. Pinocho fue a parar a su barriga, donde había un hombre sentado, muy triste.
—¿Papá? ¿Eres tú? —exclamó Pinocho con alegría al reconocer a Geppetto, y corrió a sus brazos.
—¡Mi Pinocho! ¡Te he buscado por todas partes! ¿Dónde te habías metido?
—Esta mañana, cuando iba a la escuela, me asaltaron unos ladrones y me llevaron muy lejos. No pude hacer nada contra ellos —empezó a mentir Pinocho, pero en cuanto terminó la frase, la nariz le creció un poquito—. Y cuando vieron que solo era una marioneta de madera, me tiraron al mar —siguió Pinocho, pero la nariz le crecía y le crecía.
—¿De verdad? —preguntó Geppetto.
—Sí —mintió Pinocho, pero la nariz le creció tanto que ya casi no cabía en la barriga de la ballena.
En ese momento, a Pinocho se le cayó la cara de vergüenza. «No hay que mentir», comprendió. Y, aunque le costaba mucho reconocer todas las tonterías que había hecho, le contó a Geppetto lo que había pasado de verdad. En cuanto lo confesó, la nariz se le encogió hasta quedarse como siempre. Geppetto, por su parte, le contó que había salido a buscarlo. Como no lo encontró en ningún sitio en tierra, se echó al mar en una balsa. Y la ballena se lo tragó.
Cuando terminaron de contárselo todo, la ballena se había cansado y se había quedado dormida. Y como dormía con la boca abierta, Geppetto y Pinocho pudieron salir sin ningún problema. Volvieron a casa los dos, felices de que todo hubiera acabado tan bien.
Por la noche, el hada se presentó en su casa y le preguntó a Pinocho qué tal le había ido. Pinocho le confesó que no había sabido distinguir el bien del mal. Tenía miedo de que el hada lo volviera a convertir en marioneta, pero ella solo sonrió.
—Por lo menos ahora sabes lo que está bien. Has sido valiente y sincero, y al final te has dado cuenta de que no hay que mentir. A distinguir el bien del mal se aprende toda la vida. Así que aprende de tus errores y conviértete en un niño de verdad.
El hada agitó su varita mágica y Pinocho se convirtió en un niño de verdad. Desde entonces supo que no debía fiarse enseguida de cualquiera, que tenía que hacer caso a Geppetto y no mentir nunca. Y así, Geppetto y su Pinocho vivieron juntos, felices y contentos.
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