Érase una vez un precioso bosque en el que vivían un conejo y una tortuga. El conejo presumía de ser el animal más rápido de todo el bosque. A la tortuga, en cambio, todos la conocían como el animal más lento, y el conejo se burlaba a menudo de ella.
—Tú, para cuando llegas al arroyo a por agua para el desayuno, ya es de noche y puedes coger agua directamente para la cena.

Y otras veces decía: —Eres rápida como seiscientos caracoles escapando.
O: —Si te ralentizas un poco más, te vas a quedar quieta en el mismo sitio.
A la tortuga esos comentarios le molestaban, pero ella siguió avanzando con sus característicos pasos.
“Siempre llego a donde necesito. Y a tiempo», decía la tortuga.
El conejo decidió retar a la tortuga y mostrarle quién era el más rápido. Y no solo a ella. Se lo demostraría a todo el bosque para que nadie tuviera la menor duda.
“¿Qué te parece si hacemos una carrera? Quien llegue primero a la meta será el animal más rápido de este bosque», le propuso el conejo a la tortuga.
La tortuga aceptó.
Los animales se reunieron y organizaron una carrera para los dos. Todos fueron a ver cómo el conejo ganaba, porque no había corredor más rápido en muchos kilómetros a la redonda. ¿Cómo iba una tortuga a adelantar al conejo?
El lobo dio la salida a la carrera y el conejo salió disparado, dejando tras de sí una nube de polvo. La tortuga arrancó con su lento, y de pronto el conejo desapareció de su vista.
El conejo corrió por el bosque y ya veía al final del camino la meta decorada. Pero de repente se detuvo. Se le ocurrió que podía humillar aún más a la tortuga y mostrarle cómo se cruza la meta. Así que se tumbó en la hierba a descansar. Se comió una dulce zanahoria y disfrutó pensando en la cantidad de tiempo que tenía antes de que esa tortuga tan lenta llegara arrastrándose. Los rayos de sol le hicieron cosquillas en el hocico, le calentaron agradablemente el pelaje y se le cerraron los ojos.
Mientras tanto, la tortuga se acercaba a la meta. Perseverante, pasó junto al conejo dormido. En ese instante, abrió los ojos de golpe y quiso salir corriendo. Pero ya no servía de nada. Solo vio cómo la tortuga cruzaba la línea de meta y, entre los vítores de los demás animales, ganaba la carrera.
Desde entonces, el conejo tuvo que reconocer que la tortuga había sido el animal más rápido del bosque. Su prudencia y perseverancia le ayudaron a terminar la carrera y vencerle. No se rindió al principio, aunque su victoria pareciera imposible. El conejo aprendió la lección y nunca más volvió a presumir ante nadie.