Érase una vez una zorra a la que le encantaba saborear todo lo que se encontraba. Un día pasó junto a una viña donde acababan de madurar unas uvas grandes y hermosas, y sintió unas ganas terribles de probarlas. Parecían realmente muy dulces.
La zorra se estiró, pero no pudo alcanzar el racimo porque estaba demasiado alto. Intentó saltar, pero aun así no era suficiente. Intentó trepar por la valla, pero ya era vieja y las tablas se rompían. La zorra saltaba, trepaba de mil maneras pero acababa siempre en el suelo de nuevo. Las uvas crecían muy alto.

La zorra, ya completamente cansada, comenzó a resoplar como si acabara de correr una maratón. La lengua le colgaba de la boca mientras jadeaba, se alborotaba el pelaje, pero todo era en vano. Por fin, la zorra bajó la cola y se marchó sin haber conseguido nada.
«Bueno, ¿y qué?», se dijo la zorra, «de todos modos seguro que esas uvas estaban muy ácidas. Aunque hubiera logrado subir, tampoco las habría disfrutado.»
Pero la zorra se equivocaba. Las uvas estaban dulces. En el fondo de su alma ella lo sabía muy bien, pero las criticó a propósito para no sentirse mal por no haberlas alcanzado. Desde entonces, se llama “uvas agrias” a aquello que alguien critica solo porque no puede tenerlo. Aunque sea dulce o bonito.