La fábula del lobo y la grulla

Hace mucho tiempo vivía un lobo al que todos los animales le tenían mucho miedo, porque le encantaba cazarlos. Un día, el lobo se comió a un conejo, pero un hueso se le quedó atascado en la garganta.

No pudo sacárselo él solo. No le quedó más remedio que gritar y suplicar ayuda. Pero todos los animales le tenían miedo y ninguno quiso ayudarle. Por fin, el lobo se encontró con una vieja y sabia grulla.

Cuentos cortos para niños - La fábula del lobo y la grulla
La fábula del lobo y la grulla

—Grulla, por favor, se me ha quedado un hueso atascado en la garganta. Ayúdame —suplicó el lobo.

La grulla venció su miedo al lobo, pues le dio lástima, y metió la cabeza en su garganta. Con su largo pico sacó el hueso que estaba atascado en la garganta del lobo.

En cuanto el hueso estuvo fuera, el lobo se sintió aliviado y enseguida olvidó todo lo que la grulla acababa de hacer por él. Incluso empezó a enfadarse con ella.

—Grulla, ¿cómo es que no me tienes miedo? ¿No sabes quién soy yo? Soy el lobo más temible de toda la región, que devora a cualquiera que se cruce en su camino. ¿Y aún quieres que te pague? Pues no, amigo. Después contarías que tuviste la cabeza dentro de las fauces de un lobo y lograste salir con vida. Eso no lo voy a permitir. Mejor te devoro ahora mismo.

—De acuerdo, Lobo —dijo la grulla. —Veo que has olvidado muy pronto el bien que te hice. Pero la próxima vez que se te atasque un hueso en la garganta, nadie vendrá a ayudarte. Recuerda cómo todos te temían. Solo yo fui capaz de vencer el miedo y sacar el hueso.

El Lobo se rascó tras la oreja. La Grulla tenía razón.

—De acuerdo… —gruñó el Lobo a regañadientes. —Pero debes prometerme aquí mismo que, siempre que necesite ayuda, vendrás y volverás a sacarme el hueso del cuello.

—Sí, vendré. Pero tendrás que pagarme por mi servicio —respondió la Grulla.

Al Lobo no le hacía nada de gracia, pero al final pagó. Sabía muy bien que, de lo contrario, la próxima vez se quedaría sin ayuda. Y tenía mucho miedo por su vida. También lo sabía la sabia grulla: quien hace daño a los demás es, en realidad, el mayor cobarde y teme por sí mismo.

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