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Cuentos cortos para niños - La fábula del lobo y la grulla

Cuentos para dormir

La fábula del lobo y la grulla

Hace mucho tiempo vivía un lobo al que todos los animales tenían muchísimo miedo, porque le encantaba cazarlos. Un día, el lobo se comió un conejo, pero se le quedó un hueso atravesado en la garganta.

No había manera de sacárselo él solo, así que no le quedó otra que ponerse a gritar y pedir ayuda. Pero todos los animales le tenían miedo y ninguno quiso ayudarle. Al final, el lobo se encontró con una grulla vieja y sabia.

—Grulla, por favor, se me ha quedado un hueso atravesado en la garganta. ¡Ayúdame! —le suplicó el lobo.

A la grulla le dio pena el lobo, así que se aguantó el miedo y le metió la cabeza en la boca. Con su largo pico le sacó el hueso de la garganta.

En cuanto el hueso salió, el lobo se sintió mucho mejor y enseguida se olvidó de todo, hasta de que tenía que pagarle a la grulla por su ayuda. Es más, empezó a enfadarse con ella.

—Grulla, ¿cómo es que no me tienes miedo? ¿Es que no sabes quién soy? ¡Soy el lobo más temible de toda la comarca, el que se come a todo el que se cruza en su camino! ¿Y encima quieres que te pague? Ni hablar, bonita. Luego irías contando por ahí que metiste la cabeza en la boca de un lobo y saliste viva. Eso sí que no. Mejor te como ahora mismo.

—Muy bien, lobo —dijo la grulla—. Ya veo que se te ha olvidado muy pronto lo que hice por ti. Pero la próxima vez que se te atasque un hueso en la garganta, nadie vendrá a ayudarte. Acuérdate de que todos te tenían miedo. Solo yo fui capaz de aguantarme el miedo y sacarte el hueso.

El lobo se rascó tras la oreja. La grulla tenía razón.

—Está bien… —gruñó el lobo de mala gana—. Pero me tienes que prometer ahora mismo que, siempre que necesite ayuda, vendrás a sacarme el hueso de la garganta.

—Sí, vendré. Pero tendrás que pagarme por mi trabajo —contestó la grulla.

Al lobo no le hizo ninguna gracia, pero al final pagó. Sabía muy bien que, si no, la próxima vez se quedaría sin ayuda. Y le daba mucho miedo morirse. Eso lo sabía también la grulla, que era muy lista: el que hace daño a los demás es, en el fondo, el más cobarde de todos y solo teme por sí mismo.

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