En la pradera arcoíris vivía una familia de unicornios. Justo al lado de la pradera tenían un campo con zanahorias, brócoli, coliflor, guisantes y otras verduras que a todos los unicornios les encantaba comer para estar sanos.
Todos, excepto el unicornio más grande y líder de la manada, que se hacía llamar Cuernodulce. ¡Y es que adoraba el dulce! Lo que más le gustaba era colarse en la ciudad, donde los niños le daban caramelos, chocolate y galletas. Cuando en casa tenía que comer verduras, se negaba.

Pero cuando los unicornios comen dulces durante mucho tiempo, empiezan a enfermarse. Se nota porque el cuerno comienza a ponerse marrón. Y eso fue exactamente lo que le pasó al gran Cuernodulce. Un día se miró en el espejo y empezó a asustarse mucho por su cuerno. ¡Si todo el cuerno se volvía de color marrón, podía deshacerse! ¿Y qué sería de un unicornio sin su cuerno?
Enseguida fue corriendo a contarle su problema a la vieja Doctora, que sabía mucho de hierbas medicinales y era la doctora de la manada.
—¡Doctora! ¡Ayúdame! ¡Se me ha puesto el cuerno marrón! ¿Lo ves? Aquí, en la punta,
La Doctora miró el cuerno de Cuernodulce, asintió con la cabeza y dijo: —Lo ves, lo ves, Cuernodulce. Eso te pasa por comer tantas chucherías. Si sigues comiéndolas y evitas la verdura, el cuerno se pondrá marrón y se te caerá.
—¡Eso jamás! —se asustó Cuernodulce—. ¿Tienes alguna pastilla o hierba para curarme?
Pero la Doctora negó con la cabeza.
“Para eso solo existe un remedio. Deja de comer dulces y come verduras.”
Pero no me gustan.
“En ese caso, no hay nada que hacer por ti”, concluyó la Doctora y se marchó.
Cuernodulce no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana, cuando los unicornios fueron a desayunar, se sentó delante de la zanahoria y la miró. La observó fijamente y durante mucho tiempo, como si pudiera transformarse en chocolate. Cuando Cuernodulce aceptó que la zanahoria seguiría siendo una zanahoria, la olió. Puaj, pensó, y volvió a apartarse. Sin embargo, luego pensó que no sería para tanto. Iría a la ciudad a buscar algo rico y luego lo intentaría de nuevo, se dijo, y se fue siguiendo el arroyo hacia la ciudad. Por el camino le entró sed. Al inclinarse sobre la superficie del agua, vio su cuerno. Le parecía aún más marrón que ayer. ¿Así que se ha extendido? ¡Menuda desgracia!
Cuernodulce regresó de inmediato al prado. Corrió hacia la zanahoria y le dio un buen mordisco. Empezó a masticar hasta que se la comió entera. Y como tenía muchísima hambre, se lanzó también sobre el brócoli. Terminó su menú con unos cuantos guisantes dulces. De repente, le pareció que la verdura en realidad estaba muy buena. ¡Aquel guisante era casi tan dulce como los caramelos! Bueno, no era tan dulce, pero eso era precisamente lo bueno. Cuernodulce esa noche incluso durmió mejor.
A la mañana siguiente, corrió enseguida al agua para mirar su cuerno. Ya volvía a estar bonito, reluciente y blanco. Ni rastro de lo marrón.
—¿Ves? Tenía razón —dijo la Doctora cuando vio a Cuernodulce.
— Estoy tan contento de que mi cuerno ya esté sano. A partir de ahora solo comeré verduras —prometió Cuernodulce.
—Eso está bien. Pero si de vez en cuando te das un capricho además de la verdura, no pasa nada. Lo que no debes es comer tanto dulce.
—Qué va —negó Cuernodulce con la cabeza. —Ya no lo quiero ni ver. Aunque soy un valiente protector del rebaño de unicornios, me da mucho miedo lo que le pase a mi cuerno. Y ya no quiero llamarme Cuernodulce. Me llamaré Zanahoriocuerno. Porque la zanahoria fue lo primero que comí y, además, tiene forma de cuerno.
Y así, el cuerno de Cuernodulce, o más bien ya de los Zanahornios, fue salvado. Y vosotros tampoco, queridos niños, os paséis comiendo dulces. Puede que no se os caiga el cuerno, pero gracias a la verdura estaréis sanos y fuertes.