Era un caluroso día de verano. El Cuervo volaba por la comarca, regresaba justo a casa y tenía mucho calor. El sol del mediodía calentaba sus plumas negras y comenzó a tener sed. Buscaba agua, pero no la encontraba por ningún lado. Durante el largo y caluroso verano, había muy poca agua en todas partes. De pronto, algo brilló a lo lejos. ¿Es eso agua?
El Cuervo descendió y vio un cántaro. En el fondo aún quedaba suficiente agua para calmar su sed. Se sentó junto a él en el suelo y metió el pico dentro. Pero no llegaba al fondo.

—¿Y ahora qué? —se preguntó el Cuervo para sí. —Agua hay, pero el cántaro es profundo y no puedo alcanzarla.
El Cuervo pensó qué podía hacer. ¿Buscar agua en otro sitio? Ya estaba demasiado cansado y sediento para eso. ¿Volcar el cántaro? Entonces el agua se derramaría y se absorbería en la tierra. No se iba a dejar desanimar tan fácilmente. Seguro que tiene que haber alguna manera de conseguir el agua.
Entonces se le ocurrió una idea. A su alrededor había pequeños guijarros redondeados. El Cuervo cogió uno con el pico y lo echó dentro del cántaro. El pequeño pájaro empezó a chapotear y el nivel del agua subió un poquito. En ese momento, el Cuervo supo que iba por buen camino. Iba echando piedrecita tras piedrecita en el cántaro, hasta que el agua subió hasta el borde. Ahora, por fin, el cuervo podía beber hasta saciar su sed.
En cuanto calmó su sed, el cuervo listo pudo regresar al cielo y seguir volando hacia su hogar. Sabía que, pasara lo que pasara en el camino, seguro que sabría cómo arreglárselas. Los cuervos son inteligentes y muy ingeniosos. Hoy, este cuervo enseña a todas las pequeñas crías de cuervo que no hay que rendirse cuando algo no sale bien, sino pensar y buscar la manera de resolver cualquier situación.