Cómo el zapatero engañó al diablillo

Hace mucho tiempo vivía un zapatero que confeccionaba zapatos. Pero nadie se los compraba, así que el zapatero cayó en la miseria. No tenía para comer, y como no sabía cómo alimentar a su mujer, a sus hijos ni a sí mismo, decidió vender su alma al diablo con su propia sangre.

Sin casi pensarlo, el diablo apareció enseguida con el contrato en la mano. El zapatero firmó y así se entregó junto con toda su familia al infierno.

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Cómo el zapatero engañó al diablillo

—¿Qué quieres a cambio, zapatero? —preguntó el diablillo.

—Quiero tener siempre suficiente dinero para mantener a mi mujer y a mis hijos.

Y así, el diablo le traía dinero todos los días. La miseria se marchó de la casa de los zapateros y durante varios años vivieron bien.

Por aquel entonces iban por el mundo dos mendigos: el señor Jesús y San Pedro. Y a todo el que les ofrecía un techo donde pasar la noche y algo rico para comer, le recompensaban cumpliéndole un deseo. También se pararon en la casa de los zapateros. La zapatera enseguida les preparó la cena y les dejó dormir en su habitación; ella misma durmió sobre la paja en el granero. Por la mañana se levantó antes y preparó el desayuno para los invitados. 

Y cuando aquellos extraños huéspedes se marchaban, le preguntaron al zapatero qué podrían darle a cambio. 

«Te concederé tres deseos por habernos recibido tan amablemente», dijo el señor Jesús.

El zapatero se lo pensó y dijo: «Primero, me gustaría mucho que cualquiera que se siente aquí, en mi taburete de tres patas, no pueda levantarse hasta que yo le dé permiso.» Mi segundo deseo es que quien mire por la ventana de mi casita se quede pegado hasta que yo diga que puede irse. Y mi tercer deseo es que quien sacuda mis árboles frutales se quede pegado a ellos hasta que yo le deje marcharse.

San Pedro se rió de esos deseos, pero el señor Jesús asintió y dijo: «Que así sea, como lo deseas».

Pasaron los años, cuando de repente apareció un diablo y le recordó al zapatero:

«Zapatero, ya es hora. Prepárate con tu familia, que os vais al infierno.»

—Vale, diablo —dice el zapatero—, pero justo estamos cenando. Espera un momento a que terminemos de cenar, enseguida nos preparamos y nos vamos. Siéntate de mientras, seguro que estás agotado de tanto correr en todo el día.

Así que el diablo se sentó. El zapatero y su familia terminaron de cenar, luego todos se prepararon y el zapatero le dijo al diablo que ya podían irse. Pero el diablo, por mucho que intentaba levantarse, era como si estuviese pegado al taburete. Se retorcía, forcejeaba, chillaba, pero no servía de nada.

—Vaya, diablo, esto sí que no —dice el zapatero. ¿Nosotros ya queremos irnos y tú no? Entonces tendrás que esperar un poco más si no te apetece ir todavía.

Vale, te doy más tiempo, pero déjame ir —le contestó..

El zapatero dejó marchar al diablo. El diablillo le dio siete años más antes de volver y desapareció otra vez en el infierno.

Cuando pasaron los siete años, el diablo volvió a aparecer en casa del zapatero. Pero esta vez pensó que no iba a entrar en su casita, que le esperaría fuera. Para recordarle que estaba ahí, llamó a la ventana y miró dentro de la habitación.

Zapatero, ya es hora —le gritó el diablo.

«Vale, vale, nos preparamos, ponemos esto en orden y podemos irnos.»

Cuando la familia del zapatero estuvo preparada, de nuevo el zapatero insistió al diablo en que ya podían marcharse. Pero este se quedó pegado a la ventana y no podía despegarse, por mucho que se retorciera.

«Te estás riendo de mí, diablo sucio», dice el zapatero. «¿Otra vez me dejas prepararlo todo y no quieres ir? Pues vete otra vez solo y vuelve dentro de siete años. Y te aviso: si tampoco quieres ir a la tercera vez , te voy a dar una paliza que vas a alucinar.»

El diablo regaló otros siete años y se apresuró a volver al infierno.

Pero el tiempo pasa volando, y así, año tras año, volvió a llegar el día en que el diablo debía llevarse al zapatero y a su familia al infierno.

—Bueno, zapatero, prepárate y vamos —dijo el diablo.

¡Si ya nos estamos vistiendo! Pero para el camino queremos llevarnos unas peras, por si nos entra hambre durante el viaje. Si quieres ir más rápido, sacude el árbol y llévate unas cuantas para ti también.

El diablillo corrió hacia el peral y lo sacudió tanto que cayeron todas las peras y las hojas, y en el árbol solo quedaron las ramas peladas. Y el diablo ya no pudo despegarse del árbol. Cuando el zapatero lo vio, se enfadó muchísimo.

—¡Menudo pillo! Te pedí unas pocas peras y vas y destrozas todo el árbol. ¿Y ahora tampoco quieres irte? ¡Te voy a dar una buena azotaina!

Y diciendo esto, el zapatero se lanzó contra el diablo y le dio con el cinturón. El diablo aullaba y prometía que lo dejaría en paz, con tal de que parara ya. El zapatero le dejó marchar, pero le había dado tal paliza que en el infierno casi no lo reconocían.

A cambio, el zapatero vivió tranquilo durante toda su vida. Pero ¿qué pasará después de la muerte? Eso también lo había planeado el zapatero. Insistió en que lo enterraran con su delantal. Sus hijos así lo hicieron. Cuando murió, su alma fue hasta la puerta del cielo. Llamó y San Pedro abrió.

«Tú no perteneces al cielo, alma pecadora.» Te juntaste con el diablo, así que vete al infierno», dijo San Pedro y le cerró la puerta en las narices al alma del zapatero.

Así que el zapatero se fue al infierno. Golpeó las puertas del infierno, asomaron los diablos y empezaron a correr y a gritar: «¡Ese es el zapatero! ¡Rápido, fuera de aquí, antes de que nos dé una paliza y nos eche del infierno! ¡Cerrad, que no pueda entrar!»

Y así, hasta el infierno le cerró la puerta en las narices. Entonces el zapatero voló otra vez hacia las puertas del cielo y llamó a san Pedro.

—Te repito, alma pecadora, que aquí no hay sitio para ti —le dijo, pero antes de que pudiera cerrar, el zapatero lanzó su delantal tras las puertas del cielo. 

Pero nada, la puerta seguía cerrada, así que fue a probar suerte otra vez en el infierno. Llamó a la puerta, pero allí no se oía ni una mosca, ni una hojita se movía, porque los diablos fingían no estar en casa, por si acaso les caía una bronca. Así que, tras esperar un rato, el zapatero se levantó y volvió a volar hacia el cielo.

—Te digo que no te queremos en el cielo —dijo San Pedro, pero el alma del zapatero se le escurrió entre las piernas y se sentó en el delantal.

—Aquí no tenemos sitio para ti —repitió San Pedro, pero el zapatero negó con la cabeza.

—Pues no estoy sentado en el tuyo, sino en el mío. Este es mi delantal.

San Pedro fue a quejarse a Jesús, que solo sonrió y se compadeció del alma del zapatero.

—Pues déjale, que se siente ahí en su delantal junto a la puerta, ya que ni en el infierno lo quieren.

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