Cómo Matías salvó a la princesa: El Día del Niño

Era el Día del Niño y Matías, junto con sus padres, fue al bosque encantado. ¿Conseguirá salvar a la princesa, prisionera del malvado mago en su castillo?

De repente, Matías se convirtió en un valiente príncipe que se abría paso por el bosque sin miedo. No tenía miedo de las sombras ni de las ramas que susurraban; seguía el sendero marcado. Ese camino lo llevó hasta un lugar donde Caperucita Roja estaba sentada en un tronco cantando.

Cuentos cortos para niños - Cómo Matías salvó a la princesa El Día del Niño
Cómo Matías salvó a la princesa El Día del Niño

—Hola, pequeño héroe —saludó a Matías—. Si me cantas una canción bonita, te daré algo que te ayudará a liberar a la princesa.

Matías enseguida se acordó de «Está lloviendo, está lloviendo» y cantó la canción rápidamente. Al terminar, Caperucita le aplaudió y le dio un trocito de papel.

—Este es uno de los tres pedazos de papel. Aquí está dibujada la llave del castillo del mago. Para saber cómo es, necesitas los otros dos pedazos —dijo Caperucita—. Sigue por el bosque, seguro que encontrarás más. Y llévate un caramelo para el camino, así tendrás fuerzas.

—Gracias, Caperucita —dijo Matías y corrió bosque adentro. 

Al poco rato se encontró con un caballero con armadura y una cabeza de caballo de madera montada en un palo.

—¡Por fin pasa un héroe que me enseñará a saltar obstáculos! —se alegró el caballero. «Si superas este circuito de obstáculos, te doy otra pieza del puzle».

Matías tomó el caballo del caballero.

«¡Adelante, caballito!», animó al caballo y echó a correr con él. Juntos saltaron el tronco, una barrera de palitos y, de regreso, hicieron un eslalon entre conos sin tirar ninguno.

«Eso ha sido absolutamente increíble», celebró el caballero y le dio a Matías otra pieza.

Matías dio las gracias y siguió adentrándose en el bosque. El camino le llevó hasta una pequeña charca, donde estaba sentado un hombre verde, con pantalones rojos y una chaqueta de faldones mojados. Por un momento, Matías se asustó al ver que el duende del agua tenía tazas delante, sobre el banco. ¡Seguro que en ellas recoge almitas! 

“A ver, ¿qué valiente se ha atrevido a venir hasta mi estanque? ¿Vas a ver al malvado mago, chico?”

Matías asintió en silencio; le daba mucho miedo el duende del agua.

“Bien, bien. Te ayudaré.”

El duende del agua cogió un trocito de papel con la llave, lo hizo una bolita y lo escondió bajo una de las tazas dadas la vuelta. También dio la vuelta a las otras tazas que había en el banco. 

—Mira bien —dijo el duende del agua y empezó a mezclar las tazas. —Y ahora adivina, ¿debajo de cuál está el papelito? Si lo encuentras, te lo puedes quedar.

Matías miró las tazas. Todas parecían iguales. Por suerte siguió la correcta cuando el duende del agua las mezclaba. Así que la señaló. 

—Has ganado —dijo el duende del agua y le dio el papelito. —Y ahora corre rápido al castillito, allí te espera la princesa.

Matías no dudó y corrió hacia el pequeño castillo pintado en cajas de cartón. Allí le esperaba la princesa. Delante de ella, sobre una sábana blanca, tenía colocadas como cincuenta llaves distintas; ninguna era igual.

—¡Oh, mi apuesto salvador! Si encuentras la llave adecuada, por fin seré libre —dijo la princesa.

Matías juntó los papelitos. Ahora que sabía cómo era la llave, fue fácil encontrarla. 

Y así, Matías liberó a la princesa junto con un cofrecito lleno de dulces, que pudo llevarse a casa. Se convirtió en el héroe de un cuento, algo que siempre, siempre había soñado.  

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