Sobre dos duendecillos desordenados

En una casita vivían dos duendecillos, Rampy y Dampy. Y a estos dos no les gustaba nada tener que recoger sus cosas. Todo empezó con el primer envoltorio de galleta tirado. 

«Pues a mí no me apetece nada recogerlo, Dampy», dice el duendecillo Rampy. 

Cuentos cortos para dormir - Sobre dos duendecillos desordenados
Sobre dos duendecillos desordenados

«Pues déjalo ahí. Así al menos no tendremos que estar sacando la basura todo el rato», contestó Dampy. Justo estaba terminando un plátano, así que tiró la piel detrás de sí y cayó al suelo. 

Y así lo hacían con todo. Cualquier cosa que abrían, la tiraban hacia atrás y la dejaban en el suelo. Si al menos fueran solo los envoltorios… Pero ellos también echaban al suelo comida sin terminar, servilletas con las que se limpiaban la boca y pañuelos de papel usados.

Seguro que os podéis imaginar lo horrible que se veía su casita en unos días y lo espantosamente mal que olía. Los duendecillos se abrían paso entre los desperdicios hasta la cintura, y ni siquiera tenían un sitio donde pudieran jugar. Por todas partes había desorden. Pero eso aún no les importaba. Se llevaron a casa una pala de esas que se usan para quitar la nieve en invierno. Donde les hacía falta espacio, simplemente apartaban el desorden. 

A la semana ya había basura hasta el cuello por todas partes. Además, Rampy y Dampy dejaron de lavar los platos, así que se tropezaban con ellos. No los veían en el suelo, ocultos bajo la capa de basura. Que no tuvieran platos de los que comer no les preocupaba. Comían solo chuches, y para eso no hacía falta vajilla. Y además, se ponían a cantar y a partirse de risa:

«¡Hemos acabado, mensaje claro,

ya no hay sitio para poner más platos!»

¡Por donde miro, solo veo jaleo!»

A la semana siguiente, los duendecillos ya no veían nada por las ventanas. Tenían que abrirse paso entre el desorden, que llenaba la casita hasta el techo. Por todas partes olía como un cubo de basura. Hasta los duendecillos iban desnudos, porque ni siquiera lavaban la ropa. La ropa sucia la tiraban por el suelo y la limpia ya se les había acabado. Y ahí fue cuando a los duendecillos esto empezó a molestarles de verdad.

—¡Dampy! ¿Dónde estás? ¡No te veo!

—Aquí, Rampy, a la derecha de las bolsitas de patatas fritas que sobraron y a la izquierda del vaso de leche mohosa. ¿Y tú dónde estás? ¿En la cocina?

—No, no, me tropecé con la olla quemada de patatas en el baño. Me caí, pero por suerte sobre una montaña de ropa sucia.

—Aquí huele fatal, Dampy.

—¿Por qué podrá ser? —se extrañó Rampy.

—Quizás sean mis calcetines viejos. O quizá fue esa sopa podrida. O no lavamos el váter. Rampy, creo que me voy a poner malo, me siento raro”, dice Dampy.

—A mí también me sienta fatal. Me duele la tripa, me estoy mareando. Creo que voy a vomitar. Y tengo calor, seguro que tengo fiebre.

En ese momento, de pronto, apareció el hada buena de la limpieza y escuchó su desesperación. 

“Estáis enfermos por culpa de todo este desorden”, les regañó nada más aparecer.

Los duendecillos Rampy y Dampy quisieron ponerse de rodillas, pero eso es difícil entre tanta basura. Empezaron a suplicar y rogar para que el hada les ayudara.

«Buena hada, por favor, ayúdanos a arreglar esto. ¡Si no, aquí mismo nos vamos a morir entre tanto desorden y peste!», suplicaban los duendecillos.

«Os ayudaré, pero me tenéis que prometer que, a partir de ahora, seréis limpios y recogeréis. Si no, os dejaré aquí apestando entre la basura para siempre.»

«¡Lo prometemos, lo prometemos!», gritaban los duendecillos unos encima de otros.

«De acuerdo entonces», dijo el hada, que sacó su paño mágico, lo agitó tres veces a la derecha, tres veces a la izquierda y luego exclamó: «Desorden aquí, desorden allá, antes de darme tres vueltas, ¡todo limpio quedará!»

En ese momento empezaron a suceder cosas. Se tiraban los restos a la papelera, de donde desaparecían, porque si no, no habrían cabido todos. La ropa saltaba sola a la lavadora, los platos se lavaban en el fregadero, la aspiradora daba un brinco desde el armario y aspiraba los suelos, y detrás de ella iba el mocho, frotando y dejando todo reluciente. 

Antes de que el hada diera tres vueltas sobre sí misma, la casita estaba como nueva. Todo brillaba de limpio y olía de maravilla, la ropa estaba lavada y recogida en los armarios, los platos limpios y en su sitio. Aun así…

—Aquí siempre huele a algo raro —olfateó Dampy.

—Id a lavaros. Los dos —ordenó el hada.

Los duendecillos estaban sucios y malolientes por culpa de la basura; tuvieron que usar cuatro jabonadas cada uno para estar bien limpios. Después de bañarse se sentían mucho mejor y ya no se encontraban mal. Luego se sentaron en la mesita, se comieron un plátano, pero no tiraron la piel al suelo. Los dos la llevaron a la papelera. Sabían que, si volvía a pasar, el hada ya no les ayudaría y acabarían poniéndose enfermos por la suciedad. Quizá se habrían perdido del todo y para siempre entre esos desperdicios. 

Califica esto post

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *