Las aventuras de Nicole y Paul

     En una casita vivían una niña llamada Nicole y un niño llamado Paul. Eran niños muy simpáticos y alegres. Lo que más les gustaba era sonreír, bailar, saltar y cantar canciones divertidas. Cualquiera que los veía, no podía evitar sonreír también.

           Pero un día ocurrió algo curioso. El primero en darse cuenta fue Paul.

Historias para dormir - Las aventuras de Nicole y Paul
Las aventuras de Nicole y Paul

—Papá hoy tiene cara de pocos amigos, ¿no te parece? —le preguntó a Nicole.

—Mamá también. Quizá les haya pasado algo en el trabajo. ¿Vamos mejor al jardín de la abuela, qué te parece? 

Vale. Y vamos a jugar a Conejito en su madriguera.

           Los niños llegaron al jardín de la abuela. Por el camino saludaban amablemente a la gente de los alrededores, pero todos estaban de mal humor. Apenas gruñían como saludo, algunos ni siquiera eso. Nicole y Paul sentían que estaba pasando algo malo. Esto no es normal. Y cuando vieron que incluso la abuela y el abuelo estaban serios, supieron que la cosa iba en serio.

          “¿Por qué nadie sonríe?», se sorprendió Nicole.

“No lo sé. Es raro. Es como si alguien les hubiera robado la sonrisa», dijo Paul.

En vez de jugar al conejito, los niños se escondieron a la sombra del viejo roble.

“La gente no sonríe. Pero el roble está claramente feliz», señaló Nicole hacia la corteza del árbol. Alguien había tallado en ella un muñequito sonriente.

“Pues sí, tienes razón», se rió Paul. «Tiene una sonrisa de oreja a oreja”.

Entonces pasó el dedo por la boca sonriente del árbol. 

           De repente, la corteza del árbol se hundió hacia abajo, como si se les hubiera abierto una trampilla. Nicole y Paul miraron dentro con curiosidad. ¿A dónde llevará esto? Bastó una sola mirada, se cogieron de la mano y se adentraron por la abertura del árbol. Por un momento, la oscuridad era tan densa que no podían verse ni la punta de la nariz. Pero de repente, apareció ante ellos un bosque precioso y soleado que olía a musgo. En un gran tocón estaba sentado un duendecillo del bosque. Llevaba un sombrero cubierto de musgo y se hurgaba la nariz.

—Buenos días —le saludaron Nicole y Paul.

—Tú piña —chilló el duendecillo y siguió hurgándose la enorme nariz con una ramita.

Yo soy Nicole, y este es Paul. ¿Dónde estamos?

“Soy Raicilla. Estáis en el bosque de luciérnagas» chilló el duendecillo y, en vez de un palito, se metió una piña en la nariz.

Paul empezó a reírse a carcajadas hasta que casi se atragantó. El duendecillo levantó la cabeza para poder verlo bien por encima del sombrero. 

“Por lo que veo, a ti no te ha encontrado Barbafunda, ¿verdad?» gruñó el duendecillo.

“¿Quién es Barbafunda?» preguntó Nicole.

Tú piña, ¿no lo conoces? Es un mago. Roba la alegría en el mundo de los humanos.

—¿Dónde lo encontraremos? —exclamó Paul.

—Vive en una cueva cerca de aquí. Os llevaré hasta allí.

           El duendecillo condujo a los niños hasta la cueva. Delante de la entrada estaba el mago con un espejito en la mano, practicando una mueca enfadada frente a él. 

—Devuélvele la alegría a la gente, la que les quitaste —le espetó Paul.

—¿Sabes quién soy? ¡Soy Barbafunda! Destruiré toda la alegría. Odio las sonrisas y las risas.

—¿En serio? —sonrió Nicole y le guiñó un ojo a Paul.

Los niños se cogieron de las manos y empezaron a saltar y a cantar.

Una sonrisa en vez de postureo.

¿Por qué la serpiente no lleva calzoncillos?

Porque no tiene dónde ponérselos. 

Se va a dormir con el culo al aire.

Los niños se reían mientras el mago Barbafunda se tapaba las orejas y chillaba.

¡Por todos los truenos, dejad de reíros! ¡Eso me está matando!

           En ese momento, también se echó a reír el duende Raicilla. Y de tanto reír, se le disparó una piña por la nariz y le dio en la nariz a Barbafunda. Barbafunda empezó a saltar sujetándose la nariz. Los niños no paraban de reírse a carcajadas hasta que les salían lágrimas de la risa. Barbafunda gruñía, pero con cada ola de risas se hacía más y más pequeño, hasta que desapareció por completo. Y así terminó el mago. En el lugar donde estuvo, sólo quedó su espejito.

“Vaya piña,” se sorprendió Raicilla. “La sonrisa está en ese espejito.”

Nicole y Paul miraron, y era cierto. Eran esas sonrisas que Barbafunda había robado. Eso de fruncir el ceño ante el espejito no se le daba muy bien. Quería convertir la risa en llanto, la sonrisa en ceño fruncido.

           Nicole y Paul cogieron el espejito, y Raicilla les llevó de vuelta al viejo roble. 

—¡Qué piña, chicos!—se despidió de ellos y cerró la puerta del árbol tras de sí. Nicole y Paul atravesaron la oscuridad y se encontraron de nuevo en el jardín. La corteza del árbol se recompuso y la sonrisa desapareció de ella. Lo único que les quedó a los niños fue el espejito.

—Y ahora vamos a devolver la sonrisa a todos—dijo Nicole. Cogió una piedra y rompió el espejito. Del espejito brotó una risa apagada de tanta gente que era imposible distinguir las risas individuales. En un instante volvió el silencio. Solo quedó el espejito roto.

—Nicole, Paul, venid a jugar —llamó la abuela con una sonrisa. —El abuelo está deseando contaros chistes de cuando era niño. ¡Nos vamos a reír muchísimo!

Nicole y Paul se miraron y sonrieron. Lo habían conseguido. Devolvieron a la gente la alegría y la sonrisa. Porque sin eso, el mundo sería de verdad muy, muy triste.

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