Detrás de todo, busca al sigiloso. Eso es lo que me decía Píhat. Desde que yo, Milín, sigiloso de edificio, juego con los niños, dejo tranquilo a mi travieso hermano Píhat. Ya no me sigue ni les cuenta a mis padres que no me gusta asustar.
Es más, nos hemos hecho bastante amigos. Píhat conoce nuestro bloque de pisos de arriba abajo, de abajo arriba, por dentro y quizá un poco también por fuera. Lo mejor es que quiere compartirlo conmigo. Como hoy, por ejemplo.

Era de noche y yo esperaba en el pasillo, detrás de la puerta de nuestro piso, a que llegara Píhat. Íbamos a dar juntos una vuelta por el bloque de pisos.
—Ya era hora de que vinieras —dije en vez de saludar, porque Píhat ya llevaba veinte minutos de retraso.
Píhat bostezó.
—Perdona, pero he dormido fatal. Parece como si la almohada me apretara, pinchara y empujara.
“Ese debe de tener un ovillo de pelos en la cabeza. ¿De qué otra forma se le ocurriría una excusa tan tonta? Se supone que las almohadas son blandas”.
“¿A dónde vamos?”
“Hoy te enseñaré cómo es la planta baja. ¿Adónde te vas?”
“Pues claro, voy hacia abajo” —digo, con la primera pata en el escalón.
“Iremos en ascensor», dice Píhat con mucha importancia.
¡Uy, nunca he ido en ascensor!
Bastó esperar un momento y el ascensor ya estaba allí. Nos deslizamos discretamente bajo las piernas de las personas que subían y bajaban. Con nosotros subió también el corpulento señor Karlíček, a quien solía asustar con tanto éxito. Hoy parecía distinto. Llevaba encajada en la cabeza una gorra negra de punto, una camiseta negra y una linterna en la mano.
Con Píhat nos agachamos bajo el pequeño asiento del ascensor. La luz del techo brillaba débilmente y el asiento proyectaba una sombra que nos ocultaba.
En la quinta planta subió la señora Simonová, que me recordaba muchísimo a una reina de los libros infantiles. Ya no recuerdo si era la reina del espejo mágico o la reina de los cabellos dorados. Aunque los suyos quizá se oxidaron en algún sitio. Seguro que salía demasiado cuando llovía.
En cuanto la señora Simonová se acercó, enseguida se puso a hablar.
«Vecino, ¿a dónde va tan tarde?»
«Figúrese, señora Simonová, alguien me roba el correo», se quejaba el señor Karlíček.
«¡Anda ya! Si los buzones tienen cerradura. ¿Alguien se la ha forzado?»
Pues no, eso es lo extraño. El correo desaparece, pero la cerradura está intacta.
La señora Simonová negaba con la cabeza incrédula y se movía nerviosamente de un lado a otro, como si estuviera pisando coles. Píhat gimió en voz baja cuando ella le pisó el pie. Le di un manotazo en la pierna para vengarlo, pero con los zapatos tan duros, la señora Simonová no se dio cuenta de nada.
—¿Y usted, vecina? ¿Va al trabajo?
La vecina asintió, iba a hacer el turno de noche al hospital, donde trabajaba como enfermera.
Para entonces el ascensor ya se había detenido en la planta baja. Menos mal. El señor Karlíček salió rápidamente y se agachó en la oscuridad junto a los buzones.
—¿Qué quiere hacer? —se rió la señora Simonová.
—Voy a esperar aquí a ese travieso que roba el correo. Le voy a asustar y quizá hasta le dé un buen azote en el trasero.
—Pues buena suerte —le deseó, y salió al bullicio nocturno de la ciudad.
Con Pecoso nos deslizamos por el pasillo hacia la oscuridad, en sentido contrario.
—Ay, mi patita —murmuraba Pecoso—. Lleva unos zapatos con los que podría pisotear escarabajos.
—Deberíamos haber subido por las escaleras —dije.
—Qué va, al menos ahora ya lo sabes.
“¿Qué sé yo? ¿Que los zapatos de cuero puntiagudos sirven para aplastar cucarachas?“
Pero menuda tontería, se enfadó Píhat ante mi incomprensión. Ahora ya sabes por qué el sigiloso no usa el ascensor. En esa caja rodante no se puede asustar ni arañar.
Tuve que estar de acuerdo.
Píhat me enseñó la planta baja y la entrada al sótano. Pero hoy no me llevará allí, porque allí vive el sigiloso más viejo de la ciudad y no le gusta que lo molesten las visitas inesperadas. Se dice de él que en su juventud fue uno de los mejores fantasmas del gremio, mordía a los que dormían en la nariz, e incluso una vez le arrancó el pulgar a alguien. Y con un trozo de crocs, porque ese dormilón se quedó dormido con los zapatos puestos. Dicen que un día también iremos allí.
Recorrimos todos los pasillos. Al amanecer volvíamos a casa. Esta vez por las escaleras. Píhat bostezaba en casi cada piso. Nos colamos por un paso en la pared hasta el lugar donde tenemos nuestras camas.
“¡Salto a las sábanas!” gritó Píhat a pleno pulmón y, tomando carrerilla, saltó sobre su almohada.
Se oyó el sonido de tela rasgándose y al aire volaron cartas y folletos de ofertas de las tiendas. Píhat cayó sobre la funda vacía de la almohada y pisoteó tristemente con sus patitas.
“Lo bien que la tenía mullida. Ahora tendré que desplumar alguna gallina para volver a rellenarla”.
“O despluma el buzón de correos”, le aconsejé riéndome.
Una cosa estaba clara. El señor Karlíček no atrapó al ladrón esta noche. Así que buenas noches y esponjad bien vuestras almohadas y edredones, para que durmáis mejor que Píhat.