Los Plízacos: Cómo me hice amigo de los niños

Después de haber asustado con éxito al señor Carlitos, por fin estoy de vuelta en el cuarto de los niños. Está oscuro, se acerca la medianoche. Voy a asustar y atrapar los deditos que sobresalen por debajo de la manta.

Eso es exactamente lo que hace un buen plízaco de edificio. Sobre todo cuando lo observa su hermano Pablo, para luego ir a chivarse en casa. Soplo en el silencio, pero oigo un sonido aún más fuerte. Alguien está llorando. Pero no es por mi susto. Eso es raro. 

Cuento para niños - Los Plízacos Cómo me hice amigo de los niños
Los Plízacos Cómo me hice amigo de los niños

Me meto debajo de la cama y escucho. Los sollozos vienen de la camita junto a la ventana. Allí duerme la niña Amalia. ¿Pero por qué llora?

—Amalia, no llores otra vez —murmuró el niño soñoliento. —A lo mejor todavía aparece tu peluche.

—No va a aparecer —sollozó Amalia.

¿Quieres que llame a mamá? 

—No —respondió Amalia, intentando contener las lágrimas. —Sólo repetiría lo mismo. Que papá no lo encontró por ninguna parte.

—Venga, duérmete, mamá te comprará uno nuevo —murmuró el chico, se dio la vuelta y se quedó dormido.

—Es que yo quiero este. El mío. No quiero uno nuevo.

Salí de debajo de la cama y, tan silenciosamente como pude, trepé hasta los pies de la cama, donde Amalia lloraba bajito. Me metí en la cama con ella y me acurruqué como si fuera un peluche. Una manita infantil me agarró con sorpresa, me apretó contra su cuerpo y me acarició. Eso sí que me gusta. Me di cuenta de que estaba ronroneando bajito. Ni siquiera sabía que podía hacer ese sonido. Pero funcionó. El llanto se detuvo y la niña se quedó dormida. Y yo también me dormí feliz.

Me despertó la luz. Debía de ser ya muy tarde. Amalia seguía acariciándome, pero estaba sentada en la cama a mi lado. Abrí los ojos con cuidado. Salir corriendo no sería sensato, justo al lado de la cama estaba su hermano, seguro que me atraparía.

—Eso parece ese mega-araña callejera de la que habló el señor Carlitos —dijo el chico.

—Eso no es una araña, parece un gatito adorable —discrepó Amalia. Por su voz, supe que estaba entusiasmada.

Levanté la cabeza con cuidado y entonces vi a Pablo sentado en el armario, lanzándose hacia abajo.

—¡Hermano! ¡Voy a rescatarte!

Ni siquiera me dio tiempo a decir que no necesitaba ser rescatado. Pablo se lanzó al suelo. Cuando aterrizó, sonó un golpe que para un plízaco fue de lo más embarazoso. ¿Desde cuándo se mueve Pablo con la elegancia de un elefante?

Mientras corría hacia mí, el niño se fijó en él, lo recogió del suelo y lo abrazó como si fuera un gato de peluche. 

—Aquí tienes otro tesorito —decía, acariciando al chisporroteante y silbante Pablo.

—¡Puaj! ¡Puaj! ¡Me está achuchando! Qué humillación —gritaba Pablo intentando zafarse del niño.

—¿De quién eres, minino?

—¡No soy ningún minino, mocoso, suéltame! —seguía silbando Pablo, y por fin consiguió escapar. 

Nunca he visto nada más divertido en mi vida. Pablo salió corriendo detrás del armario, se enredó en el cable de la lámpara y la tiró al suelo. El ruido llamó a la mamá de los niños, así que me despedí agradecido y salí pitando tras él. Los niños van a tener que dar muchas explicaciones. Y yo en casa también, pensé mientras me deslizaba por nuestro pasillo en la pared.

Pablo resoplaba como si hubiese estado corriendo toda la noche alrededor del bloque de pisos. 

—¡Por todos los pulgares arañados! —bufó Pablo—. ¡Me ha acariciado! Y ni se te ocurra contarle esto a nadie. ¡Vaya vergüenza! ¿Un plízaco de edificio como mascota de los niños? ¡Qué asco!

“No lo diré si tú tampoco lo dices» le respondí.

Eres raro, Milín, pero si quieres ser el peluche de los cachorros humanos, sélo si te apetece. Pero sin mí. Ya no te voy a vigilar, que los mayores digan lo que quieran.

Desde entonces, Pablo ya no venía conmigo a asustar, ni me espiaba. En vez de eso, me ofreció enseñarme pasadizos secretos que atraviesan todo el bloque de pisos y presentarme al plízaco más antiguo del edificio. ¡Eso sí que va a ser divertido!

Y ahora, cada noche, voy a ver a los niños. A veces hago de peluche, otras veces juegan conmigo a escondidas. ¡Es genial! En vez de cazar pulgares, ahora duermo en la cama y Amalia y Cubito me adoran sin reservas, como si fuera su gatito. ¿A que es genial?

Califica esto post

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *