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Cuento para leer - Cómo llega la primavera

Cuentos para dormir

Cómo llega la primavera

Cuando la primavera llegaba a la región, no hacía ningún ruido. No tocaba campanas, ni aplaudía, ni hacía sonar trompetas. Sencillamente, una mañana la nieve cedió, se ablandó y empezó a desaparecer entre las briznas de hierba. 

De la tierra empapada salieron las primeras hormigas, todavía un poco confundidas, pero ya convencidas de que era hora de moverse. Las abejas salieron con cuidado de sus colmenas. Parecía un poco que todavía no estaban seguras de si ya era su momento y de si la naturaleza iba en serio con la primavera. La gente abrió las ventanas de par en par y dejó entrar en las casas el aire fresco, que olía a tierra y a sol. 

En el prado que había detrás del pueblo, todo cambiaba, literalmente, cada día. La hierba se ponía verde, los dientes de león empezaban a amarillear y el arroyo dejó de estar tan helado. Solo una cosa seguía igual y no cambiaba en absoluto. Era un viejo peral cerca de un camino de campo. Estaba siempre desnudo, gris y silencioso. 

El primero en darse cuenta fue un estornino que se posaba en él cada primavera. Cada día volaba alrededor del árbol, inclinaba la cabeza y esperaba. Pero los brotes guardaban silencio. Ni puntitas verdes, ni crujidos en la corteza, ni señal de que algo se estuviera preparando. Hasta que empezó a temer que su peral favorito no hubiera sobrevivido a aquel invierno. 

«Quizá todavía sea pronto», lo consolaban las abejas, pero seguían volando. «Los árboles saben más que nosotros y cada árbol sabe cuándo debe empezar a prepararse para la primavera», dijeron las personas, quitándole importancia con un gesto de la mano, y siguieron también su camino. Solo se quedó el estornino. 

Este se sentaba en una rama al atardecer, cuando refrescaba, y le contaba al peral lo que pasaba fuera: cómo discutían las hormigas por unas migas, cómo los niños volvían del colegio sin gorro y cómo el sol aguantaba cada día un poquito más. No esperaba que el peral le respondiera, pero quería que supiera que allí había alguien a su lado y que fuera empezaba la primavera. 

Una mañana, la niebla se levantaba muy despacio. Cuando por fin se disipó, el estornino vio de repente que en una rama había aparecido un puntito verde. Era tan pequeño que nadie más se habría fijado en él. Pero el estornino llevaba tanto tiempo esperándolo que enseguida supo que ya estaba aquí. 

El peral no empezó a florecer al mismo tiempo que los demás árboles. Lo hizo a su manera, despacio, con paciencia, pero aun así empezó. Y así se vio que la gente tenía razón. No todo en la naturaleza sucede como se espera. La naturaleza tiene su propio ritmo, pero ella sabe mejor que nadie cuándo debe empezar. 

Y así el prado se puso verde, el árbol fue floreciendo poco a poco y alcanzó a todos los demás árboles. Después de los brotes empezaron a salir las flores y, después de las flores, los frutos. Y el estornino volvió a tener dónde posarse y a quién contar lo que pasa por todas partes en este mundo.

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