
Cómo el sapito Jaime se convirtió en la princesa Cristina
¿Conocéis esos cuentos de príncipes y princesas convertidos en rana? Los niños sabemos que, de vez en cuando, en nuestro mundo, que no es de cuento, también aparece alguna rana así. Pero ¿a que nuestros papás no nos dejan probar a darle un beso a una rana? Cuando vais con mamá o con papá y os encontráis una ranita, se derriten: «¡Ay, una ranita, corre, ven a verla!». Y cuando la queréis agarrar, enseguida: «¡Puaj, no la toques!». Dicen que son asquerosas y que algunas, encima, son venenosas. Parece que las ranas de nuestro mundo están condenadas a ser ranas para siempre. Pero en el mundo de los juguetes la cosa cambia. Allí también te puedes encontrar con un animalito encantado, aunque no muy a menudo.
Una noche, mientras me bañaba en la bañera llena de espuma y jugaba con los pececitos y los patitos, saltó a la bañera conmigo el sapito de goma al que hace tiempo le puse de nombre Jaime. Lleva en la cabeza una coronita dorada, así que ya antes se me había ocurrido que a lo mejor era un príncipe encantado. Pero entonces todavía no sabía cómo se desencanta a un príncipe así. Que hay que darle un beso lo descubrí hace muy poco, cuando por fin dejé que mamá me leyera el cuento de antes de dormir hasta el final.
Así que tomé a Jaime en la mano y le di un buen besito. En ese mismo instante ocurrió la magia y, en vez del sapito Jaime, en la bañera conmigo había una princesa con un vestido precioso y brillante. Y enseguida soltó: —¿Pero qué es esto? Estoy empapada y llena de espuma por todas partes. Y además, yo no soy ningún Jaime. Soy una princesa y me llamo Cristina.
—Hola, princesa Cristina. Yo soy Maya. Perdona por pensar que eras un príncipe —intenté calmarla. No lo conseguí, la princesa seguía erre que erre: —A ver, Maya, yo soy una princesa muy importante. Mi papá es el rey del reino más grande y más rico del mundo. Una bruja mala, por envidia, me convirtió en rana. ¡Y encima de goma! ¿Sabes por cuántos almacenes he pasado hasta llegar a la juguetería? ¿Y sabes lo que sufrí allí, entre todos esos muñequitos de goma sin importancia? Luego llegué a vuestra casa y pensé que por fin me salvarían. Pues no. En vez de eso, he tenido que chapotear cada día en el agua, qué vergüenza, con unos patos y unos peces cualesquiera.
—¡No son unos patos y unos peces cualesquiera! —defendí yo a mis juguetes—. Los patitos y los pececitos son mis amigos. No puedes hablar así de ellos.
La princesa no estaba acostumbrada a que nadie le llevara la contraria. Se quedó parada sin saber qué decir. Al rato chilló: —¡Yo hablo como me da la gana! ¿Y me vais a dar de una vez una toalla y ropa seca?
Eso ya no lo aguantó mamá, que estaba conmigo en el baño vigilándome mientras me bañaba. Los modales de la princesa la sacaron de quicio: —Mucho cuidado, princesita. En tu casa a lo mejor te consienten esos modales y tanto mandar, pero aquí no estás en tu reino. Estás en nuestra casa. Ni Maya ni yo somos tus doncellas. Además, Maya te acaba de desencantar, así que podrías mostrar un poco de agradecimiento y tratarnos con respeto.
Me pareció que la princesa se ponía un poquito colorada. Luego salió de la bañera y dijo, ya más humilde: —Maya, gracias por desencantarme. ¿Podrían darme ahora, por favor, una toalla y ropa seca?
Mamá le dio una toalla a la princesa y trajo del armario un vestido suyo. La princesa se secó, se vistió y, con el vestido de mamá, se pavoneaba muy orgullosa delante del espejo.
—Bonito vestido —reconoció—. Un poco sencillo para mi gusto, pero aun así me queda bien. Y ahora me tomaría una cena exquisita. Hace muchísimo que no como y tengo un hambre enorme.
—Pues venid, que voy a hacer tostadas con queso y beicon. A Maya le encantan —dijo mamá, me sacó de la bañera y me secó. Cuando me puse el pijama, mamá me encargó que, mientras ella preparaba la cena, le enseñara a Cristina nuestra casa y le mostrara mi propio reino.
Pero a la princesa mi cuarto no le hizo ni pizca de gracia. Mis juguetes no le interesaban; arrugaba la nariz ante todos. En realidad, no paraba de quejarse de algo. Que si el sofá no era lo bastante elegante, que si allí en el suelo había una pelusa, que si encima del armario había un poco de polvo.
—Yo ya no juego con juguetes desde hace mucho. En esa tienda de campaña tan pequeñita no pienso meterme. ¿Y las vistas desde tu ventana? Bueno, de eso mejor ni hablo —terminó de refunfuñar. Dejé a la princesa en mi cuarto y me fui corriendo con mamá a la cocina.
—Mami, la princesa es horrible. No quiere jugar conmigo, no le gusta nada, no para de quejarse. Yo no la quiero aquí.
—¿Pero qué hacemos con ella? En rana ya no la podemos volver a convertir, y echarla tampoco podemos. Si no conoce nada de nuestro mundo —pensaba mamá. Al final decidió—: Vamos a cenar y ya veremos. Con la tripa llena, a lo mejor se le pasa el mal humor.
Puso la cena en la mesa y llamó a Cristina y también a papá, que estaba fuera cortando el césped. En un momento estábamos todos sentados a la mesa.
—Papá, esta es la princesa Cristina. Estaba encantada y era el sapito Jaime. La he desencantado en el baño —le presenté a papá a nuestra cuarta comensal. Papá quiso saludar y dar la bienvenida a Cristina, pero solo le dio tiempo a tomar aire. La princesa no le dejó ni empezar: —¿A esto le llamáis cena para una invitada real? Esperaba por lo menos un pichón asado. Y no pensaréis comer conmigo, ¿verdad? ¿Una princesa en la misma mesa que sus súbditos? ¡Dónde se ha visto!
—¡So, so, alto ahí! —tronó papá—. ¡Nosotros no somos súbditos suyos! Recuerde que está usted de visita en nuestra casa. Le hemos dado ropa seca y de comer. Y en vez de darnos las gracias, nos riñe. Si no le gustan nuestra familia ni nuestras costumbres y cree que en otro sitio estará mejor, puede irse cuando quiera.
Cualquiera pensaría que, después de esto, la princesa sería un poco más humilde, pero no. Solo soltó un «¡Bah!» y ya iba marchando hacia la puerta. Desde la entrada todavía chilló: —¡Me voy a buscar a alguien que tenga caballos y carroza y me lleve a casa, a nuestro castillo!
Por toda la casa retumbó el portazo. Papá murmuró entre dientes: «Hala, adiós», hizo un gesto con la mano y se puso a comer como si nada.
—Y se ha ido —dije yo.
—De momento —dijo mamá—. Me parece que pronto la tendremos de vuelta. Con lo engreída que es, no va a llegar muy lejos con nadie.
¿Tenéis curiosidad por saber si mamá tenía razón? La tenía. Pero eso ya es otra historia.
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