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El conejito Tomasito aprende a multiplicar – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El conejito Tomasito aprende a multiplicar

Katerina T.17 de agosto de 20265 min de lectura

En el pueblecito de Villabrinco vivían un montón de familias de conejos. Uno de sus vecinos era el pequeño conejito Tomasito. Vivía con su familia bajo las raíces de un roble viejísimo, de más de cien años. Tomasito era el hijo más pequeño de mamá Sofía, que tenía otros tres hijos. La mayor era la conejita Catalina, después venían Clara y Lucas. Así que la familia Brincos al completo eran mamá Sofía, papá Roberto, dos conejitas y dos conejitos.

Los Brincos siempre estaban sonriendo, daban saltos altísimos y en su tiempo libre les encantaba aprender cosas nuevas. Y así iba a ser también aquel domingo por la tarde, después de comer. Pero Tomasito estaba muy preocupado por si sería capaz de cumplir la nueva tarea que le habían puesto sus papás. Tenía que ir solo a la tienda a hacer la compra, y le daba miedo no saber calcular cuánto costaba cada cosa.

Mamá Sofía nunca lo decía en voz alta, pero en el fondo estaba muy preocupada por su hijito pequeño. Todos los demás calculaban sin problema cuánto costaba cada cosa y cuánto había que pagar. Pero a Tomasito no le resultaba tan fácil como a sus hermanos.

Lucas vio la preocupación en el hocico de mamá y el miedo en el hocico de Tomasito, y decidió ayudarlos. Se fue dando saltitos a su cuarto, sacó unas hojas blancas y unos cuantos rotuladores, lo metió todo en una bolsa y volvió con su familia. Todos esperaban impacientes a ver qué idea se le había ocurrido a Lucas.

Cuando Lucas volvió con los demás, le dio a cada uno una tarea. Cada uno tenía que escribir en un papelito una multiplicación de la tabla. Luego Clara y Catalina pegaron los papelitos en la puerta de la casita, en la puerta del cuarto, en la puertecita del armario de las golosinas y hasta en la tapa del váter. Mamá y papá no entendían nada, porque no sabían muy bien qué pretendía Lucas.

Cuando las conejitas terminaron de pegar papelitos en cada armario y en todo lo que había que abrir para llegar a algún sitio, llegó la explicación. Lucas le dijo a la familia que aquellos papelitos eran códigos, y que Tomasito solo podría entrar si resolvía bien la multiplicación. Mamá sonrió de oreja a oreja, porque los armarios no tenían cerraduras, así que Tomasito podría abrirlos facilísimamente. Entonces Lucas se subió de un salto a un taburete, se puso muy tieso y explicó que también había pensado en eso: en todos los sitios donde había un papelito había una cerradura con código, y había que meter el resultado.

En cuanto Lucas terminó de hablar, papá y Tomasito se pusieron a dar gritos de alegría. Era una de las mejores ideas que había tenido Lucas en su vida. Ese mismo día, a Tomasito le entraron ganas de una zanahoria fresquita, así que tuvo que ir a la despensa. Pero para entrar tenía que resolver una multiplicación. Se quedó un ratito delante de la puerta, rascándose la cabeza y el hocico, contó con los dedos y al final se acercó a la cerradura y metió el resultado. De repente se oyó un pitido y la puerta de la despensa se abrió. Tomasito entró sonriendo y sacó de la cesta la zanahoria que le apetecía.

Un poco más tarde, al conejito le entraron ganas de jugar con sus cochecitos, pero para poder jugar con ellos también tenía que meter el código secreto: el resultado de una multiplicación. Esta vez a Tomasito no le salió tan rápido. Chillaba, daba saltos y hasta gritó un poquito, pero cuando se calmó, volvió a ponerse a calcular y le salió a la primera.

Mamá Sofía lo miraba a escondidas y estaba orgullosa de la idea de Lucas y de lo bien que calculaba Tomasito. Tomasito estuvo practicando así toda la semana, y el lunes siguiente le esperaba la prueba. Esta vez el conejito no tuvo miedo de ir a la tienda. Agarró la bolsa y la lista de la compra y salió. En quince minutos estaba de vuelta en casa, y allí le esperaba una sorpresa: toda la familia estaba tan orgullosa de sus progresos que le había preparado una fiesta. Tomasito comprendió que la ayuda de la familia y la constancia son muy importantes.

Y desde entonces, el conejito nunca más se preocupó por si no iba a ser capaz de algo. Sabía que querer es poder.

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