
Cuentos para dormir
El erizo Tomi
Los erizos son de los animalitos más bonitos que podemos encontrarnos en el parque. Los mayores saben muy bien que los erizos se comen un montón de babosas y de insectos que estropean lo que crece en los huertos y jardines.
A Tomi también le encantaba cenar babosas y escarabajos. Y cuando los niños le ponían a veces un cuenco de agua y un poquito de comida para gatos, era el erizo más feliz del mundo. Todos los niños del barrio querían mucho a Tomi, porque le gustaba acercarse a ellos y nunca salía huyendo. Le hacía mucha ilusión jugar con ellos, porque así se sentía importante.
Pasó un año, y Tomi ya era un erizo más grandecito. Llegó el verano, hacía un calor horrible y, como siempre, los niños corrían por el patio. Enseguida lo vieron y se alegraron de volver a ver a su querido erizo. Cristobalito fue a pedirles a sus papás un cuenco de agua y un poco de comida para gatos. Sabía que a Tomi le haría ilusión y que el erizo también daría de comer a sus crías. Es que la señora eriza y él acababan de tener erizitos. Y ellos también necesitan comer, ¿no? A los papás les gustaba darles golosinas a los erizos, porque sabían que así los niños aprenden a cuidar de la naturaleza. Para los niños, Tomi no era un animalito cualquiera. Era un amigo de verdad. No hablaba, pero si hubiera sabido hablar, seguro que se habrían pasado horas charlando.
Tomi tuvo su agua y su comida, pero a la pequeña Cristina se le ocurrió darle también un poco de leche. No sabía que la leche les sienta mal a los erizos, porque lleva lactosa y los erizos no pueden digerirla.
—¡Ay, Cristina, ni hablar! Los erizos no pueden beber leche —dijo la señora Guijarro, la niñera de Cristina.
—¿De verdad? No lo sabía. —Cristina estaba muy sorprendida. ¿Cómo podía ser que todo el mundo pudiera beber leche menos el erizo?
La niñera le explicó a Cristina muy bien de qué se alimentan de verdad los erizos: de babosas, de insectos y de escarabajos. Y si queremos ayudarlos, podemos ponerles un cuenco de agua y un poco de comida para gatos, de la que lleva carne. Pero nunca leche ni fruta.
—Cuidemos de ellos, que en el huerto nos hacen mucha falta.
Cristina se lo aprendió muy bien, se lo contó a sus amigos y amigas, y desde entonces todos supieron cómo hay que dar de comer a los erizos.
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