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El gatito perdido – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El gatito perdido

Lana L.20 de junio de 20266 min de lectura

Cerca de un riachuelo, a las afueras de un pueblecito, había un bosquecito. Era un bosquecito como cualquier otro: tenía un claro y crecían en él unos cuantos pinos. A veces se perdía por allí algún animal del bosque, como un alce despistado o una corzita pequeña y cansada de tanto correr. Pero un día llegó al bosque un invitado muy poco corriente: un gatito pequeñito. ¿De dónde había salido? Nadie lo sabía.

Y nadie se habría fijado en él si no lo hubiera visto la lechuza Cabezasabia. ¡Uy, era el ser más sabio de toda la comarca! Por la noche volaba y vigilaba todos los alrededores, y en lo alto de los árboles tenía su modesta casita. Y un día, debajo de uno de esos árboles, vio algo muy raro. Algo que se movía, que respiraba, y que seguro que no era ninguna de esas cosas que a la gente le gusta tirar en el bosque para ensuciarlo.

La lechuza se acercó a aquella cosa y le dio un toquecito suave con el pico. Y, mira tú por dónde, ¡aquella bolita de pelo se movió!

—¿Quién eres? —preguntó la lechuza—. Nunca te había visto por aquí.

—Soy un gatito pequeño y me he perdido —maulló el gatito, muy triste. Y de verdad que era chiquitín.

—¿Y dónde está tu mamá, gatito? —le preguntó la lechuza con cariño.

—No lo sé —contestó el gatito—. Hace unos días que no la veo.

—Entiendo. Seguro que tienes hambre, estás cansado y tienes miedo… —dijo la sabia lechuza moviendo la cabeza—. Pero ¿cómo has llegado hasta aquí?

—Salí de casa y me persiguió un bicho que hacía «¡guau, guaaau!». Y yo corrí y corrí hasta que me escapé, y llegué corriendo hasta aquí.

La lechuza se puso a pensar de dónde podía haber venido el gatito. Ya tenía claro que había huido de algún perro travieso al que le gustaba asustar a los gatitos.

—Muy bien, gatito, ¿y me puedes contar cómo es el sitio de donde vienes? —le preguntó.

—No sé muy bien dónde está… Pero vivía con mi mamá en el desván de una casa grande. Aquella casa tenía el tejado marrón y era alta. También había una vaquita y unas gallinitas —intentó explicar el gatito—. Mi mamá me debe de echar mucho de menos —maulló con pena.

—No te preocupes, pequeñín, ya se nos ocurrirá algo —le sonrió la lechuza—. Pero antes cuéntame un poquito más.

Y el gatito se esforzó con todas sus fuerzas en describir cómo era la valla que rodeaba la casa. Le habló del granjero y de la granjera, que cuidaban la granja con mucho mimo. Le describió también las florecitas que crecían allí y que olían de maravilla. La lechuza escuchaba y escuchaba. Y luego le dijo al gatito:

—Primero te buscaré algo de comer y luego echaré un vistazo por los alrededores. Cerca de aquí hay un pueblo donde vive gente. A lo mejor tu casa está justo allí. Nada de miedo, chiquitín. Seguro que todo acaba bien.

Y dicho y hecho. En un momento le consiguió al pobre gatito un poco de leche y le pidió a la zorra que lo calentara con su pelaje, porque estaba temblando de pies a cabeza. A la zorra no le hacía mucha gracia, pero en aquel rincón tan bonito del bosque quien mandaba era la lechuza.

Después, la lechuza se elevó por encima de los árboles y desapareció. No volvió hasta el amanecer, cuando el sol ya asomaba por el horizonte.

—Creo que ya sé adónde tenemos que llevarte —le dijo al gatito. También le dio las gracias a la zorra por haberlo cuidado. Y luego se volvió otra vez hacia el pequeño gatito atigrado—: Esta noche, cuando haya dormido, te buscaré quien te lleve y volverás con tu mamá.

La lechuza era famosa porque nunca hablaba por hablar, así que hizo lo que había prometido. Ya entrada la noche, cuando el sol se había puesto y en el cielo aparecían las primeras estrellitas, llamó a su amigo el halcón.

—¡Eh, Ojoagudo! Tengo un asunto urgente para ti. Este gatito tan bueno tiene que volver con su mamá —le dijo al halcón.

—Ajá. Muy bien. ¿Quieres que lo lleve yo? ¿Y adónde exactamente?

Y la lechuza le explicó el sitio con todo detalle. El halcón no lo dudó ni un momento. Se subió al gatito a la espalda y se elevó con él muy alto, hasta el cielo.

—La lechuza es muy lista y aquí es ella quien manda. Pero manda con sabiduría, y por eso todos le hacen caso —le dijo el halcón al gatito—. Además, es muy buena amiga mía, y una vez me salvó la vida. Y ahora está salvando la tuya. Es el mejor animal que he conocido nunca. Has tenido muchísima suerte de encontrártela.

—Gracias —fue lo único que pudo decir el gatito. Tenía un poco de frío, pero estaba deseando llegar a casa.

¡Qué sorpresa se llevó su mamá cuando, al poco rato, lo vio sano y salvo! Ya creía que no volverían a verse nunca. Se abrazaron y se acurrucaron, y se acurrucaron más. Fue un momento tan emocionante que el halcón aprovechó que mamá gata y su gatito solo tenían ojos el uno para el otro y se fue volando calladito hacia el cielo.

Y la familia de gatos no cabía en sí de felicidad. Estaban otra vez juntos, y eso era lo más importante. La mamá gata se prometió que nunca más perdería de vista a su pequeño, para que nunca volviera a correr ningún peligro.

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