
Cuentos para dormir
El pirata Barba y el tesoro misterioso
Niños, seguro que os acordáis del cuento mágico del pirata Barba, que con su fiel amigo el loro Apolo buscaba por el océano un tesoro misterioso y perdido. El sueño del capitán era encontrar el tesoro y sacar a su isla de la pobreza.
Navegando en su barco pirata por el bravo océano Pacífico, después de muchos años el capitán Barba encontró por fin una isla misteriosa con forma de tortuga. Y no era una isla cualquiera. Al explorarla, el capitán se topó en la selva con una serpiente que lo llevó hasta una cueva donde se escondía un tesoro misterioso. El capitán Barba contestó bien a las preguntas de la serpiente, y ella le dio el tesoro. El capitán le había dicho que quería usarlo para sacar a su isla de la pobreza. Y ahora vamos a ver cómo sigue la historia.
El capitán abrió el cofre negro y dentro no solo había oro, ¡también diamantes! Pero cuando quiso llevarse el cofre a su barco, de repente apareció detrás de él otro pirata.
—¡Quieto ahí! ¡Dame ese tesoro! —gritó un pirata joven, que sacó la espada y apuntó con ella al capitán Barba.
—Este tesoro es mío. Lo he buscado durante muchos años, por fin lo he encontrado y he contestado honradamente a las preguntas —le respondió el capitán.
Los dos piratas se pusieron a luchar con sus espadas. Apolo intentaba ayudar a su capitán como podía, pero, claro, era solo un loro, así que revoloteaba por la cueva sin saber qué hacer. La serpiente, guardiana del cofre, lo miraba todo desde un rincón. El capitán Barba cayó al suelo cuando el pirata joven le hirió en la pierna. Y justo cuando el joven iba a agarrar el cofre, la serpiente volvió a enroscarse a su alrededor. También a él le hizo las preguntas, pero no supo contestarlas bien. No sabía qué forma tenía la isla, y además quería el tesoro solo para él: lo único que buscaba era hacerse rico.
La serpiente siseó algo por lo bajo y el joven y astuto pirata cayó en un sueño profundo. Al final, su codicia no le sirvió de nada. El capitán Barba se vendó la herida de la pierna y, con el tesoro por fin bien sujeto entre los brazos, cruzó la espesa selva de vuelta a su barco.
El pirata subió al barco con Apolo y emprendieron el largo viaje a casa. La misteriosa serpiente confiaba en que cumpliría su promesa y le deseó buen viaje. El capitán Barba y su Apolo volvían a estar en alta mar. Lucharon contra el mal tiempo y contra el sol abrasador, hasta que, después de muchos años, por fin apareció ante ellos su isla.
El capitán ya era muy viejecito, igual que su loro, pero estaba decidido a devolverle la riqueza a su gente. Y así fue. Cuando llegó a su isla, la gente seguía siendo muy pobre. Los niños pobres corrían por las calles y los mayores intentaban pescar algo en el mar. El capitán reunió a todo el mundo en el puerto y repartió lo que necesitaban: comida, hierbas y semillas para plantar, agua y ropa, todo lo que le hacía falta a su pueblo. Lo había comprado por el camino con el dinero del tesoro. Su familia y toda la isla pasaron la noche entera celebrándolo llenos de alegría. Estaban muy agradecidos por todo lo que el capitán Barba había hecho por ellos. Él, mientras tanto, descansaba en la cubierta de su barco después de un viaje tan largo y lleno de aventuras.
El capitán se quedó dormido y, por fin, pudo disfrutar de un descanso bien merecido junto a su loro Apolo. Estaba contento de haber logrado aquello en lo que creía. Y sabía que lo que le había ayudado había sido su buen corazón, y no la codicia.
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