En las colinas, desde hace mucho tiempo, se alzan castillos. En esas mismas colinas donde, por la mañana, permanece la niebla y, por la tarde, llega el aroma del bosque. Cada castillo es un poco diferente, pero todos tienen algo en común: están un poco olvidados. Ya sea el Castillo Viejo con su muralla derruida, el Castillo de Piedra con su pesada puerta que hace mucho no se abre, o el Castillo Pequeño, que solo tiene una torre, pero desde la que se puede ver hasta el río.
La gente visita los castillos, pero no siempre se fija realmente en ellos ni les presta atención. Algunos solo pasan de largo, fotografían el castillo, pero ya no tienen tiempo para detenerse y descubrir su magia.
Ya casi nadie escucha lo que las piedras tienen que contar. Y eso que han visto tantas cosas: caballeros que se alegraban, pero también tenían miedo; princesas a las que les encantaban sus vestidos y joyas, pero que igualmente amaban la libertad y la alegría de vivir. Y qué decir de los reyes, que siempre tenían que decidir sobre todo de manera correcta, sabia y, sobre todo, justa.

Un día, una niña pequeña llamada Klárka va al castillo junto a su papá. Lleva una mochila a la espalda, con una botella de agua, una merienda y su cuaderno favorito, donde dibuja todo lo que le llama la atención. Cuando llegan al Castillo Viejo, se sientan en la hierba y por un momento observan el castillo y la naturaleza que lo rodea. El castillo está en silencio, pero parece como si pudiera respirar.
Cuando Klárka toca una piedra, siente un suave calor bajo la palma de su mano. Aunque brilla el sol y la piedra está calentita, esto es algo diferente. Acerca la oreja a la muralla y le parece escuchar un suave susurro.
Luego se levanta, camina despacio alrededor de la torre y asoma la cabeza por la ventana. Y de repente, como si sus dibujos del cuaderno cobraran vida ante sus ojos. Ve a princesas bailando sobre el suelo de piedra; a caballeros que se divierten; y a doncellas que llevan refrescos para todo ese festejo. Todo parece tan vivo y colorido.
Cuanto más escucha, más le habla el Castillo Viejo. Y Klárka apunta y dibuja en su cuaderno todos los pensamientos que se le pasan por la cabeza. De repente, para ella cada piedra tiene su propia historia. Una es suave como un espejo y en ella ve imágenes de princesas. Otra es rugosa como los guardianes del castillo, otra está cubierta de musgo y huele a aventura. En ese silencio del castillo y en la imaginación de Klárka se esconde su magia.
Cuando ya lo ha visto todo y ha disfrutado al máximo de la atmósfera del castillo, se prepara para volver a casa con su papá. Se le ocurre que quizá a los castillos les gustaría que la gente les prestara más atención. No solo con los ojos, sino también con el corazón. Solo hace falta detenerse, mirar a tu alrededor y escuchar. Porque cuando uno escucha, puede oír mucho más de lo que jamás habría imaginado.
Así que desde entonces, Klárka se detiene al menos un ratito en cada castillo. Porque ahora sabe que los viejos castillos tienen su propia magia y pueden contar historias enteras: solo esperan a que alguien quiera escucharlas de nuevo.