Los conejitos y el tesoro reluciente

En el prado olía a flores silvestres recién florecidas, y la hierba se mecía suavemente con el viento. Además de las flores, aquí vivía también una alegre familia de conejos. La mamá y el papá, y sus tres pequeños hijos: Manchitas, con una mancha negra en la espalda; Bigotes, con sus largos bigotes, y Rápido, a quien lo que más le gustaba era correr velozmente. 

Cada día jugaban bajo el sol, se escondían entre la hierba o corrían persiguiéndose unos a otros, yendo de margarita en margarita tan deprisa que pocos podían seguirles el ritmo. Saltaban por encima de los arbustos bajos y descubrían nuevos rincones donde podían esconderse. El sol calentaba, la hierba le hacía cosquillas en las patitas y todo el mundo olía a aventura. 

Cuento para niños - Los conejitos y el tesoro reluciente
Los conejitos y el tesoro reluciente

Una mañana, Rápido se detuvo y abrió mucho los ojos. ¡Mirad, allí hay algo que brilla! —gritó, y enseguida corrió hacia allí. El sol se posaba sobre un pequeño papelito de colores que yacía entre los dientes de león. ¡Seguro que es un tesoro! —exclamó Manchitas, feliz. Todos se reunieron a su alrededor y admiraron cómo brillaba y relucía con la luz. Por un momento brilló en azul, luego en rosa y finalmente también en amarillo. 

Los hermanos hábiles e ingeniosos enseguida piensan para qué pueden usar el papel brillante. A Bigotes se le ocurre que podrían hacer una bandera con él. Manchitas, en cambio, propone que sea una capa que cada día lleve uno de los hermanos y que se vayan turnando. Y Rápido quiere organizar una carrera por el tesoro reluciente.

El papelito arcoíris sigue haciendo reflejos de colores durante un momento, pero luego el viento lo levanta y lo lleva un poco más allá, bajo un mechón de hierba, donde de repente deja de brillar en la sombra. 

A esa cosa tan especial también se acerca la mamá coneja, para aconsejar a sus hijitos. Cuando ve el supuesto tesoro, enseguida sabe de qué se trata. «Esto no es un tesoro, sino un papelito de caramelo que alguien ha tirado aquí». Y si hubiera más cosas como esta, pronto nuestra pradera ya no sería tan bonita.» 

Los conejitos se sorprendieron, pero no se sintieron desilusionados. Miraron a su alrededor y, de repente, se dieron cuenta de lo bonita que era la pradera por sí sola. —Parece que el verdadero tesoro es todo esto —susurró con cuidado Manchitas. Mamá asintió y sonrió—: Tienes razón, la naturaleza es el mayor tesoro que tenemos. Tenemos que protegerla para que siempre pueda sonreírnos así de bonito. 

Después, Manchitas se agachó, recogió el papelito de colores y lo escondió debajo de una piedra, donde el viento no podría alcanzarlo. Si Manchitas fuera solo un poco más grande, lo habría tirado a la papelera, pero todavía no llega. —Al menos aquí no hará desorden —dijo satisfecho. Y entonces todos volvieron a correr por el prado. El sol brillaba, la hierba susurraba y los conejitos sentían que ese día habían encontrado un verdadero tesoro: un hogar limpio lleno de aromas y aventuras. 

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