
Cuentos para dormir
El osito Erik y la ardilla Canela
En una casita del bosque vivía el osito Erik, que no solo adoraba la miel: su mayor afición era ir a pescar. Le encantaba. Por eso, cada sábado preparaba su cubito y su caña y se iba a pescar al estanque de agua clarita que había en medio de su bosque. Eso sí, los pececillos que pescaba los devolvía enseguida al agua, pero le divertía probar a ver si picaba alguno. El osito era grande y muchos animalitos le tenían miedo, pero tenía un corazón enorme y muy bueno.
Un sábado, mientras el osito marrón Erik caminaba por el bosque espeso hacia el estanque, se encontró por el camino con una ardillita pelirroja. La ardilla estaba jugando con unas piñas entre las hojas. —¿Adónde vas, adónde vas? —le preguntó a Erik la ardillita. —Voy a pescar al estanque. ¿Te vienes? —le preguntó el osito con timidez, porque no quería que la ardilla le tuviera miedo. Erik era un oso grande y en el bosque no tenía muchos amigos. Era la primera vez que alguien le hablaba, y se puso muy contento. La ardilla saltó alegre de entre las hojas y se unió al osito camino del estanque. El osito Erik y la ardilla, que le dijo que se llamaba Canela, iban muy contentos por el bosque hacia el estanque y fueron charlando todo el camino. Erik estaba muy feliz. Le contó a Canela lo mucho que le gustaba pescar y lo mucho que le gustaba hacer pastelitos de miel en su casita. Pero le daba pena no tener con quién compartirlos. Así que la ardilla le prometió que, después de pescar, podían hacerlos juntos.
Erik preparó su caña de pescar y, junto con la ardilla, intentaron pescar algún pececillo. El sol les sonreía desde el cielo y miraba a ver si pescaban algo. ¡Y vaya si lo consiguieron! Pescaron dos, luego tres, y hasta cuatro pececillos, y los metieron con cuidado en el cubo. Cuando ya habían pescado bastantes, decidieron volver a casa a hacer pastelitos de miel. Tenían el cubo lleno de pececillos, y el osito los devolvió enseguida al agua. Y en ese momento pescó un último pez. Y no era un pez cualquiera: ¡era un pez dorado!
—Soy un pez dorado. Si me sueltas como a los otros pececillos y sigues siendo un osito tan bueno como eres, te concederé un deseo —le dijo el pez dorado. La ardilla intentó darle ideas al osito, pero ningún deseo era lo bastante bueno. Así que el osito se puso a pensar muy en serio en su deseo, ¡y de pronto se le ocurrió!
—¡Ya lo tengo! —dijo contento—. Me gustaría que los animalitos del bosque no me tuvieran miedo, que fueran mis amigos.
—Tu deseo se cumplirá —le dijo el pez.
Luego, el osito soltó al pez en el estanque y, junto con Canela, se fue a su casita a hacer pastelitos de miel, como habían quedado.
¿Y se le cumplió al osito Erik su deseo? ¿Cómo les salieron a Canela y a Erik los pastelitos de miel? Eso, queridos niños, lo sabréis en otro cuento.
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