
Cuentos para dormir
El perrito que se fue a recorrer el mundo
Había una vez una familia muy alegre, con dos niños, que adoptó un perrito. Le pusieron de nombre Charlie. Los niños cuidaban del perrito con mucho cariño y lo adoraban, pero el perrito no lo veía del todo así. Desde que había llegado tenía que obedecer órdenes todo el rato. «¡Sentado! ¡Túmbate! ¡Dame la pata!», le gritaban los niños sin parar, hasta dejarlo sordo.
Y lo que el perrito no entendía de ninguna manera era por qué, después de cada paseo, le gritaban «¡Charlie, a casa!». Significara lo que significara, no le hacía ninguna gracia. Además, Charlie tenía que llevar un collar que le apretaba el cuello, y cuando no tenía que ir con correa, los niños no lo dejaban en paz ni un momento. Reconocedlo: ¡aquello era una vida de perros!
Así que un día el perrito decidió irse a recorrer el mundo en busca de una vida mejor. Pero nada más cruzar la puerta de casa empezaron los problemas. Por la calle de delante pasaban unas máquinas enormes, que la gente llama coches. Por suerte, el perrito consiguió librarse de las ruedas y corrió todo lo que le daban las patas, hasta llegar a un parque precioso lleno de verde.
Sin correa, el perrito por fin se sentía libre y empezó a correr como loco por el césped. Y como ya estaba de mejor humor, se puso a ladrar a los niños que pasaban, para que jugaran un ratito con él. Pero en lugar de eso, la gente empezó a gritarle y a echarlo de allí, así que al perrito no le quedó más remedio que poner pies en polvorosa. Corrió lo más rápido que pudo, pero no sabía adónde. Al final se paró en un rincón y se quedó jadeando con la lengua fuera. Entonces se acordó de su casa. Aquel sitio donde todos lo querían, donde nadie le gritaba y donde no corría ningún peligro. ¡Cuánto deseaba volver! Pero no sabía el camino. Así que el perrito, hambriento y agotado, se hizo una bolita en el rincón y esperó un milagro.
Cuando ya empezaba a anochecer, el perrito oyó de pronto una voz conocida. —¡Charlie! —lo llamaban los niños con lágrimas en los ojos, y el perrito corrió hacia ellos con las orejas gachas. Volvieron juntos a casa y, desde entonces, el perrito nunca más se escapó. Aquel día por fin entendió qué significaba aquel «¡Charlie, a casa!»: eran las palabras más bonitas del mundo.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos de perros Cuentos para preescolar




¿Qué te pareció el cuento?