
Cuentos para dormir
Cómo una gota de rocío enseñó a los gigantes de piedra a dejar el enfado
En un país vivían muchas criaturas mágicas, y entre ellas los más ruidosos eran los gigantes de piedra. Tenían el cuerpo de piedra, y cuando andaban se les oía desde muy lejos. Y quizá porque también tenían el corazón de piedra, estaban llenos de enfado. A menudo se peleaban y daban golpes a todo lo que tenían alrededor.
Uno de los gigantes era Retumbón, el más ruidoso de todos. Una mañana, sobre su nariz de piedra cayó una gotita de rocío del árbol que tenía encima. Eso, claro, lo enfureció, porque hasta ese momento dormía un profundo sueño de gigante. Retumbón se puso a tirar piedras por todas partes, también a los demás gigantes, que, claro, también se enfadaron, y se armó una pelea de gigantes.
Mientras tanto, aquella gotita de rocío tan discreta resbaló de la nariz del gigante a su barbilla y no se paró hasta llegar a su enorme barriga. Allí se convirtió en una delicada hada mágica del agua llamada Rocío, que no salía de su asombro. Porque de donde ella venía, esos modales no se llevaban nada. Al contrario, en su mundo del rocío de la mañana todo era suave, silencioso y amable. Las gotas de rocío bailaban sobre los pétalos de las flores, sobre las hojas de los árboles, sobre las puntitas de la hierba verde. Era un baile precioso y delicado que solo sabía bailar el rocío de la mañana. Y como Rocío era una gota de rocío muy cabezota, decidió quitarles el enfado a aquellos gigantes con el baile.
A Rocío no le faltaba valor. Fue directa a hablar con Retumbón, que era el más temible de todos los gigantes de piedra. Pero con tanto alboroto en el país de los gigantes, él ni la oía. Así que tuvo que subir hasta su oreja. Allí empezó a susurrarle que, en lugar de enfadarse, podía probar a respirar hondo. Y que en lugar de dar golpes a los demás gigantes o a las cosas, podía probar a bailar. —¿¡Bailar!? —exclamó divertido el gigante de piedra—. ¿No ves lo pesados que somos? Tenemos el cuerpo de piedra, ¿cómo íbamos a aprender a bailar con la ligereza que tienes tú? —Rocío le contestó que, cuando un gigante quiere algo de verdad, puede conseguirlo todo. Igual que cuando una gota de rocío quiere algo, lo consigue. Y que por eso no había nada que temer. Como a Retumbón aquel baile ligero de la gota de rocío le gustaba de verdad, convocó a todos los gigantes para el día siguiente, para intentar aprender por lo menos los pasos más sencillos.
Para qué nos vamos a engañar: con los gigantes de piedra la cosa fue muy difícil. Eran pesados y torpes, cada dos por tres chocaban unos con otros y enseguida empezaban las discusiones y las peleas. Pero a medida que los gigantes aprendían algo nuevo, poco a poco había menos enfado y menos rabia. ¡Es que no les quedaba tiempo para pelearse! La luna nueva se convirtió en luna llena, y la luna llena otra vez en luna nueva, y el país de los gigantes de piedra, niños, ya no lo habríais reconocido. Seguían oyéndose golpes, pero ya no eran golpes de rabia, sino golpes que sonaban al ritmo de la música. Igual que cuando los gigantes de piedra bailan un vals. Rocío invitó al país de los gigantes a otras gotitas amigas suyas, y así los gigantes bailaban entre gotas de rocío y, de pronto, se sentían tan ligeros como si ya no fueran de piedra.
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