
Cuentos para dormir
El rey Cipriano y la muchacha misteriosa
Queridos niños, seguro que os acordáis del honrado rey Cipriano, famoso en toda la comarca por su amabilidad y su bondad. El joven rey gobernaba su reino con justicia y siempre cuidaba de su pueblo con cariño y humildad.
Soñaba con conocer a alguien que lo quisiera por su buen corazón y no por sus riquezas. Alguien que cuidara de su reino con cariño, como una buena reina. Y no lo tenía nada fácil. Todas las muchachas que conocía solo querían riquezas. Pero un día el rey salió a dar un paseo a caballo por el bosque cercano y se encontró con una cervatilla herida. Quiso ayudarla, pero uno de sus caballeros le disparó. A lo mejor pensó que el rey estaba en peligro, aunque no era verdad. El rey Cipriano, muy triste por lo que había pasado, cayó de rodillas y le pidió perdón a la cervatilla. Y su lágrima de pena la curó como por milagro. ¡Y eso no fue todo! La cervatilla se levantó de un salto, se fue corriendo a lo más espeso del bosque y volvió con una muchacha joven y hermosa.
—¡Me llamo Ana y vivo en este bosque con los animalitos! —dijo la muchacha con una voz encantadora. El rey se acercó un poco más. Se había quedado maravillado con su belleza: su precioso pelo rubio hasta la cintura y sus ojos azules, como el lago más limpio, hicieron que a Cipriano le diera un vuelco el corazón.
—Yo soy Cipriano —dijo el rey.
—Ya sé quién eres. Te llevo un tiempo observando gracias a mis fieles amigos, los animalitos —dijo la muchacha, y sonrió—. ¡He venido a darte las gracias por salvar a mi amiga la cervatilla! —añadió Ana muy contenta.
—¡Lo he hecho con mucho gusto! —contestó el rey Cipriano, algo tímido.
Entonces el rey le preguntó a Ana si quería dar un paseo a caballo con él. La muchacha rubia dijo que sí y, con ayuda de los caballeros del rey, subió al caballo. Cipriano y Ana estuvieron paseando a caballo durante horas. Les acompañaban los caballeros, un poco más atrás, y también los demás animalitos alegres. Cipriano y Ana no paraban de hablar. Era como si se conocieran de toda la vida. Recorrieron el bosque y el prado hasta llegar ante la puerta de su reino. Cipriano bajó del caballo y ayudó a bajar a Ana. Ella le devolvió una sonrisa preciosa.
—¡Gracias por este paseo tan bonito! ¡Tienes el corazón más limpio del mundo! ¡Ayudas a todos, a las personas y a los animalitos! —le dijo Ana.
¡Y no os vais a creer lo que pasó después! Ana y Cipriano se enamoraron. Pasaban juntos cada ratito libre, ya fuera paseando por los jardines reales, por las calles del reino o por el bosque. Más adelante se celebró una gran boda llena de alegría y amor, a la que el rey invitó a todo su pueblo, ¡y no solo a la gente! También invitó a los animalitos. Al fin y al cabo, ellos habían ayudado al rey Cipriano a encontrar su verdadero amor.
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