
Cuentos para dormir
El príncipe rana
Había una vez un rey que tenía tres hijas. Las dos mayores se habían casado hacía mucho tiempo, pero la tercera, la más pequeña, seguía viviendo en el castillo. Le gustaba ir a jugar al jardín real con su bola de cristal. Era su juguete favorito. La lanzaba al aire y la volvía a atrapar con las manos, mientras canturreaba y bailaba. Pero un día, después de lanzarla, la bola no volvió a sus manos. En lugar de eso, cayó directamente al pozo.
La princesa se asoma, pero el pozo es tan hondo que no se ve el fondo. Y la princesa se echó a llorar.
—¿Por qué lloras, princesa?
La princesa miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo a una rana gorda sentada en la hierba.
—¿Eras tú quien hablaba, ranita?
—Sí. He sido yo. Una niña tan bonita debería sonreír, y no estar aquí derramando lágrimas.
—Es que he perdido mi bola. Se me cayó al pozo y ya nadie podrá sacarla de ahí —volvió a llorar la princesa.
—Yo te la traeré. Pero tienes que prometerme que me dejarás comer contigo a la mesa, comer de tu platito y dormir contigo en tu cama.
—Sí, te lo prometo. Pero tráeme ya esa bola.
La rana saltó al pozo y en un momento le devolvió a la princesa su bola. La princesa la agarró y corrió de vuelta a casa sin mirar atrás.
—¡Espera! —le gritaba la rana—. ¡Me has hecho una promesa!
Pero la princesa ya no la oía.
Durante la cena, alguien llamó a la puerta con fuerza.
—¿Quién será? —preguntó el rey, su padre.
La princesa fue a ver. Al otro lado de la puerta estaba sentada la rana. La princesa cerró de un portazo y, muy preocupada, volvió a sentarse a la mesa.
—¿Qué te pasa, princesita mía? ¿No habrá un monstruo detrás de esa puerta?
—No, padre mío —dijo la princesa, y comprendió que tenía que contar la verdad—. Hoy estaba jugando en el jardín y se me cayó la bola al pozo. Le prometí a una rana que, si me la traía, la sentaría a mi mesa, la dejaría comer de mi platito y dormir en mi cama.
—Eres una princesa, y lo que se promete se cumple —dijo el rey con sabiduría, y le ordenó a la princesa que abriera la puerta a la rana.
La rana fue saltando hasta la silla.
—Súbeme a la silla, por favor.
La princesa arrugó la nariz. ¿Tocar a una rana fea y fría? ¡Qué asco! Con cuidado tomó a la rana, cerró los ojos y la sentó en la silla. Nada más sentarse, la rana ya quería subir a la mesa.
—Acércame tu plato —le pidió la rana. La princesa obedeció. A la rana le encantó la comida; la princesa, en cambio, solo miraba con la naricita arrugada. Se le habían quitado las ganas de comer.
—Tengo sueño. Llévame a la camita —dijo la rana al rato.
Y así, aunque no le hacía ninguna gracia, la princesa llevó a la rana a su camita.
—Y ahora, un besito de buenas noches —croó la rana.
—¿Cómo? —se asustó la princesa. ¿Lo diría en serio? Pero la rana la miraba con unos ojos saltones tan tristes que la muchacha hizo de tripas corazón. Frunció los labios, cerró los ojos y le dio un beso a la rana.
Cuando la princesa abrió los ojos, en la cama, delante de ella, estaba sentado un apuesto joven.
—Gracias por liberarme —dijo el apuesto joven—. Llevo muchos años esperando a mi elegida. Hace tiempo, una bruja malvada me hechizó. Por fin he encontrado a la que está destinada para mí. Si me quieres, me casaré contigo y te llevaré a mi reino. Porque soy el príncipe Enrique.
La princesa se enamoró de Enrique a primera vista, así que pronto se celebró una gran boda. El príncipe se llevó a la princesa a su reino, donde vivieron felices para siempre.
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