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Fantasmas Dentudos: Excursión en busca del caballero blanco – cuento para niños

Fantasmas dentudos · episodio 10 de 10

Fantasmas Dentudos: Excursión en busca del caballero blanco

Dita T.19 de mayo de 20267 min de lecturapara preescolar

Los Fantasmas Dentudos decidieron que en las vacaciones irían de excursión a Olite, en Navarra, donde hay un castillo antiguo que con los años se convirtió en un palacio de reyes. Allí vive su tío, que se encarga de dar los sustos del lugar.

Todo el viaje en coche fue muy alegre. Los niños no paraban de cantar canciones de fantasmas. La que más les gustaba era una cancioncilla que se puede cantar una y otra vez, sin fin. Decía así:

Un fantasma asustaba,

le encantaban las abuelitas,

una abuela lo atrapó

y lo metió en una botellita.

Lloraron todas las almas,

un cartel escribieron,

lo pegaron en la botella

y en voz alta leyeron:

Un fantasma asustaba…

No es de extrañar que, al cabo de una hora, papá y mamá ya estuvieran hartos y desearan llegar cuanto antes. Solo faltaban cinco minutos de camino cuando, de repente, el coche empezó a hipar de una forma muy rara. Dio un par de saltitos, se paró y se quedó en silencio.

—Me parece que se nos ha roto el coche. Habrá que remolcarlo —dijo papá, y con las últimas fuerzas del motor llegó hasta un túnel de lavado que había allí cerca.

—¿Y no se puede arreglar con algún hechizo? —preguntó Cuquito.

—Para esto no hay hechizo que valga. Nos hacen falta herramientas para arreglarlo —respondió papá mientras miraba debajo del capó.

—Estamos a cuatro minutos del castillo —dijo mamá—. Cuquito, Dientecita, id a buscar al tío. Tiene un caballo y nos ayudará a llevar el coche hasta allí. En su casa ya lo arreglaremos. Pero daos prisa, que empieza a oscurecer.

—Sí, mamá —contestaron los niños a dos voces, y se pusieron en camino.

Dientecita y Cuquito iban a buen paso. En un momento llegaron a la puerta del castillo y se colaron en el patio.

—¿Pero qué hace ese? —se quedó Cuquito de piedra nada más entrar.

Por el patio corría un caballero con armadura blanca que gritaba muy fuerte: —¡Pitas, pitas, pitas!

—Estará llamando a las gallinas —adivinó Dientecita.

—Las gallinas hace rato que duermen, si ya es casi de noche —frunció el ceño Cuquito, y se acercó sin miedo al caballero.

—¡Hola, tío! ¿Qué estás ensayando?

—¡Anda, hola, Cuquito! ¿Ya habéis llegado? —se oyó desde dentro del yelmo.

—Bueno, casi. A papá y mamá se les ha roto el coche aquí cerca y necesitan tu ayuda. Dicen que tienes un caballo que podría tirar del coche.

—Tenerlo, lo tengo, pero hace un rato se me ha escapado —explicó el tío caballero—. Ahora intento que vuelva. Cuando se pone salvaje, no hay quien sepa lo que va a hacer.

—Ah, y nosotros que creíamos que llamabas a las gallinas —dijo Dientecita.

—Qué va, al caballo. ¡Pitas, pitas, caballo!

—Así no vas a llamar a nadie. Así se llama a las gallinas, no a los caballos —dijo Cuquito, muy listo—. Hay que hacerlo así: ¡Caballo, mis, mis, mis!

—Madre mía, vaya par estáis hechos —dijo Dientecita, y se tapó los ojos con la mano.

—Espero que tu caballo no sea negro, porque a oscuras no lo veríamos —siguió razonando Cuquito.

—Qué va, a mi caballo no lo pasaréis por alto ni en plena noche. Es un caballo de fuego. Tiene la crin y la cola de fuego, y cuando se enciende de verdad, a su alrededor saltan llamitas por todas partes —explicó el caballero blanco.

—¿Y con qué lo podríamos atraer? —pensó Dientecita en voz alta—. ¿Come terrones de azúcar? ¿O más bien pastillas de encender la barbacoa?

De pronto se oyó un frenazo muy fuerte en la carretera. Los tres salieron corriendo del patio hacia el cruce. Pero allí se quedaron helados: el caballo corría entre los coches y saltaba de techo en techo. Los coches frenaban y tocaban el claxon, pero el caballo seguía brincando por encima de ellos, y se notaba que se lo estaba pasando en grande.

—¿Cómo piensas domar esto, tío? Este caballo tiene la cabeza muy caliente —dijo Dientecita con la voz temblorosa.

—Habrá que enfriarlo un poco. Mirad, he traído un cubo de agua. Yo lo atraigo y, en cuanto se quede quieto, se lo echáis encima. ¿Vale?

—Vale.

El caballero blanco se plantó en medio de la carretera, tendió hacia el caballo la mano con el guante y lo llamó por su nombre. El caballo se quedó atento un momento, bajó de un salto del coche y, con las orejas pegadas hacia atrás, se quedó mirando fijamente a su amo.

—¡Ahora! —gritó el caballero.

Dientecita y Cuquito tomaron impulso y lanzaron el agua del cubo con todas sus fuerzas. Pero el caballo era muy ágil. Dio un salto a un lado y toda la ducha le cayó encima al caballero.

—Perdona, tío. Espero que tu armadura sea inoxidable —dijo Cuquito.

—¡Tengo una idea! —gritó Dientecita, le dio al caballo una palmada en el trasero y echó a correr.

—¡Ay, cómo quema! —gritó todavía, pero no se paró. Detrás de ella iba un caballo de fuego muy enfadado, que había decidido darle su merecido por aquella palmada.

Dientecita corrió hasta el túnel de lavado. Cruzó por donde se lavan los coches y apretó el botón de lavar. El caballo, que iba tras ella sin mirar ni a izquierda ni a derecha, se metió de lleno en el chorro de agua que salía de los cepillos.

Cuando el caballo salió del túnel de lavado, solo le quedaban encima unas llamitas diminutas. Ya no tenía las orejas pegadas a la cabeza, sino que miraba a Dientecita con cariño. Se acercó a ella y se dejó acariciar con cuidado. Ya no quemaba.

El caballero y Cuquito llegaron corriendo detrás de ellos.

—Buen trabajo, Dientecita. En casa te curaré la mano —dijo el caballero.

—¿Y cómo puedes montarlo con esa armadura? Luego estarás ardiendo como una olla en el fogón, ¿no?

Todos se echaron a reír. Luego engancharon el caballo al coche y lo llevaron hasta el patio del castillo. El caballero les ayudó a arreglar el coche.

—Vaya carroza más averiada tenéis —dijo al final.

—Pues tu caballo tampoco es que venga sin averías —sonrió con picardía Dientecita.

Después les esperaba un banquete enorme al estilo de los caballeros. Al día siguiente verían el castillo por dentro y luego, ¡hala, a casa! Ojalá esta vez su carroza averiada llegara hasta el final. Pero una cosa estaba clara: Cuquito y Dientecita no olvidarían nunca aquella excursión.

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