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El collar perdido de la princesa – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El collar perdido de la princesa

Dita T.20 de mayo de 20267 min de lecturapara preescolar

Érase una vez una princesa que se llamaba Lucía y a la que le encantaba ponerse guapa para gustar a todo el mundo. Tenía vestidos preciosos, pendientes preciosos, una coronita preciosa, pero lo más bonito de todo era su collar de cuentas de colores, que llevaba siempre al cuello. 

Una mañana, Lucía estaba jugando en el jardín y se le rompió el hilo del collar. No se dio cuenta hasta la hora de comer, y se echó a llorar. Era su collar favorito, el que le había comprado hacía tiempo su mamá, la reina. 

El rey mandó enseguida a los criados a buscar las cuentas y traerlas. Pero ninguno encontró ni una sola. Y al poco rato, los criados hasta salieron huyendo del jardín.

—¿Cómo es que no estáis buscando las cuentas? —se enfadó el rey con los criados.

—Nos encantaría, alteza, pero ha aparecido allí un topo y nos ha echado —dijeron los criados.

—¿Cómo os va a echar un topo pequeñito? 

—Pues no es tan pequeño. Y es malo. Nos tiraba tierra. Y dice que, si seguimos molestándolo y pisando fuerte encima de su cabeza, nos va a morder.

El rey mandó al jardinero para que echara al topo y encontrara las cuentas. Pero el jardinero también volvió muy pronto.

—Majestad, he visto una cuenta azul. El topo se la llevaba a su topera. Cuando quise pararlo, enseñó los dientes y me partió el rastrillo de un mordisco —lloriqueaba el jardinero, asustadísimo, enseñando el rastrillo partido en dos.

—¡Pues sí que estamos buenos! —gruñía el rey—. ¿Desde cuándo saben los topos partir rastrillos a mordiscos?

—Será mágico, majestad.

El rey negaba con la cabeza y se frotaba la barbilla pensativo, que por poco se arranca la barba. Entonces tuvo una idea.

—Haced saber que buscamos a alguien que nos libre de ese topo. Tiene que ser fuerte, listo y tener muy buena vista, para encontrar todas las cuentas.

La noticia del rey llegó a todos los rincones del reino. Muy poco después llegaron nada menos que tres muchachos, que presumían de tener una vista buenísima y unas ganas todavía mayores de vencer al topo.

—Estupendo, nada menos que tres mozos apuestos —se alegró el rey—. Pues hala, al jardín: rodead al topo y lanzaos sobre él.

—Ni hablar —empezaron a negar con la cabeza los muchachos, y cada uno, quitándose la palabra unos a otros, solo repetía—: Yo no pienso compartir la victoria con nadie.

—Pues entonces iréis de uno en uno. Por ejemplo, tú —señaló el rey—. Irás el primero. ¿Cómo te llamas?

El muchacho le dio un mordisco a una zanahoria y dijo: —Soy el caballero Vistaguda, de la isla de Zanahoriagascar. Atraeré a ese topo vuestro con una zanahoria, luego lo rodearé y lo hundiré en su topera con tanta fuerza que saldrá por el otro lado de la Tierra.

El caballero se fue al jardín, pero como tardaba mucho en volver, mandaron a los criados a buscarlo. Lo encontraron enterrado en la topera hasta el cuello, que solo le asomaba la cabeza, y con una zanahoria saliéndole de la nariz. Así lo había dejado el topo.

—Pues ahora tú —dijo el rey, señalando al segundo muchacho, que llevaba unos cristalitos en la mano.

—Soy Jaime, señor de un país al otro lado del mar, donde fabricamos estos cristalitos mágicos de aumento. Son magia de verdad. Con ellos veré en el suelo cada cuentecita como si fuera un balón enorme. Mirad, majestad.

—Muy bonitos —dijo el rey después de mirar los cristalitos—. Aquí a eso lo llamamos gafas. Pues mucha suerte, Jaime.

Jaime tardaba mucho en volver, así que el rey mandó a los criados a ver qué pasaba. Los criados encontraron a Jaime enterrado en la topera, que solo le asomaba la cabeza, y con los cristalitos metidos en la boca. ¡Menuda la que le había hecho el topo!

—Y ahora tú, muchacho. Dime cómo te llamas —le dijo el rey al último, que no paraba de sonreír con cara de bobo.

—Yo soy Pacífico. Y todo lo arreglo en paz y por las buenas. A ese topo basta con darle un abrazo y enseñarle nuestro cariño.

Con esas palabras, Pacífico se fue al jardín. Como no volvió ni a la hora de cenar, el rey mandó a los criados a sacarlo de la topera. Pero ¡qué sorpresa se llevaron los criados al ver la topera vacía! Pacífico estaba enterrado un poco más allá, en el estiércol, y encima con la nariz hinchada, porque el topo le había dado un mordisco. Estaba claro que al topo no le había gustado nada aquel abrazo tan cariñoso.

El rey estaba desesperado, pero no tanto como la princesa. Se fue al jardín muy triste, se sentó y empezó a cantar con pena:

—Cuentitas, mis cuentas de colores,

se fueron rodando entre las flores.

A quien me ayude a encontrarlas,

con él me caso, ¡palabra!

De repente, a sus pies apareció un puñado de las cuentas perdidas. Y seguían llegando más, porque el topo las iba trayendo una a una desde el jardín. La princesa las recogió, las ensartó en un hilo y se las puso al cuello.

—Lo que he prometido, lo cumpliré, querido topo —dijo la princesa, y al día siguiente mandó anunciar que se celebraría una gran boda.

—¡No te puedes casar con un topo! —se enfadó el rey.

—Me ha traído las cuentas. Y además he dado mi palabra. Y la palabra se cumple —insistió la princesa.

Aquel día tan importante, la princesa, con un vestido precioso, estaba en el altar con su futuro marido en las manos: el topo. En cuanto le dio un beso en el hocico, una niebla brillante envolvió al topo y, en su lugar, apareció un príncipe joven y apuesto.

—Gracias, Lucía, por librarme de este hechizo tan malo. Soy el príncipe Carlos. Me hechizó un hada malvada. Solo un beso de amor verdadero podía liberarme.

¡Qué alegría! Lucía estaba feliz de tener un marido tan guapo y, sobre todo, tan bueno. Juntos se convirtieron en rey y reina. Pero desde entonces nadie llamó al rey Carlos de otra manera que el Rey Topo. A él no le importaba: era un rey sabio y bueno, y con Lucía vivieron felices para siempre.

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