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La leyenda de los caballeros dormidos de los Tatras – cuento para dormir

Cuentos para dormir

La leyenda de los caballeros dormidos de los Tatras

Sofía P.1 de noviembre de 20265 min de lectura

Los Tatras son unas montañas preciosas y majestuosas, entre Polonia y Eslovaquia. Son tan bonitas que cada año vienen a verlas muchísimos turistas. Y quien ha estado allí una vez siempre quiere volver.

También es una tierra llena de leyendas extraordinarias. Seguro que ya habéis oído muchas. La que más se cuenta, claro, es la del valiente bandolero de los Tatras, Janosik, y sus compañeros, pero hoy no vamos a hablar de él.

¿Habéis oído alguna vez hablar de los caballeros dormidos? ¿No? Pues ahora mismo os lo cuento todo.

En un pueblecito al pie de los Tatras vivía un joven pastorcillo llamado Jasio. No era especialmente listo y tampoco tenía muchos talentos. Era, sencillamente, un pastorcillo de pueblo normal y corriente, que se pasaba el día cuidando ovejitas allá arriba, en los prados de la montaña.

Lo que más le gustaba a nuestro pastorcillo era recorrer los senderos de los Tatras: admiraba su belleza y descubría lugares nuevos e interesantes. Todo el mundo por allí sabía lo mucho que Jasio quería a las montañas. Y cuando un viejo campesino de la montaña oyó hablar de él, pensó que precisamente a él le confiaría su secreto.

En cuanto el viejo se encontró con el pastorcillo, le dijo:

—Allá arriba, en algún sitio bajo el Giewont, hay una cueva, y en ella, un tesoro.

—¿Quién lo dejó allí?

—Eso no lo sé. Quizá unos bandoleros, quizá otra persona. Si quieres tanto a las montañas como dicen, ve a buscarlo. A lo mejor tienes suerte. —Así le habló el viejo a Jasio, y él, en cuanto lo oyó, salió corriendo hacia el Giewont a buscar la cueva del tesoro.

Buscó mucho, muchísimo tiempo. Dio la vuelta a toda la montaña por todos lados. Se asomó a cada cueva, hasta al agujero más pequeño del suelo.

Ya estaba a punto de rendirse cuando, de pronto, oyó relinchar caballos. Le extrañó muchísimo, porque los caballos no saben andar por las montañas y el camino más cercano quedaba muy lejos. Siguió adelante para encontrar el sitio de donde venía el ruido. Al final descubrió una cueva con una entrada estrecha, bien escondida entre las rocas.

Jasio entró con valentía. Bajó más y más hondo, y los relinchos se oían cada vez más fuertes. Al final se encontró en una enorme sala bajo tierra.

Allí había unos caballos preciosos y, a su lado, dormía un caballero con la armadura puesta. Al oír los pasos de Jasio, se despertó de golpe y solo preguntó:

—¿Ya es la hora?

Jasio, claro, se llevó un susto tremendo. ¿Y quién no se habría asustado en su lugar? ¿Os lo imagináis? Jasio, muerto de miedo, solo pudo contestar:

—No, todavía no es la hora.

—Me alegro —contestó el caballero—, porque tengo muchísimo sueño. Allí al fondo, en lo más hondo de la cueva, duermen mis compañeros. Si todavía no es la hora, por favor, no los despiertes.

Cuando Jasio comprendió que el caballero no le haría daño, se animó un poco y ya iba a preguntarle de qué hora hablaba, cuando el caballero volvió a hablar.

—Cuando nuestra tierra esté en peligro —dijo—, nos despertaremos y acudiremos a ayudarla. Pero todavía no es la hora. —Y con estas palabras, el caballero se dio la vuelta y se quedó profundamente dormido.

Jasio pensó que allí ya no tenía nada que hacer y que debía buscar la salida. «Les contaré a todos lo que he encontrado y volveremos aquí juntos», se dijo. Al rato ya iba subiendo, y a los pocos minutos vio la luz del sol. En cuanto salió de la cueva, corrió al pueblo y les contó a todos lo que le había pasado.

La gente de la montaña le creyó, claro: en las montañas pasan todo tipo de maravillas, así que ¿por qué no iban a dormir unos caballeros en lo más hondo bajo la tierra? Hasta se fueron con el pastorcillo a buscar la cueva para ver con sus propios ojos lo que él había visto. Pero Jasio ya no fue capaz de encontrarla, aunque creía que se acordaba muy bien de dónde estaba.

«¿Y qué nos enseña esta historia?», preguntaréis. Pues que pase lo que pase, y por muy mal que vayan las cosas, siempre hay alguien en algún lugar que vendrá a ayudarnos en los tiempos difíciles. Hasta que llegue ese momento, puede que no lo encontremos. Pero es bueno creer que la entrada a la cueva misteriosa sigue estando por ahí. Y que se puede llegar hasta ella cuando haga falta.

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