
Cuentos para dormir
La mariquita Beti se va de viaje por el río
Al pie del bosque había un prado muy grande donde florecía un manzano viejo. Y justo en ese manzano viejo vivía la mariquita Beti. Tenía la espalda roja, llena de puntitos negros.
Era pequeñita, sí, pero muy mañosa. ¡Hasta su casita debajo del manzano la había construido ella solita! Nadie la había ayudado.
En su casita diminuta, la mariquita tenía unas ventanas preciosas con cortinas rosas hechas de pétalos de rosa. Las cortinas rodeaban una puertecita de madera. La camita la había hecho con una hoja de arce, y la mesita, con un diente de león amarillo pequeñito. Su balcón también parecía de cuento: lleno de colores y de flores. Todos se lo envidiaban. Beti estaba orgullosa de haberlo hecho ella sola.
Una tarde, cuando el sol se escondía y la luna salía en el cielo lleno de estrellas, Beti estaba sentada en una rama del manzano soñando con su gran sueño. Solo le hacía compañía su amiga, la luciérnaga Lucita. Beti miraba las estrellas y soñaba que algún día navegaría por el río y conocería otro mundo, uno desconocido, distinto del suyo en el viejo manzano. Soñaba con hacer nuevos amigos entre los bichitos o descubrir otras maravillas de la naturaleza, otras flores de colores o árboles que nunca había visto.
Entonces se sentó a su lado una libélula y la sacó de sus pensamientos. ¡Qué bonita era! La libélula tenía unas alas como el arcoíris, de todos los colores, como cuando después de la lluvia vuelve a salir el sol y a lo lejos se ve un arcoíris mágico. Se llamaba Lea. —¿Con qué sueñas? —le preguntó la libélula Lea. —Sueño con navegar y ver un mundo distinto de este, con descubrir otros secretos de la naturaleza —le contestó bajito la mariquita Beti.
Y es que la mariquita no sabía cómo era un barco, ni cómo ni con qué construirlo para que no se hundiera. Lo había intentado muchas veces. Su amiga la luciérnaga también la ayudaba, pero nunca lo conseguían. Beti tenía alitas, sí, pero eran muy pequeñitas y no aguantaría volando por encima del río. La libélula sabía más, sabía qué había que hacer, porque vivía en el río, sobre un nenúfar. Un nenúfar es una hoja verde preciosa con una flor blanca, que flota en el agua, ya sea en un río que corre o en un estanque tranquilo. Muchas veces allí os podéis encontrar también con una ranita muy inquieta.
—Si quieres, yo te ayudo encantada. Podemos construir juntas un barquito. ¡Yo sé cómo es, y no se hundirá! —exclamó Lea, muy contenta. Beti y también la luciérnaga Lucita se pusieron contentísimas.
Así que la libélula y la mariquita quedaron en ponerse a trabajar por la mañana. La mariquita Beti metió en su mochilita todo lo que hacía falta y, a primera hora, Beti y Lucita fueron a buscar a su nueva amiga, la libélula Lea. Beti volaba todo lo rápido que podía detrás de Lea para empezar a construir. Trabajaron y trabajaron sin parar. Las hojitas, los trocitos de nenúfar y las astillitas de madera volaban por todas partes.
¡Y no os lo vais a creer! ¡Lo consiguieron! Entre todas construyeron un barco precioso con una hoja enorme y unas ramitas secas. —¡Listo! —dijo la libélula Lea. Beti subió a bordo, le dio las gracias a su nueva amiga por ayudarla y se puso en camino hacia lo desconocido. Empezó un largo viaje por el río en busca de nuevas aventuras, y la pequeña luciérnaga Lucita le iluminaba el camino.
¿Tenéis curiosidad por saber qué aventuras vivió la mariquita Beti en su viaje? ¿Descubrió un mundo nuevo y desconocido? Eso lo sabremos en la próxima parte del cuento de la mariquita Beti.
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