
Cuentos para dormir
La oruga Pizquita y el hada Malvina
En un campo enorme, cerca del bosque, vivía una oruga verde a la que todos llamaban Pizquita. Allí era muy feliz, porque tenía un campo entero de coles y cada día se daba un buen festín. Con ella vivían también sus amigos y su familia.
Un día, justo cuando estaba mordisqueando una hoja de col muy jugosa, oyó como si alguien lloriqueara muy cerquita. Se puso a escuchar, empezó a buscar quién podía ser y se llevó un susto tremendo. Dentro de una col vio a una criaturita diminuta, tan pequeña como la propia Pizquita. Pero no se parecían en nada. Pizquita tenía el cuerpo largo y verde, con un montón de patitas cortas, y en cambio la criaturita de la col parecía más bien una persona, pero en la espalda tenía unas alas transparentes que brillaban como las gotas de rocío en la hierba con el primer sol de la mañana.
—¿Por qué lloras? ¿Y quién eres tú? —preguntó Pizquita con curiosidad. —Me llamo Malvina, soy un hada, y esta noche he dormido en el centro de esta col. Me he asustado muchísimo cuando le has dado un mordisco con tantas ganas —dijo el hada Malvina muy triste, mientras se secaba las lagrimitas saladas.
Pero la oruga Pizquita no entendía por qué Malvina había dormido dentro de una col y no en su camita, en casa. Cuando se lo preguntó, Malvina se echó a llorar otra vez. —Con la gran tormenta y el vendaval de anoche me quedé sin casita, y no consigo encontrar otra —se lamentó. Pizquita no se lo pensó y se ofreció a ayudar a Malvina a buscar una casa nueva.
Lo primero que vieron fueron unos rosales preciosos, llenos de flores, pero antes de que Malvina llegara a meterse entre los pétalos, se habría pinchado con todas las espinas. Así que siguieron buscando.
Llegaron al bosque, a un tocón viejo que además era bastante grande. Pero en cuanto el hada Malvina se metió dentro, vio que allí había demasiada humedad y hacía frío. ¡Se iba a resfriar enseguida!
Cerca del tocón, a Pizquita le llamó la atención una gran alfombra de musgo. ¡Y qué blandita era! Pero a Malvina la enamoró otra cosa un poco más allá. Era una concha de caracol, vacía, que estaba justo encima de la alfombra de musgo. —¡Bienvenida a mi nueva casa! —gritó de pura alegría.
Pizquita estaba felicísima de haber podido ayudar al hada Malvina, y también porque había encontrado una nueva amiga, con la que pasaba muchos ratos, y se iban a visitar la una a la otra.
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