
Cuentos para dormir
La tortuga marina Mía y el pescador
A la orilla de un mar reluciente vivía un pescador con su familia en una casita. Cada mañana se levantaba muy temprano y salía a alta mar a pescar. A veces volvía a casa con un montón de peces, otras veces los soltaba, y otras no pescaba nada de nada. Y siempre que volvía a casa al atardecer, se sentaba delante de la casa a coser su red de pescar: o arreglaba la vieja, o tejía una nueva.
El pescador ni se imaginaba que, cada vez que iba al muelle a pescar, una tortuguita llamada Mía lo miraba a escondidas desde la playa. Era una tortuga marina que vivía en el mar, pero era distinta a las demás tortugas. A Mía le encantaban las personas y era muy curiosa. Siempre las admiraba por lo hábiles que eran y por la cantidad de cosas que sabían hacer. Las veía bañarse, tomar el sol o jugar en la playa. Pero a quien más admiraba era al pescador. Casi siempre devolvía al mar los peces que pescaba, y solo alguna vez se los llevaba a casa. Pero lo que más le gustaba a Mía era verle tejer su red. Así que se dijo que ella también aprendería a tejer una red de pescar y se convertiría en una gran pescadora.
Cada vez se acercaba un poquito más al pescador, para ver cómo se hacía. —¡Ah! ¡Así que es así! —exclamó Mía muy contenta—. Primero zas por aquí, y luego otra vez zas por allá con esa cosa tan rara con la que teje el pescador —se repetía Mía una y otra vez para no olvidarlo. El pescador era muy mañoso y siempre tejía bien su red.
Y de repente, sin saber cómo, ¡bajó del cielo una gaviota blanca enorme y atrapó a la tortuga Mía con el pico! Mía gritaba con todas sus fuerzas: —¡Socorro, que alguien me ayude, por favooooor! —pedía ayuda la tortuguita. Tenía miedo de que nadie la oyera.
Del miedo empezó a mover sus patitas como loca y, de pronto, la gaviota la soltó. Bueno, a lo mejor se asustó, porque el caparazón de tortuga es durísimo y seguramente no había forma de sujetarlo bien.
Mía caía y caía, como una estrella del cielo o como las hojas de los árboles en otoño. «Se acabó, esto es el fin», pensaba la tortuguita, y se le llenaron los ojitos de lágrimas. Pero tuvo suerte. La tortuguita aterrizó suavecito, porque la recogió la red de pescar de aquel pescador al que tanto le gustaba mirar mientras tejía sus redes. Cuando el pescador vio lo que había «pescado», ayudó a la tortuga a salir de la red. Le acarició el caparazón verde y escamoso para que se tranquilizara, y mientras tanto le cantaba una canción: «Soy un pescador pequeñito…». Mía se tranquilizó; estaba feliz de que el pescador la hubiera salvado.
¡Y eso no es todo! Mía y el pescador se hicieron amigos. Mía iba a verle tejer sus redes y ya no tenía que esconderse. Desde aquel día, el pescador y la tortuga Mía fueron inseparables: no solo tejían juntos redes de pescar, sino que a menudo salían juntos al mar a pescar pececitos, o Mía se ponía a nadar y el pescador nadaba con ella. Muchas veces Mía se marchaba de expedición por el mar, pero el pescador siempre sabía que su amiga volvería a hacerle una visita. Es curioso cómo un animalito tan especial y una persona pueden hacerse amigos de verdad, pero no es imposible, y a lo mejor no pasa solo en los cuentos: quizá en algún lugar un pescador es de verdad amigo de la tortuga Mía. Todo depende de lo que creamos.
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