
Cuentos para dormir
La zorra Laura, que aprendió a volar
Desde pequeñita, la zorrita Laura soñaba con volar algún día. Todos le decían que era imposible: los zorros no vuelan y nunca volarán. Ni siquiera sus padres la apoyaban en su sueño. Aun así, cada día miraba con ganas a los pájaros que daban vueltas por encima de las copas de los árboles y se imaginaba que algún día volaría con ellos.
Cuando fue algo más mayor, mirar pájaros dejó de ser un simple juego y se convirtió más bien en una investigación. Observaba cómo movían las alas al volar, cuánta fuerza tenían que poner en cada aleteo y a qué velocidad. También se fijó en lo listos que eran los pájaros para aprovechar el viento. Por ejemplo, cuando volaban a favor del viento, les bastaba con planear.
Todo lo que había observado lo aprovechó para empezar a fabricarse sus propias alas. Usó ramas, una tela muy resistente que le tejieron las arañas con sus telarañas y también resina, con la que pegaba unas piezas con otras.
Laura sabía que no era el primer animal sin alas que quería subir al cielo. Si hasta las personas, que tampoco sabían volar, pasaban a cada rato muy por encima de su cabeza en unas enormes máquinas de metal con alas. Si ellas lo habían conseguido, ¿por qué no iba a conseguirlo Laura? Los zorros eran animales muy listos, así que seguro que ella también sería capaz de inventarse unas alas que funcionaran. Y así les daría una buena lección a todos los zorros que no habían creído en ella.
Laura trabajó en sus alas sin descanso durante meses. Los primeros modelos no salieron muy bien que digamos: más de una vez se dio un buen golpe en el hocico al intentar despegar. Unas veces se elevaba un poquito y enseguida volvía a caer; otras se chocaba contra un tronco o se quedaba enganchada en la copa de un árbol. Una vez hasta se cayó a un estanque. Aun así, no se rindió: poco a poco fue mejorando sus alas, haciéndolas más fuertes, y cada día estaba más cerca de cumplir su sueño.
Hasta que un día, por fin, sus alas quedaron perfectas. Se las puso, tomó carrerilla por el claro del bosque y… echó a volar. Esperaba caerse o chocarse, como hasta entonces, pero no pasó. Laura volaba muy alto por encima de los árboles, y todos los demás zorros la miraban desde abajo con la boca abierta. En ese momento Laura fue más feliz que nunca: a pesar de que nadie de los suyos había confiado en ella, había conseguido cumplir su sueño.
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