
Cuentos para dormir
Las flores de Lisa
Había una vez una niña que se llamaba Lisa. La mamá de Lisa tenía una floristería en la ciudad y por eso a menudo se llevaba a su hija al trabajo. A la niña siempre le habían gustado mucho las flores y le encantaba ayudar a su mamá en la tienda. En casa también tenían un jardín precioso lleno de flores de colores, pero sus flores favoritas eran las flores silvestres que crecían en el prado de las afueras de la ciudad.
—Una clienta se va a casar y ha venido a mi floristería porque quiere un ramito de flores silvestres preciosas. Pero ya no me queda ninguna. ¿Me ayudas hoy a recogerlas? —le preguntó mamá a Lisa un sábado por la mañana. Lisa dijo que sí sin pensárselo, agarró su cesta de mimbre, se puso su sombrero de paja y se fue con su mamá hacia el prado.
Cuando Lisa llegó al prado con su mamá, se quedó boquiabierta ante aquel mar de flores que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. De verdad, nunca había visto tantas juntas.
—Esto es un paraíso —le dijo mamá a su hija, y se pusieron a recoger flores. Olía como en ningún otro sitio. Había dientes de león de un amarillo brillante, salvia morada con abejitas alegres revoloteando alrededor, y también campanillas que se mecían contentas con el viento. Lisa sentía que había entrado en un mundo mágico de flores.
Lisa empezó a recoger flores con cuidado, pero procuraba no arrancarlas de raíz, para que pudieran volver a crecer. Así se lo había enseñado siempre su mamá. Mientras llenaba la cesta, se fijó en una mariposita que revoloteaba muy cerca. La mariposa tenía las alas azules como el cielo.
—Hola, mariposita —le dijo Lisa bajito a la mariposa, que se le posó en un dedo—. ¿Me enseñas las flores más bonitas del prado? —dijo la niña con una sonrisa.
Para su sorpresa, parecía que la mariposa de verdad le decía que sí con la cabeza; luego echó a volar y guio a Lisa hasta las flores más bonitas del prado. —¡No te alejes mucho! —le gritó a Lisa su mamá, que también estaba recogiendo flores. Lisa asintió y siguió a la mariposa. Y la mariposa la llevó de verdad hasta unas flores como nunca había visto. Encontró unas preciosas flores azules con unos pétalos brillantes muy especiales. La mariposita se posó orgullosa en una flor. La mariposa parecía igualita a la flor. Tenía las alas azules como los pétalos de aquella flor preciosa que Lisa no había visto nunca. Luego batió las alas y se fue volando.
—¡Gracias por ayudarme! —le gritó la niña mientras se alejaba, y recogió unas cuantas florecitas de un azul brillante para su cesta.
—¡Mira lo que he encontrado! —exclamó la niña muy contenta, enseñándole las flores azules a su mamá.
—Yo tampoco había visto nunca unas así. Son distintas a las demás y brillan de una forma especial —dijo mamá, mirando las flores—. Puedes ponerles nombre, son únicas. —La niña se quedó pensando: había encontrado unas flores que nadie había encontrado antes. —Se llamarán Mariposa —dijo la niña, y su mamá le sonrió. Luego volvieron a casa y plantaron algunas de aquellas flores azules y brillantes.
Después se fueron a la floristería. Allí hicieron un ramito lleno de flores silvestres de todo tipo. En el centro pusieron la flor azul brillante a la que Lisa había llamado Mariposa. Y la verdad es que quedaba preciosa.
La clienta de mamá quedó encantadísima con el ramo, y más de un invitado de la boda le tuvo envidia.
Desde aquel día, Lisa iba al prado todavía más a menudo. Esperaba volver a encontrarse con su amiga la mariposa y, quién sabe, descubrir juntas otras flores que todavía nadie en el mundo había encontrado.
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