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Las ranas y el abecedario – cuento para dormir

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Las ranas y el abecedario

En un estanque vivían papás rana y mamás rana con sus ranitas. Como querían que sus hijos fueran listos, los mandaban a la escuela de ranas. La escuela de ranas era un sitio en el agua del estanque donde crecían muchísimos nenúfares. Cada ranita se sentaba en una hoja de nenúfar y escuchaba a la señorita.

Aquel día, las ranitas estaban aprendiendo el abecedario. La señorita lo decía y los niños lo repetían.

—A, be, ce… —decía la señorita.

Todas las ranitas repetían bien lo que decía la señorita, pero de pronto se oyó un croar muy fuerte: —¡Croa, ble, ble…!

Era la ranita Cati, que croaba fatal, y encima a propósito. Y el ranito Milo se partía de risa.

—Pero bueno, niños, prestad atención y repetid bien —los regañó la señorita, y volvió a empezar.

—¡Croa, ble, ble, ble, uf, ej, ou! —croaba muy fuerte Milo. La ranita Cati, que estaba sentada a su lado, se rio tanto que se cayó de la hoja al agua.

—Os voy a poner un suspenso a los dos si no aprendéis a decir bien el abecedario —les advirtió la señorita—. Y ahora calmaos y prestad atención.

Pero aquellos dos no paraban de portarse mal y de croar sus tonterías.

—¡Croa, ble, ble, ble, uf, ej, ou, qué contentos estamos hoy! —cantaban Milo y Cati, saltando de nenúfar en nenúfar.

Justo entonces pasaba junto al estanque un perro muy grande, un san bernardo que se llamaba Botas. Iba a menudo a beber al estanque, después de morderle a su amo las botas de agua nuevas. Por eso lo llamaban así.

En cuanto la rana señorita vio al gran perro Botas, enseguida llamó a las ranitas: —¡Niños, rápido, al agua, que no se os beba!

Y en un momento, tan rápido que casi no os daría tiempo a parpadear dos veces, todas las ranas saltaron al estanque y se escondieron bajo el agua. Bueno, todas no. Dos ranitas no oyeron a la rana señorita. Seguro que adivináis cuáles eran. Pues sí, Milo y Cati. Con tanto gritar, croar y cantar, aquellos dos no oyeron nada de nada. Ni siquiera se dieron cuenta de que venía el perro. Y cuando por fin lo vieron, ya era demasiado tarde.

El san bernardo Botas abrió su bocaza enorme y empezó a beber agua a lengüetazos, como si llevara un mes sin beber. Y bebiendo, bebiendo, se tragó a Milo y a Cati. Luego se fue rodando hasta la sombra de un árbol y se acomodó para dormir.

Pero Milo y Cati le apretaban en la barriga y su croar no le dejaba descansar. Aunque no tanto como para que volviera a abrir la boca.

—Milo, ¿qué vamos a hacer? Croando no le vamos a abrir la boca —decía Cati, muy preocupada.

—Yo sé cómo abrirle la boca. Tenemos que enseñarle el abecedario. En cuanto diga «A», abrirá la boca y saltaremos fuera.

—¡Qué buena idea! Solo falta que nos acordemos de cómo es. Teníamos que haber escuchado más a la rana señorita.

—Si salimos de aquí, siempre prestaremos atención en la escuela —se prometieron Milo y Cati, y se pusieron manos a la obra.

«A, be, ce, de y e,
dos ranitas hay, ¿lo ves?,

efe, ge, hache, i,
croan, croan sin fin,

jota, ka, ele, eme, ene,
todo el día, ¿quién las detiene?,

eñe, o, pe, cu, erre, ese,
se las tragó un perro, ¡que le aproveche!,

te, u, uve y uve doble,
croan en su barriga, ¡pobre!,

equis, i griega y zeta,
croac de ida y croac de vuelta.

Y el abecedario entero
lo croan de memoria, ¡ea!».

Así de bien lo croaron las ranas, y luego Milo gritó muy fuerte:

—¡Ahora te toca a ti, perrito! ¡A ver si te sabes el abecedario!

El perro Botas se quedó pensando y empezó a hacer memoria. Hacía ya mucho tiempo que había ido a la escuela de perros, pero aun así se acordó de cómo empezaba el abecedario.

—Aaaaaaa —gruñó, y abrió la boca de par en par.

Ese era el momento que esperaban Milo y Cati. De un solo salto saltaron fuera de la boca del perro y, brinco a brinco por la hierba, volvieron a su estanque.

—Beeeee, de bernardo, jejeje —todavía oyeron gruñir a Botas antes de meterse bajo el agua.

Al día siguiente, la rana señorita casi no los reconoce. Los dos estaban sentaditos en silencio, escuchaban y repetían con cuidado, y muy bien, todas las letras del abecedario. Y cuando la señorita les pidió que dijeran el abecedario de memoria, Cati y Milo recitaron su poesía de la barriga del perro. Los dos sacaron un sobresaliente con estrellita y nunca más volvieron a portarse mal con la rana señorita.

¿Y Botas? Se quedó tumbado bajo el árbol hasta que se hizo de noche, intentando acordarse de la siguiente letra del abecedario. Y a lo mejor ni se habría acordado si no hubiera aparecido en el cielo una lunita como una hoz, que se parecía muchísimo a la letra C.

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