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Los músicos de Bremen – cuento infantil

Cuentos para dormir

Los músicos de Bremen

Margarita O.31 de julio de 20265 min de lecturapara preescolar

Por el mundo andan muchísimos músicos. Pero ¿alguna vez os habéis encontrado con músicos que tienen pelo o plumas, cola y hasta cuatro patas? ¿Que no habéis oído hablar de ellos? Pues hoy os voy a contar el cuento de unos músicos así, que se fueron de viaje a la ciudad de Bremen.

Hace mucho tiempo, había un hombre que tenía un burrito. Siempre que tenía que llevar sacos llenos de trigo al molino, se los cargaba al burro y los llevaban juntos. Pero el burro se fue haciendo viejo, ya no podía con aquellos sacos tan pesados y las patas se le doblaban. El burro tenía miedo de que su amo lo abandonara a su suerte y se comprara otro burro. Por eso decidió irse a la ciudad de Bremen y hacerse músico allí. ¡Si rebuznaba de maravilla!

Por el camino, el burro se encontró con un perro muy triste. El perro le contó, largo y tendido, que solo era un estorbo para todos. Era viejo y ya no podía vigilar la casa de su amo como antes. Así que el burro le propuso que se fuera con él a Bremen. ¡Ladrar todavía se le daba estupendamente!

Junto a una valla de madera estaba tumbada una gata que lloraba a lágrima viva. El burro y el perro le preguntaron qué le pasaba. Su dueña la había echado de casa, porque ya no podía darle de comer. Cuando los animales escucharon su historia, le propusieron que se fuera con ellos a Bremen.

En una granja enorme del pueblo, cada mañana cantaba un gallo. Pero un día se enteró de que la granjera quería hacer sopa con él. Aquel día, el gallo cantaba como si le fuera la vida en ello. Cuando lo oyeron el burro, el perro y la gata, le propusieron que se fuera con ellos. El gallo no se lo pensó y aceptó.

Mientras los animales caminaban, empezó a anochecer. Decidieron pasar la noche en el bosque. Pero cuando el gallo se estaba acomodando para dormir en una rama, vio una lucecita. Todos estuvieron de acuerdo en acercarse hasta ella. A lo mejor había allí una casa con gente buena que los acogiera, aunque fuera solo por esa noche.

Pero cuando los animales llegaron a la casita, vieron que era justo al revés. Alrededor de una mesa llena de comida, tres ladrones jugaban a las cartas. Uno de ellos tenía la cara muy seria. En cambio, el segundo y el tercero se partían de risa.

Como los animales eran muy ingeniosos, enseguida se les ocurrió cómo echar a los ladrones de la casita. El burro se puso de pie sobre las patas de atrás y apoyó las de delante en la ventana. El perro se le subió a la espalda, la gata a la espalda del perro, y el gallo voló hasta lo más alto, a la cabeza de la gata, y dio unos golpecitos en la ventana con el pico. Los ladrones miraron rápidamente hacia la ventana y se llevaron un susto de muerte. Salieron corriendo todo lo que pudieron.

Cada uno de los músicos de Bremen, que así se llamaban a sí mismos los animales, se buscó en la casita el sitio donde estaba más a gusto. Antes del amanecer, el gallo se despertó y vio a lo lejos a tres personas. Eran otra vez los ladrones. Despertó a los demás músicos y pensaron un plan a toda prisa.

Uno de los ladrones abrió la puerta de la cocina para encender el fuego en la chimenea. Pero entonces vio los ojos rojos de la gata. No sabía que eran los ojos de una gata. Creyó que eran brasas encendidas. Así que agarró una astilla y la acercó. En ese momento, la gata saltó sobre él y le dio unos buenos arañazos.

El segundo ladrón entró en la casita por la ventana y pisó la cola del perro. El perro dio un salto y, sin pensárselo, le mordió la pierna.

En cuanto el tercer ladrón oyó quejarse a los otros dos, echó a correr por el patio. Pero allí estaba el burro, que le dio una buena coz en el trasero.

Los ladrones corrieron tan deprisa que se quedaron sin aliento. Desde entonces, entre los ladrones se contaba que en aquella casita vivía una bruja terrible con unas uñas larguísimas y otros seres igual de espantosos. Los animales vivían muy felices en la casita en medio del bosque, aunque nunca llegaron a Bremen. Se tenían los unos a los otros y, además, un techo sobre la cabeza. Y para vivir felices, eso les bastaba de sobra.

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