
Los sigilosos · episodio 4 de 9
Sigilosos — Qué hacen los sigilosos cuando hace calor
Ni el viejo Hjunt recordaba un verano tan caluroso. En su sótano la temperatura había subido dos grados y ya andaba buscando unas tijeras para hacerse un corte de pelo de verano. Y nosotros, que vivimos en el último piso del bloque, ¿qué íbamos a decir?
Mis queridos niños se habían ido con sus padres a un pueblo junto al agua, la señora Simona se había ido de vacaciones a algún sitio de la montaña y al señor Carlitos, Pablo le había robado el helado que se acababa de comprar y se lo había zampado, así que tuvo que salir a comprarse otro.
En el bloque no quedaba ni un alma y hacía un calor tan sofocante que ni de noche pegábamos ojo.
—¿Y si nos vamos nosotros también al agua? —se le ocurrió una tarde a Pablo, que no paraba de dar vueltas en su camita, resoplando de calor.
—Los Sigilosos de bloque nunca salen de viaje fuera de su bloque —le recité la norma que nos enseñaron en la escuela.
—Yo no he dicho que vayamos a ir a ningún sitio. No vamos a sacar ni una pata del bloque. La señora Simona tiene un mar en casa y me parece que ya va siendo hora de irse de vacaciones.
—¿Un mar? ¿Cómo va a tener un mar en un piso? —No lo entendía.
Pero Pablo sonrió como si se hubiera tragado toda la sabiduría del mundo (aunque, de momento, lo único que se había tragado era el helado) y me hizo una seña para que lo siguiera.
Fuimos zigzagueando por los pasillos hasta el piso de la señora Simona. Pablo iba delante, como quien se sabe el camino de memoria, y enseguida llegamos al mar. Pero era muy cuadrado; en los libros salía un poco distinto.
—Mira, voy a tirarme de cabeza con las patas estiradas —dijo Pablo sacando pecho. Se subió al mueble, se puso en el borde de aquella caja transparente llena de agua y saltó con mucha elegancia.
Pablo cayó al agua con un chapoteo y un poco de agua se derramó por el borde y mojó la alfombra.
—¡Venga, ven a ver qué tal está el agua! —me llamó mientras nadaba en aquella piscinita tan rara.
Así que yo también subí y, con cuidado, mojé una pata en el agua.
—Está mojada —dije—. Pero es agradable.
—Pues venga, sígueme.
Pablo cogió aire, aguantó la respiración y se zambulló. Desapareció bajo el agua entre las plantitas verdes y las piedrecitas de adorno.
Salté dentro. ¡Chof! Uy, qué gustito. Enseguida empezamos a perseguirnos y a echarnos agua, cuando de repente algo me rozó.
—¿Qué ha sido eso?
—Será una planta, ¿qué va a ser? —dijo Pablo, quitándole importancia con un gesto.
—No era una planta, era algo rojo.
—Pues será un pez. En el mar también hay peces.
Me subí al borde del mar cuadrado y miré a ver si veía los peces. Pero Pablo hacía tantas olas que casi no se veía el fondo. De pronto, Pablo pegó un chillido.
—¡Ay! ¡Algo me ha mordido la cola!
En un periquete estaba encima de la cómoda, junto al mar, dando vueltas y más vueltas para alcanzarse la cola. Tenía un pez rojo anaranjado bien agarrado a ella.
—Aguanta, que te lo quito.
Me lancé hacia él y atrapé el pez con los dientes. Estaba mojado y salado, ¡puaj! Enseguida lo escupí otra vez al mar.
—¿Estás bien?
Pablo se miró otra vez la cola y luego dijo que sí con la cabeza.
—Vaya mala suerte. Parece que la vieja se ha comprado pirañas. Se acabó el baño.
—Qué pena, bichos mojados. La verdad es que era bastante refrescante —dije yo, mirando cómo el banco de pececillos mordedores se juntaba y nos enseñaba los dientes.
—En este bloque ya nadie más tiene acuario —dijo Pablo, tristón.
—¿Acuario? ¿Qué es eso?
—¡Pues nuestro mar, cabeza de chorlito! Venga, vamos a refrescarnos a la nevera.
Y eso hicimos. No estuvo mal, pero tengo que reconocer que cuando nos pasamos a la nevera del señor Carlitos fue todavía mejor, porque allí había un montón de cosas ricas. Con la tripa llena y bien fresquitos, nos fuimos rodando a nuestra camita y dormimos de maravilla.
Al día siguiente refrescó de golpe y por fin se acabó el calor. La señora Simona volvió de vacaciones y regañó a voces a sus pececitos, porque mientras ella no estaba se habían puesto a chapotear y habían echado medio acuario en la alfombra, que ya solo servía para tirarla. El señor Carlitos fue encantado a ayudarla a enrollarla y sacarla fuera.
Pero con tanto fresco, en el sótano la temperatura bajó cinco grados por debajo de lo normal y nuestro viejo Hjunt temblaba como una hoja. Es que ya se había cortado el pelo. Y se le había ido un poco la mano, así que parecía uno de esos perritos pelones.
Para que no se resfriara, Pablo y yo subimos al desván, rebuscamos un jersey viejo de cachorro con dibujos de renos, arbolitos y copos de nieve y se lo pusimos a Hjunt. ¡Tendríais que haberlo visto! Parecía un gato pasmado debajo del árbol de Navidad. Ya en la cama, todavía nos seguíamos riendo.
Así que buenas noches, niños, y no os bañéis en las peceras. O, por lo menos, enteraos antes de qué peces viven dentro, no os vaya a pasar como a Pablo.
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