
Los sigilosos · episodio 5 de 9
Sigilosos – Cómo fuimos a asustar al viejo Hjunt
Una noche, Pablo se presentó diciendo que teníamos que llevarnos al viejo Hjunt a asustar. Es el sigiloso más viejo y con más experiencia de todo el bloque, el que más tiempo lleva viviendo aquí, y aun así se pasa la vida metido en su sótano.
Seguro que le haría ilusión volver a dar un poco de miedo. Y nosotros, por fin, veríamos de lo que es capaz. ¡A lo mejor hasta le arranca de un mordisco el dedo gordo al señor Carlitos!
En cuanto se hizo de noche, bajamos al sótano. A Pablo le costó una eternidad convencer a Hjunt de que levantara el trasero del montón de trapos donde se pasaba el día sentado, y no digamos ya de que saliera del sótano.
—Hará como diez años que no salgo a asustar —confesó Hjunt mientras subíamos sigilosamente por la escalera hacia el piso de la señora Simona.
—Pues ahora tienes que desquitarte —le dije.
—Si es que todavía me acuerdo.
—Es como montar en bici: lo que se aprende no se olvida —le explicó Pablo, con aire de experto.
A lo mejor al viejo Hjunt le daba un poco de vergüenza, porque todavía no le había vuelto a crecer el pelo y andaba por ahí con un jersey navideño de perro. Pero a oscuras, eso da igual. Y la gente no tiene ojos en los dedos de los pies.
La señora Simona estaba dormida. Debía de estar cansada, porque en la mesa había un bizcocho precioso recién hecho, y eso da mucho trabajo. Pero no habíamos venido a comer. Fuimos derechitos al dormitorio. Yo delante, detrás de mí Pablo y detrás de él… nadie.
—¿Dónde está Hjunt? —pregunté al girarme.
—No tengo ni idea, estuvo todo el tiempo detrás de mí.
Volvimos a la cocina. Del bizcocho no quedaba ni rastro. En cambio, en el suelo estaba sentado Hjunt, atiborrado, con el jersey navideño a punto de reventarle en la barriga.
—Tenía que reponer fuerzas. Hacía años que no comía nada tan rico —decía Hjunt mientras nos seguía hacia el dormitorio, bamboleándose.
Pablo se puso a gruñir, a rascar y a resoplar. Yo le hice cosquillas a la señora Simona en los pies con la cola y el viejo Hjunt se puso a morder.
—Ji, ji, ji, ji —se reía dormida la señora Simona.
Pero el viejo Hjunt, en vez de morderle, le lamía la planta del pie.
—Tienes que morder. Usa los dientes —susurraba Pablo.
Pero el viejo Hjunt, en lugar de eso, soltó un eructo tan fuerte que tembló el jarrón, el pez de la pecera pegó un brinco y la señora Simona se despertó pensando que había tormenta.
—Aquí hemos terminado, vamos a otro sitio —decidió Pablo.
Fuimos a casa del señor Carlitos. Dormía como un tronco, con los pies asomando por debajo del edredón y las crocs bien colocaditas junto a la cama. Al lado, en su camita, descansaba Tizón.
Esta vez me tocaba a mí empezar con los ruidos de miedo. Pero, con lo que roncaba el señor Carlitos, mis gruñidos y resoplidos no se oían casi nada.
—¡Crocs! —gruñó Hjunt, se erizó y se abalanzó sobre los zapatos.
Antes de que nos diéramos cuenta, había hecho trizas una y se había comido la otra enterita. Ya estamos otra vez. ¿Os falta un zapato? Seguro que ha sido un sigiloso.
Mientras tanto, Pablo le rascó los dedos gordos al señor Carlitos y se fue hacia la almohada. Yo fui por el otro lado y entre los dos le hicimos cosquillas con la cola debajo de la nariz. Y eso fue un error.
—¡Aaaachís! —estornudó el señor Carlitos, tan fuerte que los dos pegamos un bote, a Hjunt se le atragantó un trozo de crocs y Tizón saltó de su camita con el pelo de punta. Y nos vio enseguida.
—¡Rápido, fuera, que viene el gato a por nosotros! —gritó Pablo, pero fue inútil.
El gato nos acorraló a Pablo y a mí en un rincón junto a la cama y se preparó para saltar. Yo temblaba de miedo y ya veía que me iba a atrapar como a una rata. Pero entonces pasó algo que nadie se esperaba: en vez de saltar, el gato pegó un maullido y salió corriendo.
—¡Cobarde, da la cara! —gritaba el viejo Hjunt, escupiendo pelos.
Resulta que se había acercado al gato por detrás, sin hacer ruido, y le había mordido la cola. El gato se asustó y echó a correr. Pero Hjunt no pensaba dejarlo ahí: salió detrás de él y lo persiguió por todo el piso. El gato saltó a la mesa, y Hjunt detrás. Se cayeron al suelo varias tazas y un plato, y una silla se volcó. El gato saltó de la mesa al armario, y Hjunt detrás, sin importarle los cochecitos de colección que había expuestos y que fueron cayendo al suelo uno tras otro.
Quién sabe cómo habría acabado todo si el ruido no hubiera despertado al señor Carlitos. Encendió la luz y empezó a echarle una buena bronca a su gato. Para nosotros, eso quería decir que había llegado la hora de esfumarse. Nos escabullimos al pasillo y salimos del piso. Por suerte, Hjunt vino detrás.
—Mirad, chavales, tengo un trofeo —presumía Hjunt, sin aliento, enseñándonos un collar de gato—. Le he quitado este adorno a ese cobarde. Y ahora lo llevaré yo, con mucho orgullo.
Así que Hjunt se puso el collar al cuello y volvió al sótano tan contento. Pablo y yo nos fuimos a nuestras camitas. Antes de dormirnos, estuvimos comentando que el viejo Hjunt era un fenómeno. Puede que ya no asustara como antes, pero para pelearse con gatos no había nadie como él.
Buenas noches, niños. Y nunca os comáis unas crocs. Al viejo Hjunt le estuvo doliendo la tripa una semana entera.
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