Una noche, Píhat vino diciendo que deberíamos ir a asustar al viejo Hjunta. Es la bestia más vieja y experimentada de todo el bloque de pisos, vive aquí desde hace más tiempo que nadie y, aun así, siempre está escondido en su sótano.
Seguro que le haría ilusión volver a asustar un poco. Y nosotros, por fin, podríamos ver de todo lo que es capaz. ¡A lo mejor le muerde el dedo gordo al señor Karlíček!

En cuanto oscureció, nos dirigimos al sótano. A Píhat le llevó una eternidad convencer a Hjunta de que levantara el trasero de su montón de trapos, donde siempre se sentaba, y mucho menos de que saliera del sótano.
—Ya no he asustado a nadie en casi diez años —confesó Hjunt mientras subíamos sigilosamente las escaleras hacia el piso de la señora Simonová.
—Pues ahora tienes que desquitarte —le dije.
—Si es que aún sabré hacerlo.
—Es como montar en bicicleta, una vez que lo aprendes, ya no se olvida —le explicó con experiencia Píhat.
Quizá el viejo Hjunt estaba un poco avergonzado, porque aún no le había crecido el pelo y andaba por ahí con un jersey navideño para perros. Pero en la oscuridad, eso da igual. Y las personas no tienen ojos en los dedos gordos de los pies.
La señora Simonová dormía. Debía de estar cansada, porque en la mesa había un precioso bizcocho recién horneado. Eso tuvo que llevar mucho trabajo. Pero no estamos aquí por la comida. Nos dirigimos directamente al dormitorio. Yo primero, detrás de mí iba Píhat y detrás de él… nadie.
«¿Dónde está Hjunt?», pregunté al girarme.
«No tengo ni idea, estuvo todo el tiempo detrás de mí.»
Volvimos a la cocina. El bizcocho había desaparecido. En cambio, en el suelo estaba Hjunt, completamente empachado, y el jersey navideño le apretaba la barriga a punto de explotar.
Tuve que darme un pequeño tentempié. Una delicia así no la había comido en años», decía Hjunt, balanceándose detrás de nosotros hacia el dormitorio.
Píhat empezó a gruñir, a rascar y a resoplar. Yo hice cosquillas a la señora Simonová en los pies con la cola y el viejo Hjunt empezó a morder.
“Ji, ji, ji, ji”, se reía dormida la señora Simonová.
El viejo Hjunt, en vez de morder, lamía el pie de la señora Simonová.
Tienes que morder. Usa los dientes», susurraba Píhat.
Pero el viejo Hjunt, en vez de eso, soltó un eructo tan fuerte que hizo vibrar el jarrón, el pez en la pecera dio un salto y la señora Simonová se despertó porque pensó que había empezado una tormenta.
«Aquí hemos terminado, vamos a otro sitio», decidió Píhat.
Llegamos a casa del señor Karlíček. Dormía como un tronco, los pies le sobresalían por debajo del edredón y tenía las crocs cuidadosamente colocadas junto a la cama. En la cama de al lado descansaba Mourek.
Esta vez, la introducción espeluznante era cosa mía. Pero, con los ronquidos del señor Karlíček, mis gruñidos y resoplidos no eran gran cosa.
«¡Crocs!», gruñó Hjunt, se erizó y se abalanzó sobre los zapatos.
Antes de que nos diéramos cuenta, había destrozado una y se había comido entera la otra. Ya está aquí otra vez. ¿Os falta un zapato? Buscad siempre al sigiloso detrás de todo.
Mientras tanto, Píhat le arañó los dedos gordos de los pies al señor Karlíček y se fue hacia la almohada. Yo fui por el otro lado y juntos hicimos cosquillas al señor Karlíček bajo la nariz con las colas. Y eso fue un error.
—¡Aaaachís!—estornudó el señor Karlíček tan fuerte que los dos dimos un salto, a Hjunt se le atragantó un trozo de crocs y Mourek saltó erizado de su cama. Y enseguida nos descubrió.
—¡Rápido, fuera, que viene el gato a por nosotros!—gritó Píhat, pero fue inútil.
El gato nos acorraló a Píhata y a mí en un rincón junto a la cama y se preparaba para saltar sobre nosotros. Me puse a temblar de miedo y ya esperaba a que el gato me mordiera como a una rata. Pero sucedió algo inesperado: en vez de lanzarse victorioso, el gato chilló y salió huyendo.
—¡Cobarde, pelea como un hombre! —gritó el viejo Hjunt mientras escupía pelos.
Resulta que se había acercado sigilosamente al gato por detrás y le mordió la cola. El gato se asustó y empezó a huir. Pero para Hjunt la pelea no había terminado; corrió tras el gato y lo persiguió por todo el piso. El gato saltó a la mesa, Hjunt detrás de él. Cayeron al suelo varias tazas, un plato y se volcó una silla. El gato huyó de la mesa al armario, Hjunt detrás, sin importar los modelos de coche expuestos, que caían uno tras otro al suelo.
Quién sabe cómo habría acabado todo si el ruido no hubiera despertado al señor Karlíček. Encendió la luz y empezó a gritar maldiciones dirigidas a su gato. Para nosotros fue una señal clara de que era hora de desaparecer. Rápidamente nos escabullimos al pasillo y salimos del piso. Por suerte, Hjunt vino detrás de nosotros.
—Mirad, chicos, tengo un trofeo —presumió Hjunt, jadeando, y nos mostró un collar de gato. —Le he robado este adorno a ese cobarde. Y ahora lo llevaré yo con orgullo.
Así que Hjunt se puso el collar de gato al cuello y volvió satisfecho al sótano. Píhat y yo nos fuimos a nuestras camas. Antes de dormir, hablamos de que el viejo Hjunt era realmente de primera. Aunque ya no da tanto miedo como antes, cuando se trata de pelear con gatos, sigue siendo el mejor.
Pues, buenas noches, niños. Y nunca comáis crocs. Al viejo Hjunt le dolió el estómago por eso durante una semana entera.