La comisaría siempre se quedaba un poco más tranquila al final del día. Los papeles estaban archivados, los coches revisados y afuera ya empezaba a oscurecer poco a poco.
Los policías sabían que llegaba el momento en el que no pasaba gran cosa, pero que aun así era importante permanecer atentos y mantener los ojos bien abiertos.

Tomás se puso la chaqueta y miró por la ventana. La calle estaba tranquila, solo las farolas se iban encendiendo poco a poco. —Pues vamos —dijo en voz baja, más para sí mismo que para los demás. Lenka asintió y cerró la estación con llave. Salieron para su ronda vespertina habitual.
Pasaron por delante de las casas, llegaron hasta el campo de juegos y rodearon todo el pequeño parque. Todo parecía estar en orden. Pero entonces, junto a una de las casas, se dieron cuenta de que había un coche aparcado con el maletero abierto. Cuando se acercaron, encontraron una cartera en el suelo, junto al coche.
«Aquí hay algo que no cuadra», comentó Lenka en voz baja. Miraron a su alrededor, la verja estaba cerrada y de la casa llegaban los sonidos apagados de la televisión. Tomás recogió la cartera y llamó al timbre de la verja. Al cabo de un momento, abrió la puerta una señora, algo adormilada. Cuando vio a dos policías tras la verja, se ajustó la bata y se acercó rápidamente a la entrada. —Buenas noches, ¿ha pasado algo? —preguntó con cierta preocupación.
—No se preocupe, no ha pasado nada, solo hemos visto su coche abierto fuera. ¿No se le olvidó cerrarlo con llave? —preguntó el policía Tomás. —¿Qué? Ah, mi coche. Tenía mucha prisa y llevaba las manos llenas. Luego quise volver para cerrarlo, pero creo que se me olvidó”, contó toda la historia la señora en bata. Eso pasa”, dijo Tomás con calma. Lo importante es que lo notamos a tiempo.” Y le entregó también el monedero que habían encontrado junto al coche.
La señora dio las gracias una vez más y enseguida fue a cerrar el coche con llave. Después cerró y echó la llave también a la verja. Los policías continuaron su camino. El viento recorrió el parque, las hojas crujieron, pero no vieron nada más fuera de lo normal durante su paseo. La ciudad se sumió en su tranquilidad vespertina. A los policías les gustaban esos momentos: la ciudad estaba tranquila y segura.
—A veces, la gente ni siquiera se imagina cuántos pequeños detalles vigilamos —dijo Lenka por el camino. Tomás sonrió y respondió: —Sí, pero es nuestro trabajo, y a mí me gusta.
Cuando más tarde regresaron a la comisaría, se sintieron satisfechos con la ronda de hoy. Quizá no hubiera pasado nada dejando el coche abierto, pero también podría ocurrir que por la mañana ya ni siquiera estuviera delante de la casa. Y merece la pena. El trabajo de la policía es una labor que quizá no se vea tanto, pero sin ella, nadie podría dormir tranquilo.